jueves, 2 de septiembre de 2010

Ciro Alegría: En memoria al maestro Vallejo

El César Vallejo que yo conocí

Fuente: elmalpensante.com

Por Ciro Alegría (*)

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Perú, situada exactamente en las últimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abismal del río Marañón, el rescoldo cálido de la selva amazónica. Mi vida había sido la de un niño campesino, hijo de hacendados, a quien su padre enseña en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes más necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo -donde me placía de modo especial un paraje formado por cierto árbol grande y cierta piedra azul- con lecturas de Andersen, Las mil y una noches y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parecía igualmente fantástico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistaría ese mundo poblado de árboles innumerables y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas más amplias sobre mi preparación y un día me anunciaron que debía ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. En compañía de un hermano menor de mi padre, que pasó con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Ésos fueron para mí reveladores días en que trotamos a través de dos de las riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cálidos ubicados en el fondo de las quebradas y los ríos y subiendo, otras tantas, hasta altos páramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de allí y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abrió el camino de la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia limítrofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caballo, que duró siete días sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre tenía en la región, me impresionaron sobre todo las altas montañas de los Andes, la puna enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de vértigo, o trepan y trepan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de árboles frutales en los valles y ternura de sembríos ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas montañas que se desnudan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí persistirá siempre la impresión, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y sobre todo una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hispánica o los foráneos recién llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias telúricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales -en exponer éstas ya he empleado varios centenares de páginas- sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento porque, días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen, estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase.

Un circunspecto señor, cargado de años y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuché por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habló de que al día siguiente iniciaría mis estudios.

-Si tuviera un nieto -opinó el señor en un tono de sugerencia- lo mandaría al Seminario. Está regido por eclesiásticos y es muy conveniente...

Yo era todo oídos escuchando esa conversación que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad:

-Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado allí.

-¿Y a qué año va a ingresar?

-Al primer año de primaria...

El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:

-¡Mi señora!, ésa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo...

-Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... -dijo mi abuela tratando de calmarlo.

Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo, y argumentó:

-No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico...

Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apuntó:

-Sí, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se enseñan en el primer año.

El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras, y tomó un rumbo más pacificador.

-Pero no me va usted a discutir, señora mía, que en cuanto a educación y especialmente en cuanto a religión se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Está adquiriendo mucho prestigio...

Y mi abuela:

-En San Juan también enseñan la religión, según el reglamento de estudios, y no son anticatólicos...

El señor abandonó la partida, pero sin duda para consolarse a sí mismo se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no sé cuántos ismos más y luego echó rayos y centellas de carácter estético contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entendí. Marchóse por fin, llevándose una expresión de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva.

Me fue difícil conciliar el sueño en medio de la inquietud que se apodera de un niño que irá a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había llamado loco cuando no idiota.

Mi compañero de viaje, que era también estudiante del mismo colegio, me llevó hasta el local.

-Por aquí no entran ustedes -me dijo al llegar a una gran puerta sobre la cual se leía la inscripción dios y la patria-, esta puerta es para nosotros los de la sección media. Vamos por allá...

Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: "Vente por acá". Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:

-Aquí te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, así no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro... También tu gorrita...

Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:

-Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?

Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad:

-Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho...

Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo:

-Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar...

Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. "¡Serrano chaposo!", comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:

-¿Sabes jugar la pega?

Le dije que no, y él sentenció:

-Eres muy nuevo para saber jugar...

Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos me iba diciendo sin que yo atinara a responderle:

-¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio... Este colegio es muy grande... ¿Estás triste?

Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: "¿Y por qué tiene el pelo así?". "Poeta es poeta", me cuchicheó. La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:

-Niñosh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.

Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región.

Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:

-Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro...

Vallejo me miró inquisitivamente:

-¿Sabes también escribir?

A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga.

La cosa parecía divertirle. Después me preguntó:

-Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año?

-Porque no sé otras cosas...

Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio.

Miré a mi profesor.

César Vallejo -siempre me ha parecido que ésa fue la primera vez que lo vi- estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros -no recuerdo si eran grises o negros- brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme. Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. De pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé atrás. Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Éste era más alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran semejanza. El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar...

Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas.

Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa:

-¿Te gusta tu profesor?

-Sí -respondí.

Era inexacto. No me había gustado precisamente. Me había impresionado y conturbado, interesándome, pero no sin producirme una sensación de lejanía. Después de la comida, por indicación de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue garabateando mis impresiones. Cuando llegué a las del colegio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Después de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escribí que mi profesor se parecía a Cayo Oruna. Tiempo después supe que, al leer la carta, mi madre había sonreído con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados horizontes andinos.

En Trujillo, Vallejo tenía detractores tenaces así como partidarios acérrimos. En casa, como en todas las de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los más lo atacaban. Mi tía Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escribía a hurtadillas, era su admiradora incondicional. "¡Es un gran poeta, es un genio!", decía casi gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente que, cierta vez, llegó un tío mío enarbolando un diario en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.

-A ver, Rosita, quiero que me expliques esto: "¿Dónde estarán sus manos que, en actitud contrita, planchaban en las tardes por venir?". ¿Esto es poesía o una charada? A ver, explícame...

Mi tía Rosa tomó el diario y, a medida que iba leyendo, su faz enrojecía. La mujercita frágil y nerviosa que era se irguió por fin llena de rabia:

-Éste es un hermoso poema y si no lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.

