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lunes, 17 de agosto de 2020

Plandemia 2020

La extraña sensación de vivir secuestrados en nuestro propio país es un fantasma que empieza a recorrer el territorio nacional. Es como si viviésemos o caminásemos en un lugar que se esmera en hacernos sentir NADA. Caras largas, reprobatorias. Y todo tiene un sabor a rechazo, prohibición y duelo. No amargura, sino decepción. Una sociedad enajenada crea eso. 

Una especie de resignación, miedo o convivencia con el dolor, un inexplicable espíritu de sumisión, son tantas cosas y a la vez nada. La ruta de la identidad se difumina. Vamos olvidando quiénes somos y qué nos pertenece por derecho. Están golpeando la autoestima de las personas, disociando la unidad familiar, hostigando a los ancianos, persiguiendo a los ambulantes, destruyendo la salud mental de un país, dejando sin futuro a los niños, precarizando la educación, haciendo negocio con la salud, lucrando con la vida de la gente, vulnerando sus derechos individuales, mintiendo, convirtiendo la crisis sanitaria en crisis económica. Las pequeñas empresas mueren; las grandes cadenas de negocios se fortalecen. La propiedad privada de los grandes lacta de la plata del Estado, un dinero que es nuestro. La población resiste, pero no es suficiente.

Se están haciendo ricos los más ricos y amasando exorbitantes fortunas. Han divido el país entre los que tienen miedo y los que no tienen miedo, entre quienes no se creen las mentiras del Gobierno, respecto al tratamiento de la COVID-19, y quienes ayudan a sostenerla para que estas no caigan. Han entregado los bonos soberanos, desperdiciado el dinero de todos los contribuyentes de este país. Se han confabulado con la prensa para crear una psicosis generalizada. Reprimen, vigilan, observan. Endeudan al país con préstamos impagables para estas dos generaciones que vienen: el dinero recibido es repartido escandalosamente entre los mismos funcionarios.

En silencio están acabando con las personas que llegan a los hospitales, reduciéndolos en sus casas o en algún lugar donde puedan estar y no salir. Se niegan a ver la realidad porque la falsedad genera réditos. Cercenan la esperanza ofreciendo bonos que no llegan. Vejan la dignidad de las personas condenándolas a solo mostrar sus ojos. El uso obligatorio de máscaras y plásticos sobre la cara, ejercicio macabro que solo pueden darse licencias gobiernos autoritarios porque saben que el miedo gana terreno sobre la consciencia y el sentido común de la población. 

Las políticas de salud pública fracasan. Se niegan a aceptar las recomendaciones de investigadores y profesionales de la salud independientes que pudieran significar relativos progresos. Operadores políticos reciben sus tajadas. Pareciera como si estuviéramos caminando a construir una distopía similar a las de Fharengeith 451, V for Vendetta o 1984 porque el poder empieza a hacerse omnipresente, dando la impresión que su mano está presente en todas partes al mismo tiempo. 

La gente muere, la corrupción se dispara, la enfermedad toca la puerta de los pobres, el oxígeno se reduce y la locura, producto del enclaustramiento, empieza a asomarse. La tarea, sobreponerse al miedo...¡Vencerlo!, y fortalecer el uso pleno de la consciencia y el razonamiento.

Lima. Agosto 17.2020.

Víctor Abraham 

viernes, 1 de enero de 2016

Capítulo XXXV del cuaderno de, "La degradación humana". Lima, 2016.

"En quince o veinte años la vida será insoportable: la desahogada paz y la convivencia amable solo será memoria de lo que todavía hoy intenta ser", resolvió escribir en su cuaderno de notas. Hojas amarillas pobremente conservadas.

Imágen: Internet
"El valor de los conocimientos y de la educación es ahora relativo, quien sabe si con los años esto no serán más que simples abalorios del recuerdo. Sin embargo, de lo que sí me queda hoy claro es que seguirán estando determinados por el medio. Ahora bien, si los sistemas educativos siguen en su intento por imitar a otros, jamás podrán satisfacer las exigencias de sus sociedades: todo es copia de un mismo molde", leían mis ojos.

"De acuerdo con las normas hippies", pudo anotar él, haciendo referencia a los movimientos liberadores y pacifistas de los años 60, "se puede confiar en el individuo solo cuando pasa los treinta años, puesto que la capacidad de este para obrar según su razón es lo que lo hace superior a los demás seres de la tierra".

"Si no logramos educar en la crítica a estos miles de niños que hoy pululan en las calles, que pululan en las calles nocturnas de las ciudades, de tal forma que dentro de unos pocos años puedan ocuparse del desarrollo apropiado de sus propias comunidades, entonces seremos nosotros, como elementos de estas inmensas moles llamadas sociedades, quienes habremos perdido la partida", hacía alusión una sentencia.

"La media parte de la población es menor de 15 años", decían en tinta verde aquellas palabras del cuaderno suyo, que iban acompañadas más abajo de una extraña caricatura de un niño varón sentado abrazando a un callejero perro.Y más abajo se leía, "El saber de la humanidad se difunde como una mancha de aceite en un papel secante", frase que apenas- y aún- se dejaba ver en una oración escrita con tinta roja, y borroneada varias veces, es decir cientos de veces porque inclusive esto le había causado un agujero impropio e irregular.

Imagen: Internet
"El porvenir de los países depende de la educación de las masas", finalizaba la hoja, fechada con tinta verde, que aún se podía leer en perfecta caligrafía, "Diciembre, noche, 31 del año 2039", y que situaba debajo como lugar, "Sanatorio de Campo Libertad. Zoar".

Cerré intempestivamente el cuaderno amarillo. (Leer todo esto, me causó por un momento un dolor inmenso, y sentí luego, una vergüenza ajena por una generación que ya no era la mía).

Volví a abrir el cuaderno. Di vuelta dicha hoja, y grande fue mi sorpresa, pero también triste, cuando en el centro de aquella amarilla superficie, en letras oscuras, decía un breve diálogo encerrado en un círculo verde.
"Pero, cómo sabe usted estas cosas, dígame Jeremías. Dígame, por favor, ¿o es que está usted loco?" “Porque fue la vida la que me educó para darme cuenta de ello. La escuela principista y conservadora a la que me había enviado Tobías, mi padre, solo buscaba convertirme en algo que nunca terminé siendo".
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Extracto del capítulo XXXV del cuaderno de, "La degradación humana". Lima, 2016.
Víctor Abraham.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Domingo 13 de julio de: " Los días van y vienen"

Hoy fue una mañana normal. Nos levantamos todos muy temprano. María, como de costumbre fue la primera. Hubo bastante venta, pues se terminaron las dos ollas de avena que habíamos preparado, es más, pedimos otro costalillo de pan. Los saltados del desayuno se acabaron. Al menos, creo que tanto esfuerzo sirvió, y servirá para pagar algunas cuentas pendientes respecto a los predios, que a propósito ya llevan cinco meses sin pagarse. Muchos recibos desde entonces. Nos han dado el ultimátum para poder subsanar esta quincena (al menos parte de nuestra deuda). “El primer lunes de la quincena”, decía la notificación de la municipalidad, algo que considero injusta porque quince recién es jueves, pero en fin. Y es que sucede que últimamente los gastos han sido fuertes, los estudios de Rosa y de Lupe, los pagos del agua, de la luz y del teléfono, los pasajes para ir a ver al abogado, que lleva los trámites de mi jubilación, los pedidos, hasta incluso: este mes se malogró también el refrigerador y había que arreglarlo, eso sin contar los gastos de mi medicina, que los vengo postergando mes a mes, ya que como no cuento con el Seguro Social, debido a que no hay ninguna resolución previa aún por parte de la Comisión Médica Evaluadora del Hospital Regional del Norte, no me queda otra que seguir esperando, felizmente mi mujer siempre fue una amante de la herbolaria – y bueno me ha tratado con hierbas hasta hoy-. Pienso que ya habrá oportunidad para atenderme como es justo. Por ahora, no hay nada.