La discusión se armó de nuevo.

Mientras tanto, yo continuaba yendo a clase. César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: "¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!".

Algo que le complacía mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día. He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de despertar nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente, nos decía: "Vamos a conversar"... Cierta vez se interesó grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando cómo peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, me dijo: "Has contado bien". Sospecho que ése fue mi primer éxito literario.

No siempre le producían placer nuestros relatos. Un día llamó a un muchachito que era decididamente tardo. El pequeño, quizá más trabado por el mal talante que traía nuestro profesor -tenía la boca y el entrecejo fieramente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repitió varias veces la misma frase y de repente se calló. "Siéntese", le ordenó con cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los brazos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se incorporó estremecido y fue hasta el pequeño. Estrechándole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le acarició la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sacó un gran pañuelo para enjugar las lágrimas que brillaban aún sobre la carita trigueña y luego se quedó mirándolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia del narrador frustrado, sintió esa que a él mismo solía oprimirlo muchas veces y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasión, me parece verlo arrodillado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.

Pero había ratos en que la alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y entonces era uno más entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos solíamos comprar preferentemente, por la razón de que eran abundantes y baratos, unos caramelos a los que llamábamos cuadrados, mercancía que más prodigaba la escasa generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección, pero lo que en realidad hacía era echar bajo las cejas miradas exploradoras sobre toda la clase. Cuando descubría a algún delincuente se erguía con una sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: "¿No he dicho que no coman cuadraos en clase?". En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más próximos según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de felicidad.

El reglamento prescribía el castigo de reclusión para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus lecciones. César Vallejo, durante todo el día, iba formando una lista de los que hablaban durante la hora de estudio o no sabían la lección pero, a la hora de salida, rompía la tirilla de papel en pedazos. Se comprende que no otorgábamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos propasáramos, solía darnos sorpresas y, a las cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer año de primaria al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tirón de los cabellos que quedan a la altura de las sienes.

Por las mañanas llegaba a clase minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable. Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la creación o a trasnochar en compañía de amigos -que lo eran suyos todos los escritores jóvenes de la ciudad- o a sus estudios de universitario, de modo que el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el propio rector del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa que el rector cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde.

Fuera del colegio sus versos continuaban provocando la consiguiente reacción de comentarios ácidos y laudatorios e inclusive de protestas. Corrió la noticia de que nuestro profesor había sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de cortarle la melena. Él se había defendido dando feroces puñetazos y puntapiés. Miré con curiosidad su melena de león. Estaba intacta. Me pareció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impresión del ataque, su tristeza habitual tenía algo de violencia contenida y acendrada amargura.

Me conmovió mucho el asalto, no alcanzando a explicármelo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admirador de Vallejo, si cabe la expresión. Fue que un día, decidido a examinar esa misteriosa e incomprensible poesía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y guardaba celosamente. Al dármelos, hundió los lirios de sus manos en mis cabellos y me dijo que si no los entendía, no pensara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de que tenían muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqué un grueso diccionario que apenas podía cargar y me dediqué a una exploración que me resultaba muy difícil.


Lejana vibración de esquilas mustias,
en el aire derrama
la fragancia rural de sus angustias.


A buscar la palabra esquilas. A buscar mustias. A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y dejando muchas y contradictorias emociones. Sufría y gozaba, me esperanzaba y desconsolaba. Me invadió un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo poema, pude captar al gallo ("aleteando la pena de su canto"). Entendiendo y no entendiendo, el poema "Aldeana", uno de los primeros publicados por Vallejo, me pareció muy hermoso. La emoción del crepúsculo rural, los sonidos y los colores de la tarde muriente me envolvieron. ¿Qué secreta cualidad hacía que ese hombre escribiera así? Encontré poemas menos pictóricos que no entendí de principio a fin, y al leer "Idilio muerto", la pregunta hecha a mi tía Rosa en pasados meses me pareció formulada a mí mismo. Yo tampoco entendía lo referente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me consolé con lo poco que había comprendido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande... Entregué a tía Rosa sus recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus momentáneas exaltaciones, era muy fina y seguramente temió herirme si sus preguntas resultaban indiscretas. Mas desde aquella vez, me alegraba como si hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi profesor. Algo había podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza... bueno, Cayo Oruna... y uno está tan solo a veces... Porque yo me sentía muy solo en el colegio... Los muchachitos solían burlarse de mi condición de "serrano" y de que tenía chapas y era muy ingenuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese hombre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos...

Y el profesor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dándonos clase y el tiempo pasaba. En las horas de conversación me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído contar. Recuerdo que le impresionó la historia de un ciego que vivía en una hacienda próxima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los ásperos senderos de la serranía, tal como si tuviera ojos, y podía reconocer por el timbre de la voz a personas a las cuales no había oído durante años y además era adivino. Una tarde me preguntó: "¿Tú lees otros libros?". Le informé y me dijo que, como ya sabía el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que cargué hasta el salón de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis parientes o yo compraba con mis propinas, y también las revistas y libros que mi tía Rosa quería prestarme sacándolos de su biblioteca personal. A veces, Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le conté que me había atrevido con sus versos. Temía que me interrogara si los había entendido y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle que tía Rosa me había advertido que yo era muy niño para poder apreciar esos poemas. Así que me callaba esperando tiempos mejores. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando una vez me pidió que recitara algo, me guardé las esquilas en el fondo del pecho y dije uno de los más simples versos infantiles que sabía. Era uno que comenzaba así:


¿Oyes el zorzal, María?
Desde el arbusto florido
En donde tiene su nido,
Al cielo su canto envía.


Los jueves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jugábamos a la pelota y corríamos. A raíz de mi recitación, me llamó a su lado una de esas tardes y, sentados sobre la grama, me pidió que le recitara todos los versos que sabía. Así lo hice, teniendo que repetirle varias veces el que dejo apuntado, y me regaló una naranja. Después, se quedó sumido en un gran silencio. Su expresión plácida de momentos antes había desaparecido. Inmóvil, con las manos sobre las rodillas, parecía mirar a los chicos que jugaban al fútbol y habían señalado el emplazamiento de los arqueros con montones formados por sus sacos y gorras. Noté que las incidencias del juego no le interesaban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silencio llegó a incomodarme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo esperaba en vano que me permitiera marcharme. "¿Puedo irme?", le pregunté. Su silencio y su inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota...

En el tiempo que siguió -creo que ya habíamos pasado del medio año de estudios- nuestro profesor me trataba con cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino me daba una amistosa palmadita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una diferencia muy especial. Posiblemente pensaba: "Éste es un muchachito al que le gusta leer", y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y progresivamente, había ido adquiriendo una fe ciega en él. Hay cierta predisposición al partidarismo en el alma de los jóvenes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un definido parcial suyo. No me cabía duda de que ese hombre extraño era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido explicarle bien por qué lo creía. Esta ocasión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble, y le reproché:

-¿Y qué? Es profesor y eso es bueno...

-¿Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año... Un "muertodehambre"...

Recién comencé a darme cuenta del desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo:

-Ni siquiera como poeta sirve... mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.

-Es un gran poeta -repliqué muy afirmativamente.

-¿Qué sabes tú? ¿Crees que porque te deja leer libros puedes hablar?

-Es un gran poeta -insistí.

-A ver, dinos por qué es un gran poeta...

No supe qué razones aducir. Referirme a la opinión de tía Rosa no me parecía suficiente. Hubiera querido decir algo definitivo.

-Dinos ahorita mismo por qué es un gran poeta -repitió mi oponente.

Yo estaba perplejo. Como a algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salvó la campana.

Día a día, lección a lección, el año de estudios pasó. Llegaron los exámenes y nuestro profesor nos aprobó a todos, citándonos para la ceremonia de la repartición de premios, que se realizaría a fines de diciembre.

La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala. Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galerías, mostraba al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detrás. Los mocosos del primer año fuimos lanzados a una de las últimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un lugar muy secundario en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera blanca y tanta luz... y entre tanta cabeza sin carácter.

No viene al caso que detalle la ceremonia. Es sí pertinente que refiera que no me tocó ningún premio porque, como éramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los habían sorteado y los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto Vallejo abandonó el estrado y vino hacia nosotros. Viéndome sin ninguna cartulina de premio en la mano, recordó lo ocurrido y me dijo: "No te importe la suerte". Cambió algunas palabras más con muchos de nosotros, nos preguntó a varios dónde pasaríamos las vacaciones y luego se marchó. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de volver al estrado, se había puesto a pasear por los corredores. En medio de la penumbra que arrojaban las arquerías, veíase apenas su silueta negra, alargada, casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo.

Cuando el rector, solemnemente, declaró clausurado el año escolar, César Vallejo se dirigió a la puerta y salió, confundiéndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus familias. Instantes después lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciudad. Magro, lento, se perdió a lo lejos... Pude haberle dicho adiós, pues no volvería a verlo más. Cuando las clases se reabrieron, César Vallejo no dictaba ya el primer año ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresión de que estaría haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y distancias.


(*) Publicado originalmente en 1944 en Cuadernos Hispanoamericanos, este perfil del gran poeta del Perú apenas si ha tenido difusión.

Enlace al artículo completo:
Fuente: http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1019&pag=6&size=n

jueves, 19 de agosto de 2010

Para ti Lucía...Vuela esta canción de Juan Manuel Serrat

Joan Manuel Serrat es un grande de la poesía española contemporánea, compositor musical y poeta. Se trata de una de las figuras más destacadas de la canción moderna tanto en lengua española como catalana.

Su obra tiene influencias de otros poetas como Mario Benedetti, Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pablo Neruda o León Felipe entre otros; así como de diversos géneros, como el folclore catalán, la copla española, el tango, el bolero y del cancionero popular de Latinoamérica, pues ha versionado canciones de Violeta Parra y de Víctor Jara, llevando por otro lado a la música los versos de los más grandes del pensamiento social y vitalista.

Las tiernas historias que teje este compositor y poeta transitan entre el espíritu vitalista, humanista y romántico, los cuales deja ver en su escritura.

Aquí la tierna historia de "Lucía" en la voz de Rosario Flores, compuesta por el mismísimo Juan Manual Serrat. Sin duda un grande de la composición lírica contemporánea española

Vuela esta canción
para ti, Lucía,
la más bella historia de amor
que tuve y tendré.

Es una carta de amor
que se lleva el viento
pintado en mi voz
a ninguna parte
a ningún buzón.