A las once la mañana, pasó por la casa una caravana, con una banda de músicos, patrulleros y serenazgos. Venía presidiendo este desfile, el alcalde de nuestro distrito, Sr Carlos Agencio Vásquez, junto con todos sus concejales, quienes con su lema, “El gran cambio”, agradecieron las voces de viva y aplausos que el público les brindaba. Salimos con María y Lupe: era muy llamativo todo, puesto que no es muy común que eventos como este se den así nada más, y pasen por la puerta de la casa, salvo en campañas electorales, en fin. Empezó el cortejo, avivado, nada parsimonioso: tres flamantes compactadoras, es decir, tres modernos carros de recojo de basura que las autoridades ponen al servicio de la limpieza. (El mes pasado también fueron bendecidas las nuevas veredas y sardineles que se han construido en Vista Alegre y Huamán). Un hombre flaco y ojeroso que estaba parado a mi costado dijo, “en realidad, se ve la preocupación y el trabajo del Sr alcalde”. Pensé, “es evidente, pero qué habrá detrás de esta adquisición”. (Ideas que saltaron a mi cabeza, pero es que hoy en día todo anda acompañado de un desliz oscuro, y si no es un negociado ilícito, entonces es una suerte de viveza corrupta, pues ni modo, pero de qué había una verdad había, este burgomaestre indudablemente que se estaba metiendo al bolsillo a la ciudadanía a costa de veredas, plantas sembradas, columpios, y carros de basura).

Más tarde, pasado el ardor político, todo siguió igual. Vinieron a almorzar el Sr. Marroquín y sus familiares; también la hermana Eva y su esposo. Más allá de esto nada: Rosa salió a hacer unas tareas, Lupe se encerró en su cuarto, y María como de costumbre se fue a ver a sus sobrinas. Yo me quedé con la puerta abierta un rato más por si se vendía algo más. Nada. Una película de Cantinflas puso sello final a la tarde.

A propósito de mi espíritu incrédulo respecto de la política -pero es que soy así, y aunque tal vez alguien me dirá, “Por Dios, qué anticuado y pesimista es este viejo, que critica todo, inclusive hasta las obras municipales”, debo hacer caso a mis 73 años que me acompañan, los mismos que me llevan a no creer tan fácilmente, pues ni modo-, decidí por la noche transcribir un pequeño extracto que encontré dentro de un diario amarillo, antiguo, y picado por la polilla, y que pertenece por cierto al primer Presidente de los Estados Unidos, palabras tan precisas que atesoro y guardo con sumo cuidado y orgullo desde entonces. Diario: VISIÓN. Fecha: 26 de octubre de 1986, consigna con letras azules en un extremo izquierdo del recorte dicho fragmento. (Diantre, manía mía ésa, la de coleccionar retazos de papel añosos, es más estoy pensando hacer próximamente un álbum con estos, aunque para ello tenga que luchar con mi mujer que detesta todo lo viejo que hay en la casa, en fin).

Día 10 
PALABRAS 
“No imitéis al pavo real, mirándoos por todas partes para ver si estáis bien ataviado y si el traje y el calzado os caen bien. Pensad antes de hablar, no pronunciéis de manera imperfecta ni precipitéis demasiado las palabras, sino enunciadlas distinta y correctamente. No os comprometáis a hacer algo imposible de realizar; cuidad más bien de cumplir siempre vuestras promesas. No profiráis reproches contra nadie, ni maldiciones o denuestos. Que vuestro continente sea placentero, pero impregnado de cierta gravedad cuando se trate de asuntos serios. No os burléis ni hagáis mofa de asuntos importantes, no lancéis chistes hirientes y, cuando digáis algo ingenioso, absteneos de celebrarlo primero. Asociaos con personas de valer si estimáis vuestra reputación, porque es preferible estar solo que encontrarse en mala compañía” George WASHINGTON.

9.08 pm

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De: Los días van y vienen. Lima. 2015.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 16 de marzo de 2015

Día 12, de Los días van y vienen

María cambió hoy de lugar vitrinas y muebles, decía que toda la casa era un desorden. Toda la tarde se convirtió en una hacendosa hormiga. Ella, ella siempre es muy ordenada en sus cosas, lo ha sido desde siempre: muy metódica y sistemática. Desde que nos conocimos a inicios de los ochenta, siempre me pareció una mujer muy cautelosa y muy trabajadora. Continuamente me hacía ver mis propios desórdenes y desbarajustes. “Cosas tiradas por allá, cosas dejadas a medio hacer, y algunas otras dejadas por acá”, decía a menudo.


A María la conocí una tarde de octubre, un primero para ser exacto. Yo tenía 43 años: estaba aún soltero. Una desilusión de mi juventud me había atado a mi propia noria solitaria por mucho tiempo, una decepción grande, y es que sucede que durante mi estadía en Lima, en la que viví por casi dos años conocí a una joven que marcó prácticamente toda mi vida: se llamaba Carola, secretaria, de 22 años, alta, de tez blanca, y de buen vestir y sutil comportamiento. Nos conocimos en una empresa de registro contable. Siempre me pareció muy agraciada. “Vicente, algún día te quedarás a vivir acá, compraremos una casa aquí en Jesús María, y tendremos una niña hermosa, se llamará Lucía, por tu madre, y Esmeralda, por la mía, así es, Lucía Esmeralda, la llamaremos”. Por supuesto que nada de esto llegó a concretarse, fueron dos años, dos inolvidables años, que no sirvieron para nada, salvo para quedar fijada su imagen en mí y en mi desilusión permanente. Acompañado de mi madre fui a pedir la mano de Carola, quería hacerlo, quería hacer las cosas bien, por lo legal, hacer una pedida formal y oficial, sin embargo el padre de esta, no tuvo mejor idea que echarnos de su casa y decirnos, “Vagabundos, no vuelvan más por acá, Carola fue educada para vivir de otra manera, no soy abogado por las puras, y sé muy bien qué conviene a mi hija y qué no: ella se merece todo, todo menos la compañía de unos muertos de hambre como ustedes”. No volvimos a verla nunca más, no volvió al trabajo, rondé su domicilio durante muchas semanas -meses diría yo-.


Casi al finalizar el año, la Sra. Agnes, una anciana que tenía una bodega aledaña a la casa de Carola, me dijo un día “Ella, ya no vive acá, su padre la envió a Piura, a la casa de unos tíos lejanos, y por lo que sé, pronto se irán del todo. Ese hombre es muy ignorante, dice ser abogado pero siempre está ganándose pleitos con la gente, no sé si sea bueno en su profesión, pero de algo sí estoy seguro, que es muy malo como persona, su mujer me contó todo, créame cuánto lo siento, siempre me percaté que ustedes eran pareja, me dio pena el día que supe que su padre le impidió casarse con usted, ella me contó todo llorando, ya le dije, me dio pena por esa niña, que salió más a su madre que a este mal hombre, ella es un ángel del Señor, lo sé, lo sé muy, quién más que yo para saberlo, la conocí desde pequeña, la quería mucho también. Supe que él, su padre, fue destacado a la Corte Superior de Justicia de allá. Pidió su cambio. Mire joven, yo sé muy bien como son estas cuestiones del corazón. Usted va a encontrar a otra mujer que lo va a querer, no sé si más o menos que esa niña, pero de que va a ser una buena compañía, no lo dude. Llegará en su momento. A veces Dios sabe por qué hace las cosas. Mire, en estos asuntos del amor, lo impredecible siempre está latente. Uno puede amar mucho a otro ser, y este corresponderle, pero entonces aparece la propia familia, las amistades mismas, e inclusive las propias inseguridades y miedos del propio individuo que dice amarnos, y todo eso termina haciendo que lo hecho a veces se convierta en nada. En el amor, nada está definido porque sencillamente esto que yo llamo, consentimiento de felicidad mutua implica un trabajo diario, un querer diario, un querer con el corazón diario, un ceder para ganar, un dar para recibir, un sonreír para evitar un llanto seguro, o por qué no, un llorar para enternecer al otro.

A veces, las personas dicen amar a su pareja, dicen querer mucho, certifican con esas palabras, “te amo” que efectivamente aman al otro ser, luego, se abrazan, se besan, hacen el amor, y sin embargo pasado el tiempo sus actos parecen que ya no van evidenciando ello, luego uno vuelve a preguntar, “¿me amas?”, y recibe como respuesta, “Sí, claro, tú sabes que te amo”, pero los actos ya no van siendo los mismos, entonces uno piensa y dice, “es la rutina, es la apatía”, llega la desesperanza, la irritación, la frustración, y entonces un día, ¡zas!, se acabó. El problema entonces no está en eso, no está en que ya no nos dicen “te amo”, o nos regalan flores y chocolates, o nos invitan a pasear o bailar. Sucede que todo se estabiliza, y entonces sale a relucir la personalidad del otro, otro acostumbrado a amar a su propia manera, pero a amar de todos modos. Entonces, de pronto uno dice, “pero cómo es que ya no sale conmigo, ya no me regala flores ni me abraza ni me dice, “mi cielo”, si yo le sigo dando lo mejor de mí, le sigo preparando la comida, le sigo ayudando y diciendo cosas agradables”. No, así no funciona el amor, o al menos esta etapa: aquí, el impulso genésico ha cedido paso a una forma que sobrepasa el cariño, una etapa llamada altruismo, una etapa donde entonces cobra juego y vida, esa otra necesidad, la de entender y comprender, la de velar y seguir ayudando al otro. No es que la persona haya dejado de amar, es solo que entonces ha vuelto a su personalidad inicial, a su forma particular de amar, de sentir y de querer, y eso, créame, eso es lo más duro a veces de asimilar.

Joven, cada quién ama de la manera como concibe este acto, cada quien ama a su manera, de acuerdo a las idiosincrasias y herencias culturales con las que fue educado, ya que la personalidad es única, y el carácter también, por lo tanto he allí el deber conyugal, seguir dando lo mejor, y seguir enseñando a amar, seguir ayudándole a concebir este sentimiento hermoso que cubre el corazón de los seres humanos, enseñarle a amar. Por ejemplo, mi madre, que en paz descanse, nunca nos dijo , “Hijos los amo”, pero nosotros lo sentíamos, de ese mismo modo como tampoco jamás la vi abrazarse con mi padre, pero sabía que probablemente en su intimidad eran felices, a su modo claro está, es más yo creo que ellos fueron felices a su modo, puesto que el arreglo que hicieron al conocerse los llevó a cimentar su propio compromiso marital que se mantuvo por casi treinta años hasta que mi padre murió, y entonces ella jamás se volvió a casar. A veces, decía con cierta pena, “Tu padre me decía esto, o solía hacer aquello”. Yo creo que mi madre siempre lo quiso a él a su manera, y que fue mi padre, el que le tocó el trabajo de entenderla y ayudarla, en fin.
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Fragmento de: "Los días van y vienen", Lima, Perú. 2015
Víctor Abraham 

sábado, 7 de marzo de 2015

Martes 8 de julio, de "Los días van y vienen"

Mis dolores se están empezando a agudizar. El doctor de la posta médica, a la que fui por la mañana, me ha recomendado que después de unas horas de trabajo o de ejercicio siempre descanse con los pies levantados: me ha dicho que no permanezca muchas horas seguidas de pie para que así mis várices que sufro en ambas piernas no avancen. Me ha dado una receta con variados tipos de alimentación, desde extractos raros, carne especial, legumbres seleccionadas hasta pastillas y cápsulas coloridas. (Estos médicos y sus recetas, que no coma aquello, que coma esto, como si uno tuviera plata suficiente para comprarse todo lo que a uno le piden en las consultas).

Reclamé a María, un día de descanso dentro de la semana. Entiendo, que la necesidad de conseguir dinero sea grande, pero creo que es necesario a veces una tregua. Ella es muy trabajadora, de eso no hay duda; es más, el día que me casé con ella, apenas si disfrutamos nuestra luna de miel. Viajamos por la mañana a Chiclayo, estuvimos por la tarde en Pimentel, y salimos por la noche otra vez de regreso para llegar luego a trabajar. Eran tiempos jóvenes ahora que lo recuerdo, en fin. Discutimos, sin llegar a circunstancias mayores claro está, pero es que yo ayudo todos los días desde las cinco de la mañana hasta las ocho-o tal vez un poco más, nueve de la noche, creo-. A esa hora termino cansado para caer en mi cama como una piedra. Mi cuarto está abandonado, no tengo tiempo para lavar mi ropa, o bañarme, o atender mis cosas personales. María sin embargo, parece que a veces no me entendiera. Me reclama constantemente, sin validación de juicio, mi condición de desempleado, pero es que a mi edad es difícil encontrar trabajo, y el último que tuve fue un fiasco. 

El Sr. Tánatos me hacía trabajar más de la cuenta, llegada la quincena me daba la mitad de lo acordado, y me sugería seguir adelante. Por supuesto que a fin de mes me pagaba, pero no era lo esperado, siempre había una excusa, o se perdió una toalla, o faltaba dinero, o no cobré una habitación, o simplemente se malogró una cañería -y también era mi culpa-. Todo era mi culpa. Diez, a veces veinte, y hasta a veces cincuenta soles, eran los descuentos, una vez inclusive me llegó a descontar cien soles porque dijo que había recibido un billete falso, algo absurdo, pero bueno, como no me gustaba liarme con mi jefe sólo lo escuchaba, y aceptaba el resto del dinero. Así trabajé en su hotel diez años (años que aguantaba debido a mi edad, una edad avanzada y achacosa para los demás, aunque mis ideas y ganas de promover iniciativas estaban intactas, pero bueno, todo esto solo quedaba allí: en mí mismo, porque en la realidad, apenas eran consideradas mis opiniones, en fin). Un día llegado el 24 de diciembre, se le ocurrió botarme a la calle sin seguro ni nada por el estilo, diciendo borracho - porque en estado etílico había llegado -, que se había aburrido de mirarme todos los días el bigote, y los pantalones oscuros, sí, dijo haberse aburrido de mis supuestas prédicas morales a mis demás compañeros de trabajo, (pero es que él no puede entender que a los jóvenes hay que orientarlos, y mucho) “Vaya usted a evangelizar a su casa”, gritó estentóreamente delante de dos clientes, que intentaron hacerle entrar en razón, clientes en realidad del hotel, ambos, comerciantes de frazadas de Juliaca, cuya visita por estas fechas era fija. “Usted merece algo mejor”, sólo escuché decir en uno de ellos al salir. ¡Pobre hombre!”, repetía el otro constantemente. Esa fue la última vez que vi al Sr Tánatos, no volví a saber nada de él, porque al cabo de un año - con tal de no pagarme lo que me debía- había transferido todo el edificio a nombre de su hija, quien se desentendió de mí para siempre. (Paciencia por Dios, ya saldrá mi jubilación)



María, señaló finalmente pues, el día miércoles de cada semana como día de descanso.


Hoy no tuve ganas de escribir en el cuaderno, absolutamente nada. Quise meditar en mi cama pensando en María por primera vez (y es que, caray, tiempo que ya no le dedico un espacio de mi vida a ella, al menos en mi pensamiento). Fue así como llegué a una sola conclusión,

“María no es mala, sino muy exigente: es una gran mujer después de todo. Siempre me ha cuidado. Tuve la dicha de conocerla hace ya casi treinta años, y ese día, el día que la conocí supe que sería mi mujer, y yo su marido para toda la vida. Así fue como le propuse matrimonio un día, al poco tiempo de conocerla, y ella aceptó. Los rechazos por parte de su familia vivieron luego, decían que era muy viejo para ella, o que no tenía el mismo nivel social y económico. María era joven y yo ya era maduro para ese entonces, pero eso no nos importó, al menos a mí no me importó porque la quería, la quería mucho, y la amaba, la amaba tanto como hasta ahora. ¡Por Dios, son veintinueve años!, nada es perfecto lo sé, pero allí estamos y seguimos juntos. Una vez un amigo me dijo, “Con María debe sucederte algo así como a mí con Cristina. Tú tienes dos opciones, siempre tendrás dos opciones. Cuando conocemos a una mujer, y decidimos de pronto invitarla a quedarse con nosotros, o bien obramos emocionalmente- y encauzamos nuestras acciones y afectos- para que se quede para siempre en nuestro corazón, o bien, para que esta se quede para siempre en nuestra vida. Por lo menos a mí”, dijo, “opté porque Cristina se quede aquí en mi vida, no en mi corazón. Tengo treinta y cinco años de casado”.