No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido.
Nada más amado
que lo que perdí.
Perdóname si
hoy busco en la arena
una luna llena
que arañaba el mar...

Si alguna vez fui un ave de paso,
lo olvidé pa' anidar en tus brazos.
Si alguna vez fui bello y fui bueno,
fue enredado en tu cuello y tus senos.

Si alguna vez fui sabio en amores,
lo aprendí de tus labios cantores.
Si alguna vez amé,
si algún día
después de amar, amé,
fue por tu amor, Lucía,
Lucía...

Tus recuerdos son
cada día más dulces,
el olvido sólo
se llevó la mitad,
y tu sombra aún
se acuesta en mi cama
con la oscuridad,
entre mi almohada
y mi soledad.



Desde la Civdad capital de Perú
Víctor Abraham les saluda

jueves, 5 de agosto de 2010

Los Premios Nobel de Literatura: Un testamento.


El testamento, una noche de diciembre de 1895:

"La totalidad de lo que queda de mi fortuna quedará dispuesta del modo siguiente: el capital, invertido en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyos intereses serán distribuidos cada año en forma de premios entre aquéllos que durante el año precedente hayan realizado el mayor beneficio a la humanidad.

Dichos intereses se dividirán en cinco partes iguales, que serán repartidas de la siguiente manera:


Una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento o el invento más importante dentro del campo de la Física.

Una parte a la persona que haya realizado el descubrimiento o mejora más importante dentro de la Química.
Una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento más importante dentro del campo de la Fisiología y la Medicina.
Una parte a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la Literatura.
Una parte a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz.

Los premios para la Física y la Química serán otorgados por la Academia Sueca de las Ciencias, el de Fisiología y Medicina será concedido por el Instituto Karolinska de Estocolmo, el de Literatura, por la Academia de Estocolmo, y el de los defensores de la paz por un comité formado por cinco personas elegidas por el Storting (Parlamento) noruego. Es mi expreso deseo que, al otorgar estos premios, no se tenga en consideración la nacionalidad de los candidatos, sino que sean los más merecedores los que reciban el premio, sean escandinavos o no".


El aporte de Alfred Nobel a la Literatura:


(Texto extraído y adaptado del portal de
http://es.wikipedia.org/wiki/Premio_Nobel_de_Literatura)

El Premio Nobel de Literatura es uno de los 5 premios específicamente señalados en el testamento del millonario sueco Alfred Nobel. Según sus palabras, el premio debe entregarse cada año «a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal». La institución encargada de seleccionar al ganador es la Academia Sueca (en sueco, Svenska Akademien).

Once de los autores galardonados con el premio han sido de habla hispana: los españoles José Echegaray y Eizaguirre (1904), Jacinto Benavente (1922), Juan Ramón Jiménez (1956), Vicente Aleixandre (1977), y Camilo José Cela (1989); los chilenos Gabriela Mistral (1945) y Pablo Neruda (1971); el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967); el colombiano Gabriel García Márquez (1982), el mexicano Octavio Paz (1990) y el peruano Mario Vargas Llosa (2010).


Es un premio muy polémico debido a que se ha ignorado a autores mundialmente reconocidos. Algunos expertos señalan que grandes autores clásicos del siglo XX no recibieron el premio. Según David Remnick, director de la revista The New Yorker, escritores como Marcel Proust, James Joyce o Vladimir Nabokov debieron alzarse con el galardón. Críticos literarios como Emmanuel Carballo y Sergio Nudelstejer añaden a esta lista a Franz Kafka o a Jorge Luis Borges. Adolfo Castañón incluye también a Julio Cortázar o Juan Carlos Onetti. Kjell Epsmark, miembro de la Academia sueca, en su libro "El Premio Nobel de Literatura. Cien años con la misión" repasa algunas de las omisiones más graves en la concesión del Nobel como fueron Liev Tolstói, Emile Zola, Henrik Ibsen o Paul Valéry, por mencionar sólo algunos.


El Premio Nobel de Literatura fue entregado por primera vez en 1901 al francés Sully Prudhomme. Dos de los ganadores rechazaron recibir el premio: Borís Leonídovich Pasternak en 1958 (bajo una intensa presión del gobierno soviético) y Jean-Paul Sartre en 1964 (alegando que su aceptación implicaría perder su identidad de filósofo).


Un total de 12 mujeres han ganado el Nobel de Literatura, el segundo premio Nobel en número de mujeres galardonadas. Desde su creación, ha habido solamente cuatro ocasiones en que el Premio Nobel de Literatura es concedido a dos personas en un mismo año (1904, 1917, 1966 y 1974), así como siete años en los que éste no fue entregado (1914, 1918, 1935 y 1940–1943)


Un enlace a los Nobel Latinoamericanos del siglo XX

http://www.xn--cnnmxico-e1a.com/entretenimiento/2010/10/06/jose-echegaray




Un enlace a los Nobel De Literatura 

http://my.opera.com/joankim/albums/slideshow/?album=2402671



Sobre Alfred Nobel:

Alfred Nobel (y no Nóbel como lo pronuncia todo el mundo) fue un químico e ingeniero sueco nacido en Estocolmo en 1833.


Tras formarse en Rusia y en Estados Unidos regresó junto a su padre para ayudar en el negocio familar (la fabricación de explosivos).


En 1864 una explosión una explosión de nitroglicerina mataba a su hermano pequeño y a otras cuatro personas. A raíz de esta tragedia Alfred se concentró en la tarea de poner a punto un método para manipular con seguridad la nitroglicerina.


Para ello mezcló el explosivo líquido con un material absorbente (la tierra de diatomeas) consiguiendo un polvo que podía ser percutido e incluso quemado al aire libre sin que explotara. La mezcla resultante solo explotaba cuando se utilizaban detonadores electricos o químicos. Había nacido la dinamita.


El uso de la dinamita hizo que muchas tareas pertenecientes al mundo de la construcción y la minería progresaran a una velocidad sin precedentes en la historia.


Sin embargo, la dinamita también fue de gran utilidad en la fabricación de explosivos, aplicación que se generalizó hasta el punto de hacerle acreedor, aún a pesar de sus actividades humanitarias, del epíteto "mercader de la muerte".

Cuando murió, dirigía fábricas para la elaboración de explosivos en diversas partes del mundo. En su testamento legó la mayor parte de su fortuna (estimada en unos 9 millones de dólares) para crear una fundación que otorgara premios anuales entre aquéllos que durante el año precedente hubieran realizado el mayor beneficio a la humanidad en el campo de la física, la química, la medicina y la fisiología, la literatura y la paz mundial.


Desde Lima, Ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

jueves, 29 de julio de 2010

Sueños de la Realidad

X

(159)
Alas agrestes,
inminentes alas.
Pinta un hombre en sueños
la llegada de la cena.


(160)
“Me sirve un no sé qué” dice
“Un así como él, igualito” dice
No sabe que la olla está vacía en la cocina.
No hay más plato para recoger la sobra.


(161)
Mujer sonriente en el fogón
“Ya es tarde” dice
“¿Come tan tarde?” dice
-Recién salgo de trabajar para el patrón- responde


(162)
Alas bifurcadas otra vez
de vuelta al pastizal.
Horizonte pleno,
la grama oscurece al crepúsculo solar.


(163)
Un ave chirría, trina
en la copa arbórea;
yo desde bajo la tierra
sembrado dentro, escucho la soledad.


(164)
Luces que se apagan intempestivamente,
calles vacías;
la última tienda cierra
lo que puede ser la morada de la noche.


(165)
A tientas,
a oscuras
¿Mañana que vendrá?,
más pasto de hierba para el animal


(166)
Espacio divergido también
divide dos días, el que fue ayer
el que mañana ha de venir
también tras un fragmentado sueño.


(167)
Una niña
con un cariño de padre sueña,
Una mujer
con cariño de un esposo ausente sueña,


(168)
La verdad, todos somos lo que soñamos
pues todos soñamos despiertos,
y aunque la realidad circundante
nos dice cortante ¡Despierta!
No lo hagas.


(169)
Sueña, la noche de plata soñada,
Sueña, el hermoso perfil de un día despierto.
Sueña a descifrar la verdad real.
Todo lo bueno sueña
y lo demás en ti se reflejará.


(170)
Hermana que no llega a calmar necesidad.
Me dices tranquilo y preocupado
acaso todos esos son
¿los sueños de la realidad?


(171)
¿Qué los sueños se hacen realidad
o nuestra realidad es un brillante y engorroso sueño?
lo cierto es que sea sueño o realidad
eso es lo que vives.


(172)
Detén el cambio si puedes,
deja a la segunda generación soñar
¿quién ha de detener el progreso social?
donde hombres y sueños más humanos sean.


(173)
Soldado en campo minado sueña
fin de la brutal guerra
manifestantes levantan pancartas
la araña que mata a una niña.

Dime ¿Finalmente eso es lo que sueñas?


Del libro de poemas: "Sueños de la Realidad". 1era Edición. Lima, Perú. 2012

Víctor Abraham desde la Civdad de Los Reyes del Perú.

lunes, 31 de mayo de 2010

La difícil tarea de ser crítico...

La difícil tarea de ser "crítico"

Decía Albert Camus, que nosotros debemos estar obligados antes que a juzgar, a comprender. Bajo esta óptica no se trata de ver la vida con rigurosidad, ni de intentar siquiera encasillarla en parámetros, estándares y torpes formatos para alimentar nuestro ego personal de perfeccionistas, sino de tratar de ver hasta en las cosas minúsculas y pequeñas la más grande muestra de genialidad que muchas veces está matizada de simpleza, ya que muchas veces lo que juzgamos ante nuestros ojos como incoherentes, absurdos y hasta cierto punto cándidos de contenido, no revela en nosotros mismos, sino la más fría muestra de humanidad.

No juzguemos, sino comprendamos y entendamos; y si queremos juzgar algo, primero veamos quienes somos nosotros mismos. "Quien esté libre de pecado, tire la primera piedra", decía Cristo.

Para este caso, les recomiendo este pequeño video, no les digo que lo juzguen, simplemente les digo obsérvenlo y escúchenlo.


Desde la Civdad de los Reyes del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 16 de mayo de 2010

Las máscaras americanas de Octavio Paz

Poesía:


Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

Hermandad.

***

Las máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres ,
al hombre de sí mismo,
se derrumban por un instante inmenso y vislumbramos nuestra unidad perdida,
el desamparo que es ser hombres ,
la gloria que es ser hombres y compartir el pan,
el sol, la muerte.
El olvidado asombro de estar vivos.

Del poema: "Piedra de sol", incluido en el libro de poemas: "Libertad bajo palabra". 1990.