Uhm, “…no en mi corazón, sino en mi vida”, volví a parafrasear para mis adentros. Era indudable, el día que la conocí, que conocí a María, supe que sería mi esposa para siempre. No dudo que ha sido difícil el camino del matrimonio, pero allí estamos, luchando, cayendo y levantando. Ella y yo somos uno solo, o como diría Neruda en uno de sus tantos escritos, “creo que fue la misma tierra, la que nos reunió”.

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Fragmento extraído de "Los días van y vienen". Lima, 2015
Por Víctor Abraham

sábado, 21 de febrero de 2015

Día 10 de "Los días van y vienen"



Hoy, fue un día más que normal. No salí de casa. Todo el día pasé trabajando en el negocio. También llegaron los pedidos, las bebidas, los jugos en caja, los chupetines, los biscochos. María fue a hacer las compras de la semana al Mercado Central junto a Rosa. Mauricio llamó para saludarnos muy temprano. Dijo que estaba bien, y que estaba metido en unos trabajos de escritura. Quiere publicar un libro. Parece que a él le gusta también todo esto del escribir, que bueno por él. Pienso que tal vez ello obedezca al hecho de que es profesor, en fin. Recuerdo que una vez cuando era muy pequeño me dijo, “Papá, siempre he visto que tú escribes, que lees mucho, y que te gusta bastante este mundo de los libros y de sus escritores, que los coleccionas, hasta haz hecho en la casa cuatro bibliotecas, ¿por qué no escribes algún día un libro, y lo vendes? Así, te convertirías en un escritor muy importante”. Recuerdo que en ese momento estaba escribiendo un block de notas sobre las incidencias del día, ya que siempre me gustó escribir sobre los sucesos del día a día, comprar cuadernos y llenarlos de anotaciones personales, reflexiones, motivaciones, máximas y citas de autores clásicos del pensamiento universal, en fin. En ese momento, levanté mi vista, lo miré detenidamente, y vi que un mechón de su cabello lacio había caído sobre su cara, tapándole el ojo izquierdo. Tenía algo de doce años creo, Mauricio era aún un adolescente. Levanté mi mano derecha, y delicadamente, se lo retiré. Le di una sonrisa de agradecimiento, la misma que creo fue llevada más por la sensación de tener frente a mí, no a un hijo, sino a un lector que esperaba de mí grandes cosas, pero ya era muy viejo para ello, sí era muy viejo para dedicarme a ser escritor. Tal vez esa cobardía mía. Mi miedo a encontrarme de pronto frente a esa sensación de decir, que voy a hacer ahora que he decidido ser un escritor. Ese miedo a la incomprensión. No, no era posible, es mas, jamás hubiera sido posible para mí dedicarme a ello. Ello implicaba muchos sacrificios. Tal vez mi temor a la soledad, la necesidad de mi familia, María, sí, sí, ¿qué le diría a ella, “Mira, soy escritor, y tendremos que acoplarnos a esta vida”?, ¿y el negocio? ¿Y mi madre? ¿Y la economía de mi madre? Imaginé entonces a los muchos escritores que había leído durante mi infancia: todos, producto de obsequios que mi madre, a pesar de su esfuerzo hacía por conseguirme, ella me compraba muchos libros. Dickens, Balzac, Tolstói, Stevenson, Salgari, Bunin, Kipling, Shaw, Carducci. Lagerlöf. Imaginé sus vidas, sus inspiraciones y aspiraciones, sus juventudes, sus adulteces. Imaginé que algún día, ellos también sintieron el llamado de esa hermosa vocación, y cómo afrontaron a ello, al llamado de este oficio. Por un momento me sentí orgulloso, sí, sentí una gran alegría interna y una satisfacción personal por haber dejado que estos maestros de la palabra entraran a mi vida de pronto un día, por haberles permitido tomar mi mano, mi niñez y mi adolescencia, por haber pernoctado conmigo en los momentos más duros de mi primera existencia donde la miseria material era absoluta, y suplir así, de esta manera, las carencias culturales que mi fallecido padre no pudo darme. Mi madre no sabía leer ni escribir, pero se entretenía con las historias que yo le contaba luego de mis lecturas hechas, decía ella, “Hijo, haz de aprender a vivir como esos hombres y mujeres, haz de ver en ellos, en sus vidas, un ejemplo. Haz de mirar en estos modelos para tu existencia”. Cuando crecí, me dije que algún día me convertiría en escritor, y entonces viajaría, y escribiría mis propias historias, crearía mis personajes, y me convertiría así en héroe de las causas buenas. Dediqué mis primeros años a leer, a leer de todo, a coleccionar recortes de pensamientos, a armar álbumes con recortes de mis escritores favoritos. Con los años, cuando empecé a trabajar procuré – y me prometí a mí mismo- comprar cada fin de mes un libro diferente. Pensaba que esa sería la cuota de agradecimiento mía en pago a esas sabias enseñanzas y entretenidas ficciones que recibí por mis primeros años, y así ha sido hasta hoy: libros de literatura clásica que fueron ampliándose en temática a medida que fueron pasando los años, y que han ido desde superación personal, sexualidad, medicina, religión, alimentación, cocina, administración, economía, historia, psicología, educación, filosofía, familia, junto con revistas artesanales, de negocios, de magazine, de marketing y publicidad, y por supuesto diarios y suplementos culturales.


Los años que vinieron para mí luego, me llevaron a decidirme por los negocios, a optar por seguir los estudios de contabilidad y finanzas. Tenía otro sueño, tener un negocio propio, y así fue. Nunca llegué a estudiar en la Universidad Nacional por problemas judiciales que siempre envolvieron a mi madre, debido a la tenencia de sus terrenos en la sierra de Charat, Trujillo. Un hermano mayor quería quitárselas, y así fue finalmente, uno de sus hijos, venidos de una relación extramatrimonial terminó por quedarse con todas las tierras que mi madre había heredado de sus padres. Fueron años duros de luchas burocráticas, duraron casi treinta años, años que hicieron que yo pierda mis estudios de preparación, años de dureza económica, de líos con abogados que cada mes cobraban honorarios por mentir, y esconder o fraguar documentos. Testimonios perdidos en el proceso, tiempos de espera para que el Consejo de la Magistratura resolviera, y mientras eso sucedía cada día mi madre envejecía y yo maduraba más a la vida, a la rebeldía, a la necesidad de tratar de entender, ¿qué móvil inducía a los seres humanos a dañarse entre ellos mismos? ¿por qué esa ausencia de justicia en los estamentos burocráticos? ¿por qué esa necesidad enfermiza de mentir y alargar un proceso absurdo que podía haber durado dos años o hasta uno más? Fue así como fui entendiendo que los valores humanos cuando había de por medio dinero no valían nada, al menos no tenían consistencia para estos señores de ternos, corbatas, camisas blancas con gemelos, zapatos lustrosos, y pantalones bien planchados. Hombres que sabían muy bien cómo sacar brío a sus cartones, medallas y congratulaciones que estaban dispuestos sobre la pared de sus viviendas, viviendas a las que llegábamos con mi madre a dejar el dinero todos los fines de mes en sobres cerradas y blancos con la única inscripción, que me era indicado escribir, “Por concepto de honorarios para…., la cantidad de …”. Este proceso fue un terrible lastre que consumió mis esperanzas. Una rémora para mis sueños y mis anhelos futuros. Los almacenes del “Tayuen Hnos.”, fueron mi única tabla de salvación económica por esos años. Al final, ese tal Braulio, hijo bastardo de mi tío, terminó comprando a toda la mesa judicial rompiendo la mano de muchos abogados, e inclusive por lo que supe, también de jueces de la Corte de Justicia de Trujillo. Perdimos todo lo que habíamos intentado retener. (Pensar en esto ahora, sólo me arroja una conjetura, las herencias materiales sólo generan disociación entre los miembros familiares, generan atraso, necesidad de quitar, pero sobre todo ambiciones y sensaciones de envidia. Pienso ahora que más feliz es quien vive despojándose de lo absurdamente terrenal, y opta por una vida sencilla. Así es, ahora soy un convencido pleno de que el único legado y herencia válida y razonable que un padre o una madre pueden dejar a su hijo es su educación y su cultura porque con ello, este individuo podrá conseguir sus propios medios materiales, conservarlos, y saber hasta qué punto desistir a ello, al confort mediático o a esa necesidad de lactar cada vez más y más cosas de consumo). Ahora bien, creo fueron estas circunstancias las que me hicieron desistir a mis propósitos de escritura, y optar por convertirme empíricamente en un especialista de la administración.