***

Ensayos:


"Nuestra actitud vital también es historia. Quiero decir, los hechos históricos no son el mero resultado de otros hechos, sino de una voluntad singular, capaz de regir dentro de ciertos límites su fatalidad." Octavio Paz en "El laberinto de la soledad". 1950

"El laberinto de la soledad" es un libro publicado en 1950 por el escritor mexicano Octavio Paz. Consta de nueve ensayos:

"El pachuco y otros extremos"
"Máscaras mexicanas"
"Todos santos, día de muertos"
"Los hijos de la Malinche", donde expone su disertación sobre La Chingada
"Conquista y Colonia"
"De la Independencia a la Revolución"
"La inteligencia mexicana"
"Nuestros días", y
"Apéndice. La dialéctica de la soledad"

En ediciones posteriores del libro el propio autor añadió su "Postdata", basado en la conferencia que sobre el mismo tema presentó el 30 de octubre de 1969 en la Universidad de Texas. Dicha postdata incluye los siguientes apartados:
"Olimpiada y Tlatelolco"
"El desarrollo y otros espejismos"
"Crítica de la pirámide"

Sobre la obra: 

El laberinto de la soledad parte de una opinión trágica e irrevocable: en el ser mexicano está presente, aun después de muchas generaciones, el hecho de que se trata de un pueblo surgido de una violación. Dice Octavio Paz: "En todas sus dimensiones, de frente y de perfil, en su pasado y en su presente, el mexicano resulta un ser cargado de tradición que, acaso sin darse cuenta, actúa obedeciendo a la voz de la raza..."

Según el narrador y ensayista mexicano Enrique Serna, "el diagnóstico que hace en este libro Paz del mexicano "es duro y a veces cruel, pero no pesimista, pues viene acompañado de un llamado a la acción: 'La historia tiene la realidad atroz de una pesadilla; la grandeza del hombre consiste en hacer obras hermosas y durables con la sustancia real de esa pesadilla. O dicho de otro modo: transfigurar la pesadilla en visión, liberarnos, así sea por un instante, de la realidad disforme por medio de la creación.' En momentos de baja autoestima, un lectura ontológica del Laberinto podría contribuir a fomentar la apatía ciudadana, pues las dos actitudes que Paz sometió a crítica, la del chingón y la del agachado, mantienen una desoladora vigencia... El imperio de los chingones terminará cuando los agachados dejen de admirarlos, pero mientras tanto ambos bandos colaboran en la destrucción del país."

***

"(...)Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su persona se establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo."

Fragmentos tomado del ensayo: Máscaras Mexicanas, en "El laberinto de la soledad" 1950

Ver enlace al libro de ensayos: "El laberinto de la soledad". 1950
http://www.hacer.org/pdf/Paz00.pdf

....

Reflexiones en torno al escritor:

La historia estudiada de Paz, a través del mexicano que se proyecta hacia América Latina. Una historia que en común encierran los pueblos nacidos del mestizaje amerindio-europeo. Un trabajo de antropología poética. Octavio Paz fue un poeta, escritor, ensayista y diplomático mexicano, Premio Nobel de Literatura (1990). Es considerado uno de los más grandes escritores del siglo XX y uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos, su obra abarcó varios géneros, entre los que sobresalieron los textos poéticos, el ensayo y las traducciones.

Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda

miércoles, 28 de abril de 2010

SOCIEDADES OPACAS- Poesía

SOCIEDADES OPACAS

“Llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos.”
Albert CAMUS. “La misión del escritor”

(1)
Torrentes manantiales,
explosiones caídas,
mirada indiferente,
el desdén conjeturado ¡ahí está!

(2)
miradas matan,
palabras hirientes,
mofas malvadas,
egoísmos perpetuos;

(3)
enhebran matanzas,
victiman inocentes;
jueces burlan justicias,
tu mirar condena.

(4)
Serpentean ilusiones por doquier ¡Victoria!
Taladran muros concretos
que oprimen actos deleznables

(5)
El poder adinerado coagulado en la sociedad
¡ahí está!
Siente el poder, dice ella
sumida dentro de la barraca,
barraca que no alimenta.

(6)
Lágrimas inundan campos de sequía,
nacen rosas negras
y sus espinas
hieren una vez más el costado de Cristo.

(7)
Niña mariposa aletea desnuda
mi lecho ajeno se regocija media hora
dinero mata sentimiento
calor de abrazo inhumano

(8)
Parque oscuro hormiguea
espalda haciendo el amor
y pensar… que el pasto lo come el animal
retumbado en miseria duerme

(9)
Duelen pies trajinados,
hígado, riñón perforado.
El moribundo se extingue.
La eutanasia finaliza la diálisis.

(10)
Mordaz impotencia se ríe
ondas acuáticas bajan
y espesas decantan pasiones.

(11)
Mar contaminado…
Cristal fragmentado…
Trovas saltan alegres…
Alpiste de palomas se esparce y comen
comen de la mano de Dios

(12)
Sol en crecimiento lunar,
esperanzas absurdas;
sólo hay realidad ausculta
con inocentes engaños.

(13)
Cortinas de humo
traman los estados poderosos y corruptos
medios de información, una vez más buscan su burda publicidad
porque ello vende…

El invidente quiere ver lo que escucha
El sordo quiere oír lo que ver sus ojos pueden.

¿Es la sociedad que vives ésta?

Del libro de poemas: "Sueños de la Realidad". 1era Edición. Lima, Perú. 2012.

Víctor Abraham desde la Civdad de Los Reyes del Perú

50 años sin Camus, la memoria del respeto


Al inicio de 1960, en el trayecto de Lyon a París por la Nacional 5, más concretamente en un lugar llamado Petit-Villeblevin, moría el novelista, dramaturgo y ensayista Albert Camus.

Este año se cumplen exactamente 50 años del fallecimiento de uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, cuyo pensamiento y obra han marcado, como pocos, a la historia del pensamiento y la cultura francesa, europea y occidental.

Nació el 7 de noviembre de 1913 en un barrio pobre del este de Argelia (en aquella época departamento francés). Camus describe el contacto con su madre, mujer humilde, iletrada y medio sorda. Un padre muerto en la primera guerra mundial, meses después de su nacimiento.

La infancia austera y rígida del hogar fue compensada por el afecto y estímulo de su maestro, Louis Germain, quien le ayuda a conseguir una beca para entrar al Liceo. Camus agradecerá al sempiterno su ayuda e incluso le dedicará el famoso "Discurso de Suecia", pronunciado al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957.

A partir de su mudanza a Francia se acentuó su interés por el existencialismo, que tiene una clara influencia en su obra. Fue miembro activo de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y entre 1945 y 1947 fue director de Combat, una revista clandestina. 1942 marca un momento muy importante con la publicación de una de sus obras más importantes: El extranjero.

De sus obras existencialistas podríamos nombrar: El mito de Sísifo (1942), que es, de alguna manera, la contraparte filosófica de la novela El extranjero. Luego, más adelante, la obra de teatro Calígula (1945) y La Peste (1947). En la década siguiente aparecería nuevamente en el teatro Estado de sitio (1952) y, sobre todo, El hombre Rebelde, publicado en 1951. En 1957 le conceden el Premio Nobel de Literatura y justamente la lectura de su discurso de aceptación me hace pensar en la vigencia de su pensamiento.

Camus tiene un estilo muy particular, conciso, directo y profundo. Aunque posee un estilo muy sencillo no por eso es fácil de leerlo. En sus frases cortas e incisivas se esconde una profundidad de pensamiento que nos sacude las partes más escondidas de nuestro ser.

La opción de Camus fue siempre la rebelión contra lo absurdo y fue un verdadero humanista que usó la palabra como instrumento de lucha en la búsqueda de la igualdad. Lo extraordinario de Camus son sus metáforas, con las cuales ha tratado de definir siempre la humanidad. El compromiso de Camus fue con el hombre, no con su concepto.

En Francia, con motivo del aniversario de su muerte, proliferan las biografías sobre aspectos poco conocidos de su vida y los homenajes oficiales se suceden.

Fuente: Texto extraído de la Alianza Francesa de Trujillo (2010), por conmemorarse los 50 años del fallecimiento del escritor citado.

jueves, 8 de abril de 2010

Sobre el mítico "Libro de los muertos"




¡Oh, vosotros espíritus divinos, que hacéis penetrar las almas perfectas en la morada sacrosanta de Osiris! ¡Traed las ofrendas consagradas para hacer vivir mi alma!...

¡Oh vosotros espíritus divinos que abrís la senda y apartáis los obstáculos, franquead a mi alma el sendero hacia la morada de Osiris....

Yo soy profeta... yo dirijo las ceremonias de Mendes, yo soy el gran jefe de la Obra que pone el arca sagrada sobre el soporte...

¡Te saludo, Osiris, señor del Amenti!
¡Deja que penetre en paz en tu reino!
¡Deja que los señores de la tierra santa me reciban con exclamaciones de júbilo!

¡Que pueda experimentar todas las metamorfosis posibles, por todas las sendas de las regiones del más allá obedeciendo el deseo de mi corazón!”...
Así da inicio la ceremonia funeraria...

...

Realmente es loable la exposición del cortejo fúnebre, que es desarrollado entre dibujos y jeroglíficos, relación simbólica que perdurará hasta el Juicio Final. (Capítulo 125)

"No dejes que le vea ningún hombre. El hecho de divulgarlo, constituye una tremenda abominación. Ocúltale, para que nadie sepa que existe”. Así queda legado a la humanidad con una advertencia este mítico libro.

Dentro de los temas históricos de Literatura que vengo profundizando con mis estudiantes, estuve hace poco investigando algo más, remontándome a esa sociedad teocrática tan antigua.

Realmente fascinante es saber como la Literatura va tomando presencia en la vida substancial del Ser Humano siempre afianzando su respuesta crítica y su ojo observador para inquirir los males sociales que cada sociedad trae consigo: esa lucha antagónica eterna entre el bien y el mal, interés de los egipcios por mostrar al mundo ya desde hace casi 5 000 a.C. EL SIGNIFICADO REAL que tiene LA OTRA VIDA.

Este libro misterioso de figuras acompañadas casi siempre de su correspondiente texto arcaicamente jeroglífico hierático fue encontrado en el interior del sarcófago de las momias de los altos dignatarios del antiguo Egipto.  En palabras de la historiadora Guadalupe Licea Rivera, podemos entender este extraño libro como "(...) dicho rollo que se colocaba bajo la cabeza del difunto y que narraba bajo una forma simbólica, el viaje de ultratumba del alma, según los sacerdotes de Ammón-Ra".