***

Mi hijo seguía mirándome. Yo dije, volviendo por un instante a nuestros diálogos, “Hijo, un escritor no es cualquier individuo, la escritura se revela a estos hombres en un momento de su vida, y los invita a caminar los senderos de la consistencia moral y espiritual, del desprendimiento material, empujándolos a optar por una vida simple y sencilla. Un escritor, hijo mío, ve el alma humana, y no es fácil, créeme, para ello se requiere años de paciencia, de dedicación, de experiencia y de lucidez mental. Un escritor…”, dije, y resoplé, “es un comprometido con su sociedad, es un poeta, pero también un narrador, puede ser un dramaturgo o por qué no un ilusionista, pero lo más importante es que tras estos fondos, solo subyace una realidad es un ser humano, que se entrega a su trabajo de escritura diaria, y que hace de su oficio su vida, y de esta un servicio. No basta con escribir libros, uno tras otro, y venderlos todos. Un escritor, Mauricio, es un sabedor, un leído, un instruido en la gramática y todas esas cosas, que a mí me faltan. Pero sobre todo, es un ser que siente, que entiende, que comprende, y que intenta, a pesar de sus errores ser un poquito mejor cada día un ciudadano, un héroe de su propia vida y un interpretador de las demás vidas ajenas que cruzan la suya. Ese es un escritor pequeño Mauricio”. (Él, mi primogénito solo sonrió y dijo, “Papá, seré algún día escritor”, y se fue).

***

Hoy por la noche escribí, luego de leer unas frases del escritor italiano, Salvatore Quasimodo:

Día 7 
Tal vez haya que entender al ensayista honesto como un poeta crítico y realista, cuando no, social y político- un comprometido-, como decía Salvatore Quasimodo, "Un inconformista que pasa de la poesía lírica a la poesía épica para hablar sobre el mundo y el tormento racional y emocional en el que vive el hombre." Si atendemos a esta lógica, entonces el poeta estaría encumbrado en ser ese conscientizador del espíritu perpetuo, no mediático, total, asimilando el perfil propuesto por el autor de "El poeta y el político" se puede partir de una nueva concepción de poeta, un inconformista de la vida que no busca penetrar la cáscara de la civilización literaria falsa, porque seguramente ya haya descubierto que hay en su interior, una civilización llena de torres de defensa como en la época de las comunas medievales. El poeta, tal vez muy lejano a esta civilización a la que considera extraña, tal vez opte por estar solo, opte por recorrer las periferias, buscando encontrar en ellas cada día, encontrar en sus calles una imagen que contenga en sí mismo al hombre de los sueños, a la enfermedad y disvariamento del hombre, a la redención del hombre, a la miseria de la pobreza emocional. Por tanto, entre un hombre de letras y un poeta haya finalmente mucha diferencia, un político seduce al hombre de letras, pero no a un poeta porque el poeta va más allá de las simples pasiones políticas, partidarias, sectarias, un poeta universaliza consciencias practicando - no simulando o fingiendo- ante todo ese lado puramente ideal de nobleza en el Ser Humano.

10 pm

Fragmento de "Los días van y vienen", Lima, Perú. 2015
De: Víctor Abraham.

jueves, 19 de febrero de 2015

Visita a Pepe

Hoy salí muy temprano. Decidí ir a visitar a Pepe Pazurro, lo que pasa es que hoy era su cumpleaños número sesenta y nueve, y cuando eso sucedía, él no iba a trabajar. Él era muy respetuoso de las convencionalidades, de las formas, de las fechas memorables. Además Tito y Juanita, lo querían mucho. Lo engreían bastante, y con mayor razón tras la muerte de Sofía, su mujer.

José se había dedicado también a los negocios como yo, había sido toda su vida vendedor de frazadas, las que llevaba y traía constantemente de Arica o de Desaguadero, en muchos casos burlando la frontera. Lo conocí en la Escuela Técnica de Comercio allá por los años de 1960, ambos éramos estudiantes de contabilidad. Siempre me decía que algún día formaría una cadena de tiendas, parecidas a Super Rey, que era la tienda importadora más grande de ese momento en Trujillo. Su padre, al igual que el mío también sirvió al ejército, pero no murió en ninguna guerra, mas bien fue a morir de cáncer a la próstata debido, decía él, a las muchas mujeres que había tenido fuera de su matrimonio. Ambos, Pepe y yo, fuimos, y hasta hoy hemos sido buenos amigos. Nos frecuentábamos mucho. Un tiempo trabajó en el “Tayuén Hnos.”, pero luego se fue a “Super Rey”, donde trabajó cinco años más en que empezó su propio negocio, compra y venta de frazadas al por mayor y menor. Gozó de buenas épocas. Él, no muy alto, rechoncho, moreno, de ojos vivaces y cabello levemente ondulado; yo, flaco, algo escurrido, medio palúdico, no tan vivaz, y de cabello liso castaño. Fuimos buenos amigos.

Solía visitarme periódicamente al “Tayuén Hnos”, donde conoció por a mí a Sofía. Ella era una joven delgada que rozaba sus diecinueve años, usaba anteojos que descansaban graciosamente sobre una nariz respingada y siempre movible por un extraño y curioso tic que en vez de hacerse notar prominentemente, daba a ella un aire de niña eterna, sí, infantil y eterna, digna de una emperatriz de la época, de tez un poco blanca. Solía llevar atuendos sobrios y largos, cuando no vestidos florales con vivaces colores, y hasta a veces llevaba sobre sí, estilos naif a lo Jacqueline Kennedy, esto es vestidos de un solo color, conjuntados siempre con chaquetas de punto. Los pantalones de campana anchos y rectos también estaban dentro de sus exquisiteces de vestir. Cuando salíamos con Pepe, o sea los tres, ella llevaba un bolso de asa corta, pequeño, y de charol. A veces sombreros de hala corta y en otras boinas curiosas. Los pañuelos de colores, en la cabeza o en el cuello, también eran de su preferencia. Recuerdo que una vez, para ir al cine, se presentó ante nuestros ojos con unas botas altas, que le daban casi por la rodilla, eran de charol y con tacones algo gruesos, añadidas a una minifalda recta y blanca.

Sofía, vivía con una tía en un cuarto alquilado. Decía que su madre había muerto de una extraña enfermedad dejándola muy pequeña al cuidado de su padre. Tenía por esas épocas una hermana, siempre hablaba de ella con nostalgia. Decía que murió cinco años después de la muerte de su progenitora, enfermedades del corazón. Al quedar ella sola se fue a vivir con su padre, que se volvió un alcohólico empedernido al poco tiempo debido a la impresión familiar que tuvo a raíz de estos sucesos, y que por cierto, al poco tiempo desapareció para no volver más. Ella decía que también había muerto, aunque a veces se contradecía renegando de él y su abandono repentino. Se fue a vivir con la señora Gloria que era la hermana mayor de su madre, una anciana solterona y muy católica. Vivían en la calle Independencia 854, donde hoy funciona una agencia de pagos de luz. (Parece que el predio de esa casona antigua fue vendido a la agencia de cobranza por sus propietarios legítimos).

Sofía se casó posteriormente con un trabajador de la hacienda azucarera “Roma”, que pagó todos los derechos de nupcias correspondientes, un tal Filipo de Charat, zona de la sierra de Trujillo, pero que al poco tiempo, dos años creo, murió. Yo estaba por ese tiempo con mi madre en Lima. (No sé de qué murió exactamente, ella nunca lo quiso confesar, pero una vez oí decir a Julio, ya años después, que ese hombre padecía trastornos cardíacos, en fin).

Ella, Pepe, y yo fuimos muy buenos amigos solíamos ir al cine los domingos, o frecuentar de pronto concursos de marinera en épocas de fiestas. A mí me apasionaba el teatro; a él, los bailes; y a Sofía el cinema. No sé cómo, pero una vez ellos me dijeron riendo, que algún un día yo tendría una mujer muy buena y comprensiva a mi lado, de buen vestir, conversadora, y trabajadora, y que por fin pondría un orden a mi desordenada vida. Era evidente, que no se referían a ninguna otra mujer que no hubiera sido en ese momento Sofía, hasta inclusive Pepe me hacía bromas de vez en cuando, “Eh, pillón, dale el sí, se ve que te gusta, y tú a ella, no lo dudes porque si no mira que aquí hay otro gavilán escueto, jajaja”.

José Pazurro también se casó, pero al poco tiempo enviudó. Su mujer había muerto de un derrame cerebral. Solo le dejó una niña pequeña, Juanita, que llevaba el mismo nombre de su madre. Ya el tiempo hizo que ambos, Pepe y Sofía se enamoraran, y se casaran. Fueron muy felices, y me invitaron a su boda. Boda a la que no asistí por razones de juicios pendientes que había heredado por los terrenos de mi madre, que por esas épocas estaban en litigio con un hermano mayor que intentaba arrebatárselas. Fueron muy felices, ya dije, y ambos tuvieron un hijo, Tito, quien sacó los mismos ojos y la nariz de la madre, aunque el cabello y la complexión eran notorio que le pertenecían al padre. Me hice su padrino. Aún tengo conmigo la foto de los tres, y al pequeño bebé sobre mis brazos. Cómo ha pasado el tiempo desde ese entonces.

Tito, hijo único de ambos, había heredado de su madre ese extraño tic de mover la nariz constantemente. Algo que detestaba mucho su padre, pero que terminó finalmente enamorándolo de Sofía. Ambos decidieron que era mejor darle una profesión, total, “es la educación, decía, ella, su madre, el mayor legado que los padres pueden dar a sus hijos”. Fue así como Juanita, se hizo contadora, y Tito, arquitecto. Yo por esas épocas, ya había abierto un negocio propio dedicado al rubro de licorerías, bares y restaurantes. Seguía soltero, viviendo y velando únicamente por mi madre. Los tres, nos seguimos frecuentando con continuidad hasta que me casé. Supe luego, que ambos cambiaron de residencia. Perdí el rastro, hasta que años después me los volví a encontrar, un día por la Plaza de Armas cuando estaba paseando con María, ya había nacido Mauricio. Me dejaron su dirección, y su número, pero los perdí posteriormente. Con Pepe, nos seguimos viendo, se había dedicado, ya viejo, a manejar y hacer servicios de taxi a turistas. Nos encontrábamos esporádicamente, hasta el miércoles de la semana pasada en que me contó el trágico desenlace de su mujer. Muerte, cardiopatía coronaria.


***

Hoy, al llegar a casa por la noche, me encontré con una sorpresa. María había comprado una torta de chocolate, según ella por iniciativa de mi hijo Mauricio. Me habían guardado una parte en el conservador. Además, Rosa me alcanzó un dinero, eran S/. 250 soles que mi hijo había dejado para mis gastos. A ellas también les había dejado una propina. Me fui a mi cuarto, y lloré dando gracias a Dios por tener a un hijo tan agradecido. “Con este dinero”, dije para mis adentros, “podré pagar finalmente los trámites para mi evaluación por parte de la Junta Médica Evaluadora del hospital Lazarte, que me exige la OEP, para mis trámites de jubilación. Y es que sucede que últimamente no he podido llevar a cabo estos exámenes, debido a la falta de dinero, y en las dos únicas veces que lo he intentado por el SIS (Sistema Integral de Salud), me han dicho que, para caso extraño mío, no cubre los exámenes porque estos son muy costosos, además que escapa al presupuesto establecido por este sistema, que por cierto está destinado a gente como yo, que no tiene nada, ni seguro, ni condición económica que ampare nuestra vida. Vida de paupérrimos. A veces pienso, que todo esto de los fondos de salud y de jubilación se mueven por fuerzas cercanas de apego al dinero, por intereses de ambición particulares, en el que conviven diariamente abogados, funcionarios públicos y hasta médicos, quienes han terminado usufructuando la profesión del servicio por la vida humana, porque en ellos, en los agentes de la salud, está la vida de las personas, pobres o ricas, elevando así esa necesidad particular de obtención cada vez mayor de mercancías económicas sobre el plano de su propia condición de seres humanos. Pienso luego, con una relativa tristeza, que la mayoría de estos profesionales han terminado soterrando su verdadera pasión de servicio reemplazándola por otra, de ganancias y de status sociales. Por Dios, qué degradación profesional.

Hoy escribí en el diario una reflexión de ANDRIEUX, que leí por la mañana en uno de los escaparates de una boutique, y que decidí anotar en su momento:
Día 6
Vivir en sí mismo no es nada. ¿A quién podré ser útil, ser agradable hoy? He aquí cada mañana lo que debes decirte. Y por la noche, cuando la luz del cielo ves irse, feliz si tu corazón en voz baja ha respondido: El día que termina, Señor, no lo he perdido; merced a mis cuidados vi en un rostro humano, la señal de la alegría, el olvido de una pena. François Guillaume Jean STANISLAUS ANDRIEUX. 
(…) 
Espero Dios Mío, ampares a mis tres hijos siempre, y a María, que son lo único que tengo. Imprime alegría al camino de Pepe, y de su familia. Ten en tu misericordia al alma de Sofía, dále, por favor, descanso eterno. Haz, Señor, que estos médicos certifiquen de una vez por todas mi precario y difícil estado de salud para poder agilizar mis papeles del seguro. Ablanda su corazón PADRE, y dales paz a su vida como a la de sus familias. AMÉN. 
11.15 pm.


Del cuaderno de: "Los días van y vienen". Lima, 2015.
De: Víctor Abraham

martes, 17 de febrero de 2015

Lunes 7 de julio, de "Los días van y vienen". Lima, 2015


Pasamos el día tranquilo. Todo volvió a su calma, era evidente que el enorme hoyo dejado por Mauricio en nuestros corazones es muy notorio. María, retomó su quehacer silencioso; Rosa, su vida melancólica; y Lupe, sus ausencias matinales. Fue hoy a estudiar temprano. Por la mañana atendimos en el negocio con el desayuno. Sí, sí, nuestro trabajo consiste en tener listo todos los insumos posibles que sirvan para desayunar, entre sándwiches, mermeladas, pan de todas las variedades, quinua, avena, soya, leche, mantequilla, aceitunas, tortillas, en fin, y bueno, uno que otro plato de comida ligero, como lomo al jugo, o pescado frito con yuca. Ahora bien, para ello se necita levantarse muy temprano, cuatro y media a más tardar y empezar por lo básico y esencial que es prender la cocina a querosene, freír las papas, lavar las verduras, y empezar a preparar las tortillas; de allí a hacer la limpieza del salón, limpiar los mostradores, las mesas y las sillas, hacer la pizarra del día, y bueno, abrir finalmente, no sin antes poner la música de la mañana, melodías acompasadas por instrumentos de cuerda y de viento, en otras veces rancheras mexicanas, o pasillos breves. A María, mi mujer le gusta las notas de El Cholo Berrocal; a mí, las rancheras de Pedro Infante, que siempre fue para mí desde niño mi máximo ídolo, en fin.

Del mismo modo, es necesario precisar que la mayor parte de los clientes son, en su gran mayoría, cobradores y choferes conductores, miembros de la empresa de micros azules Santa Rosa de La Esperanza, además de taxistas, y algunos que otros escolares que pasan a su colegio temprano, o bien padres de familia que llegan a coger su movilidad para ir al trabajo, al centro de Trujillo.