Víctor Abraham
Desde la Civdad de los Reyes del Perú.

miércoles, 24 de febrero de 2010

La esencia de escribir


Yo escribo

Cuando se cierne la negra noche
y envuelve en la densidad de sus deseos mis anhelos
yo escribo…

Cuando siento que el viento
pasa apresurado al mar
con su brisa acariciando mi mejilla
yo escribo…

Cuando exclusivamente sé
que el mañana vendrá al salir el sol
y que el hoy, es el que vivo;
así entiendo y escribo…

Me dices
que las cosas más bellas las hace el hombre
con el esfuerzo más simple
y que cada día que nos va dejando la vida
aprendemos algo
desde el conocer el nombre de una pequeña calle
hasta ganar a un amigo,
esto me levanta en fuego y escribo…

Me dices
que si nos detuviéramos a escuchar
por un instantáneo momento
lo que nos canta el apurado viento
tras su tránsito por llegar al mar
y en este lapso,
un mensaje de este recogiéramos;
con la razón dándote a ti
escribo…

¿De qué valen los anhelos?
Si no lo acompañamos de optimismo.

¿De qué valen los sueños?
Si no los dejamos libres para que nos guíen.

De repente, sea así como tú dices
que en los aspectos más sencillos
se esconde siempre la voz del universo,
y que con un fuerte abrazo
produce el bendito calor humano…
¡No sé!
sin embargo, al sentir todo esto
simplemente acabo refugiándome y escribo.

"Yo escribo" en "Profeso que he sentido en el pensamiento". Lima. Perú. 2014

Desde Lima del Perú.
Víctor Abraham

lunes, 8 de febrero de 2010

"La selva y el mar": Fuerzas inagotables de amor.


Allá por las remotas
luces o aceros aún no usados,
tigres del tamaño del odio,
leones como un corazón hirsuto,
sangre como la tristeza aplacada,
se baten con la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable.

Oh blancura súbita,
las ojeras violáceas de unos ojos marchitos,
cuando las fieras muestran sus espadas o dientes
como latidos de un corazón que casi todo lo ignora, menos el amor,
al descubierto en los cuellos allá donde la arteria golpea,
donde no se sabe si es el amor o el odio
lo que reluce en los blancos colmillos.

Acariciar la fosca melena
mientras se siente la poderosa garra en la tierra,
mientras las raíces de los árboles, temblorosas,
sienten las uñas profundas
como un amor que así invade.

Mirar esos ojos que sólo de noche fulgen,
donde todavía un cervatillo ya devorado
luce su diminuta imagen de oro nocturno,
un adiós que centellea de póstuma ternura.

El tigre, el león cazador, el elefante que en sus colmillos lleva algún suave collar,
la cobra que se parece al amor más ardiente,
el águila que acaricia la roca como los sesos duros,
el pequeño escorpión que con sus pinzas sólo aspira a oprimir un instante la vida,
la menguada presencia de un cuerpo de hombre que jamás podrá ser confundido con una selva,
ese piso feliz por el que viborillas perspicaces hacen su nido en la axila del musgo,
mientras la pulcra coccinela se evade de una hoja de magnolia sedosa...
Todo suena cuando el rumor del bosque siempre virgen
se levanta como dos alas de oro,
élitros, bronce o caracol rotundo,
frente a un mar que jamás confundirá sus espumas con las ramillas tiernas.

La espera sosegada,
esa esperanza siempre verde,
pájaro, paraíso, fasto de plumas no tocadas,
inventa los ramajes más altos,
donde los colmillos de música,
donde las garras poderosas, el amor que se clava,
la sangre ardiente que brota de la herida,
no alcanzará, por más que el surtidor se prolongue,
por más que los pechos entreabiertos en tierra
proyecten su dolor o su avidez a los cielos azules.

Pájaro de la dicha,
azul pájaro o pluma,
sobre un sordo rumor de fieras solitarias,
del amor o castigo contra los troncos estériles,
frente al mar remotísimo que como la luz se retira.

"La Selva y el mar" del libro de poemas: "La destrucción o el amor". 1935 

Reflexiones en torno al autor:

Junto con Altolaguirre, Lorca, Alberti, María Teresa, Salinas entre otros forman la talentosa generación española del 27. Vicente Aleixandre encierra en el libro "La destrucción o el amor" (1935), una interrogante irracionalista, y la expresión se acerca a la escritura automática, aunque sin aceptar la misma como dogma de fe. El poeta celebra el amor como fuerza natural ingobernable, que destruye todas las limitaciones del ser humano, y critica los convencionalismos con que la sociedad intenta apresarlo.
Es el poema: La selva y el mar, la expresión unísona del amor real y sin medida.A juzgar sobre lo que se escribe una selva densa donde los animales toman forma y apariencia subjetiva de ver el mundo. Premio Nobel de Literatura 1977. Poeta sevillano ante todo y amigo entrañable de Neruda.

Desde la Ciudad de los Reyes del Perú, Lima.
Víctor Abraham les saluda.

Una movilización sin sustento: el objetivo, aglutinar a la manada; la gran mentira, la democracia

La consciencia de un valor cualquiera sea este da la libertad al individuo, le confiere responsabilidad, acción y fe en el futuro. Los hij...