Trujillo es una ciudad muy pequeña, una urbe que se comporta como cosmopolita, sin serlo. Llena de callejuelas pequeñas y estrechas, eso sí bien pintadas y coloridas. Su centro histórico acoge a muchas personas laboralmente hablando. Casi todos los centros de trabajo están dispuestos dentro de la histórica avenida circular España, compuesta de unas veinticuatro cuadras pequeñas, -y esta a su vez circunscrita por una avenida circular más grande, que se divide en norte y sur, la gran avenida América-, por supuesto que hay algunos centros laborales en las periferias a ella. Sobre todo de calzado, y de telefonías. Las universidades también se encuentran a su alrededor. La estructura del centro antiguo tiene forma de tablero de damas, una plaza, que dicen sus pobladores ser amplia, pero no la es, límpida, sí, es muy limpia. Cuando era niño vivía con mi madre en pleno centro histórico, en un cuarto alquilado del 525 de San Martín. Los almacenes “Tayuén Hnos”, donde trabajé con Aurea, la hermana de Gellman; y con Sofía, la que en vida fue mujer de Pepe Pazurro, y gran amiga mía, quedaba en el 345 de la calle Gamarra cerca al Mercado Central, y pensar que fue allí donde me empecé a trabajar por primera vez, hace ya mucho tiempo desde que era un jovencito. 20 años. Sí, 20 años que me arrojaron un tiempo de servicio útil, con el cual pude comprar por fin mi terreno propio en Buenos Aires, y levantar mi casa en compañía de mi madre y María, mi esposa. ¡Cómo cambió Trujillo desde ese tiempo!, antes había más dignidad en el vivir, digo esto porque hasta el vestir era sencillo. Algo sencillo, pero fino. Una vida muy reservada y conservadora, cuando no, con ensoñaciones de pequeñas aristocracias dada la condición de los apellidos Santa María, Ganoza, Landauro, en fin. Uno de ellos, Juan Servat Santa María, se hizo médico, y luego alcalde, para finalmente afiliarse al Partido Aprista, y una vez en el poder despacharse con todas las resoluciones departamentales de obras médicas. Lo último que supe de él es que se fue a Lima, y hasta hoy sigue sirviendo fideísta, y servilmente a su jefe que ya no es ni la sombra de lo que solía ser en sus años mozos, hoy día convertido en un político viejo, arrugado y parlanchín. Y es que a veces los individuos son así de repulsivos cuando se vuelven adictos al poder, enfermizos por este, oscuros, al extremo de volverse cosas raras y degradables, en las que sin darse ya no hay esencia propia, sino caretas. Sí, y son estas caretas las que se enquistan en sus rostros para siempre, desde el momento mismo en que abandonan sus ideales. Caretas, que han terminado cubriendo finalmente sus rostros y consciencias.


***

En el almuerzo dos, tres clientes; por la tarde y por la noche, la venta fue escasa.

María fue hoy a Trujillo a hacer algunas compras. Leyendo el diario, encontré interesante esta máxima del día
"Después de saber cuándo debemos aprovechar una oportunidad, lo más importante es saber cuándo renunciar a ella". Benjamin DISRAELI.

Hoy terminé escribiendo:
Día 5
SOBRE LOS USOS DEL CUESTIONAMIENTO 
El poder se levanta sobre la ignorancia, el fideísmo estúpido, y el circo de la mordacidad diaria; éste, teje argucias - y está seguro de lograrlas- porque sabe que hay seguidores y fideístas enceguecidos que por un cargo temporal son capaces de socavar su propia dignidad. Es triste ver ahora a jóvenes repartiendo volantes, pintando paredes, vistiéndose absurdamente o consiguiendo firmas para inscribir a sus partidos. Si actuamos bajo esas sórdidas premisas entonces se estará dando mal ejemplo a las generaciones que están tras de ellos. Un joven, no puede doblegar su fresca capacidad libertaria y su autonomía creativa por una galleta o una propina monetaria, porque - y seamos claros-, ya de antemano se sabe quién toma las riendas al interior de un partido. Sucede que simplemente quien decide ofrecerse lo hace a sabiendas que nada obtendrá allí, salvo -como ya dije- un pequeño cargo temporal que lo tendrá atado al servilismo permanente.

Por otra parte, los dirigentes políticos compran el poder, o simplemente lo heredan, esa es la verdad. Esto que afirmo, tal vez no lleve nada novedoso, salvo por una excepción, que quienes los eligen jamás reciben nada a cambio de sus votos- es más, ni se interesan en exigir algo-. Los ciudadanos se contentan con obras provenientes de presupuestos participativos, que en muchos casos son seleccionados por burócratas al interior de oficinas cerradas. Así, un contribuyente de a pie jamás hace respetar sus derechos porque sencillamente predomina la viveza de estos primeros. y si hablamos de herencia política que recibe un ciudadano, sí, sí hay una herencia, hay muchas herencias, y estas son entre otras, obras hechas a última hora, pistas que se descascaran, fuentes de aguas de colores, monumentos estrambóticos, estrechas lozas deportivas, pero nada, absolutamente nada, que tenga que ver con programas de talleres artesanales para jóvenes, programas de productividad familiar, e inclusive mejoras en la calidad educativa de los niños y niñas. "¡Qué va!", dicen ellos, "¡Dale un circo, lugares para que se tomen fotos y de vez en cuando ponles un concierto!". Uhm, ¿Qué pasaría- y parafraseo al genial Czeslaw Milosz, escritor polaco-, si el poder cambiara de manos?, en fin.

Es por ello que, el cuestionamiento es importante porque hace que las personas no sojuzguen su propio poder de realización creyéndose desmerecedores de su propia felicidad. Si la gente aprende a cuestionar, a criticar, a negarse a seguir, esto es si la gente destierra por completo todo intento de fideísmo entonces, será capaz de rebelarse a su propia debilidad individual de sólo oír y callar para pasar a convertirse en entes activos que promuevan actos colectivos abiertos y propongan teorías de pensamiento, en fin. Luego, el acto del pensar es importante porque nos hace darnos cuenta de quiénes somos realmente e individualmente, ya que vale más el no seguir que el obedecer. De allí que sea imperioso reafirmar ahora más que nunca que se necesitan escritores comprometidos con los cambios radicales; se necesitan pensadores que formulen teorías y propongan sugestivas propuestas desde sus múltiples campos de aplicación cognitiva, amparados y fundamentados sólo en eso que se puede llamar subversión mental y consciencia crítica. Se necesitan individuos disidentes y claros a la hora de expresarse, alejados de todo lenguaje retórico, procaz y mordaz.

Todo ello me lleva a pensar finalmente que, yo no puedo ni podré criticar una corrupción jamás, si soy parte de ella, si convivo con ella, o si disimuladamente le saco la vuelta a mi consciencia con el fin de soslayar lo que debe ser cuestionado en su momento. El hecho de que yo denuncie una corrupción, no me hace menos corrupto: si alguien calla o no, eso es cuestión de cada quien. No me interesa el hecho de que alguien salga y pregone su moralidad, la consciencia juzga mejor. Luego, - y pienso mucho en ello- hay una forma de combatir socialmente la corrupción de una vez por todas, y esta radica precisamente en decirle (y enseñarle) a la gente a cuestionar, a reclamar, a no callar. Si enseñamos a la gente a revelarse contra su propia debilidad y miseria moral estoy seguro que habremos empezado a cimentar nuevos tiempos. Esto me hace pensar en una parábola, aquella que habla del trigo y la cizaña, pues aquí ambas deben crecer juntas, cuestionamiento y corrupción, y una vez listas para ser segadas corresponderá a las nuevas generaciones cortar las indicadas o no indicadas. ¿Y nuestro papel? Ah, sí, claro, el nuestro, por supuesto, para no olvidar, nosotros pasaremos a ser adscritos a esa generación de hombres y mujeres que quedó en el pasado llena de precursores y próceres de una nueva sociedad.

9.00 pm

Fragmento de: "Los días van y vienen. Lima, 2015. Víctor Abraham


miércoles, 11 de febrero de 2015

Domingo 6 de julio, de Los días van y vienen.

“Dia del maestro”, día de reconocimientos y homenajes a todos los maestros como mi hijo, maestros y maestras, hombres y mujeres anónimos, que hacen de nuestras sociedades con su labor sacrificada, sociedades educadas y formadas, en fin. Siempre he guardado un respeto profundo y una admiración por esta noble entrega de sacrificio humano. Mauricio descansó hasta buena hora. (¡Pobre chico, debe de trabajar mucho allá!) Minutos después, luego de levantarse, nos ayudó a atender al público. (Hubo mucha gente hoy, faltaron manos). Más tarde, departió con nosotros, sus hermanas, su mamá y conmigo, el desayuno. Leche, mantequilla, pan, y unos cuantos chicharrones de pescado. Creo que este ha sido uno de los mejores desayunos de mi vida, no por la comida en sí, sino por las personas sentadas alrededor de ella, en fin. Hubo de todo, preguntas, respuestas, risas, ocurrencias, juegos como antaño, como mis hijos eran pequeños. Me dio gusto por ellos. Los quiero. Hasta Rosa que es poco comunicativa, terminó riendo. Esmeralda advirtió que era mejor tomarnos una fotografía, y así fue. Así fue como obtuve la última fotografía familiar, la misma que ha quedado pegada en el álbum dorado de fotos convenientemente y que cuido con mucho celo personal. Es raro sentirse atado a estas imágenes del pasado, es algo así como si el solo hecho de tenerlas conmigo me hiciera más feliz, más dependiente de mi felicidad última.

Son pocas veces, lo sé, las que podemos estar juntos, reconozco ello. Cuánto quisiera que retroceda el tiempo para poder hacer todo lo que por mis hijos aún no he podido hacer. Entiendo la distancia de Mauricio respecto a nosotros, el trabajo que nos imbuye entre clientes, lavadas de platos, vueltos, preparación de sándwiches, deshilachados de pollo, en fin, todos los días de cada día, pero allí estamos para darnos siempre espacios familiares. Nos contó que regresaba a Lima. Con un poco de pena comprensiva, nos quedamos en silencio. Luego, se levantó y salió para alistar su equipaje, un maletín y unos libros. Cómo ha crecido este muchacho, me siento orgulloso de él. Pienso, que a veces él ha logrado lo que yo no pude en mi tiempo, ser profesional. Perdí a mi padre, estando yo en las inmediaciones de mi primera infancia, y los recuerdos que tengo de este son muy borrosos, creo que de no ser por una foto - otra vez estas imágenes fotográficas-, no tuviera el recuerdo exacto, de saber que fue sargento mayor, y que murió defendiendo a su patria en una guerra absurda que pudo en su tiempo haberse evitado de no ser por las intransigencias y demandas del momento, de allí que mi rechazo sistemático por las guerras sea total, y la percepción que pueda tener de los conflictos ajenos siempre terminen produciéndome un cierto asco porque es allí donde la gente, guiados por otros, sus superiores – o esa estúpida irracionalidad propia de sentirse con poder-, matan y son matados por otros, denigran y son denigrados por otros. Cuando era niño, mi madre me contó que un día, ese apuesto y moreno caballero de quien se había enamorado se fue con la promesa de volver antes de cumplir un mes. Luego de dos meses, un día, tocaron a la puerta del cuarto alquilado donde vivían en Trujillo. “Señora”, dijo un joven flaco y esmirriado con corte militar, “Debo decirle, que…”. Llantos desconsolados, una ropa sucia con manchas de sangre, y una inscripción hecha en una carta de papel de sello de agua con el símbolo del ejército, con letra casi indescifrable, según mi madre, que decía, “Lucía, te amo, siempre te he amado, tanto como amo a nuestro pequeño Vicente, nuestro hijo, cuídalo, cuídalo mucho, y haz de él un hombre de bien. Te quiere, Tomás”. Eran los años de 1942. Lo que vino en adelante, diantre, qué dolor para los deudos, fueron trabajar, trabajar mucho, luchando, cayendo y levantando. Sí, esa fue mi frase desde ese momento, algo que siempre les inculqué también a mis hijos. Nunca llegamos a tener nada, mi madre murió, siempre en la misma casa alquilada. Yo tuve un poco de suerte. Mi liquidación, luego de veinte años de trabajo, en “Tayuén Hnos”, me dejó un pequeño dinero, con el cual me fui a comprar un terreno cerca de una playa, llamada Buenos Aires, en el norte del Perú. Ahora que recuerdo debo agradecer a esta empresa que me permitió, gracias a un sueldo estable y nada indecoroso poder llevar mis cursos de contabilidad en la Escuela Técnica de Comercio, ya que había truncado mis primeros estudios de Contabilidad en la Universidad Nacional, en fin. Así fue como empecé a rechazar de mi vida sistemáticamente la violencia, el odio irracional, la guerra, la brutalidad, la destrucción y la muerte causada por estos actos. Un trauma quedó en mí, que nunca pude superar, no concebía que mi padre, hubiese muerto, por defender algo absurdo que tranquilamente podría hacerse evitado con entendimiento y diálogo. No entendía cómo había gente insana dispuesta a morir por servir los ideales de otros, de terceros, de superiores, de personas que nunca mueren, pero que mandan a otros a morir por ellos. Fueron años duros de pobreza y conmiseración durante mi infancia. Por aquellos años, vendimos con mi madre perritos para subsistir, y promocionar una marca de jabón en las plazas de la ciudad, actividades de las que obteníamos ganancias minúsculas, pero que servía para sobrevivir dentro de una vida modesta. “Te extraño papá”.
***

Salí a comprar un ratito al mercado cebolla y zanahoria. A las 11.00 am se despidió de nosotros mi hijo. Su mamá fue a dejarlo a la agencia. Se dirigieron al terminal del Óvalo Grau. Yo me quedé a cargo de la venta. Encontré limpiando la vitrina los recibos de luz y de agua. Caramba, cuánto ha subido el nivel de vida dentro de los seis últimos meses, pagamos ahora el 30% más de lo que ya estaba estipulado, y es que debe ser en el caso del agua, por la fuga que tenemos. El problema es no poder encontrar un gasfitero honrado que haga bien su trabajo, y no saque plata por sacar. Recuerdo que en mis tiempos, había buenos hombres dedicados a este oficio, e inclusive hasta los materiales eran de mejor calidad, ahora ya nada es lo mismo, o bien trabajan como debe ser, pero cobran un dineral que no se les puede contratar, o bien vienen, dan picotazos en la pared, en el piso, se hacen los que pegan codos, miran, y vuelven a taparlos con cemento, que al poco tiempo se termina descascarando, ya lleva tiempo este problema, en fin, seguiremos buscando. A la hora del almuerzo llegó el Sr Castaño con su esposa y sus dos hijos, ellos, los chicos, han sido siempre compañeros de estudio de mis hijas. También llegó la hermana Eva y su esposo, miembros de mi comunidad religiosa a visitarme. Después de un día muy agitado cerramos a las 7.00 pm. Hoy solo anoté algo breve en el diario.
Día 4
REFLEXIÓN 1 
"La deshumanidad, la intolerancia y la brutalidad no pueden vencer a los nobles sentimientos y bondades del hombre y de la mujer. La vida antes que la muerte. La sonrisa antes que la tristeza. La emoción antes que el cálculo frívolo y trivial. Lo hermoso ante lo bello. Lo plural ente lo singular. El amor ante el encono. La solidaridad total, total. Ese es el mundo que debemos buscar, ayudémonos todos y démonos fortaleza. La meta es larga, pero no imposible". 
REFLEXIÓN 2 
Querer con el corazón siempre, a todas las personas, a todas sin excepción. Sé que es duro y cuesta, lo digo porque es cierto; sin embargo es necesario, ahora más que nunca es necesario. Esta sociedad hoy hace más difícil ese querer con el corazón, sin embargo para eso estamos, para querer y dejarse querer. El orgullo no es a veces lo mejor. Hemos perdido tanto por hacerlo notar, tal vez más de lo que nos hayamos imaginado y ganado, sin embargo no hay marcha atrás. No la hay. Los yerros enseñan a hacer las cosas bien. Ofrecer disculpas y seguir. Seguir para adelante. Un "lo siento" nunca está demás como tampoco está demás un "gracias". Querer, querer con el corazón siempre y dejarse querer también con el corazón siempre, ojalá sea esa en adelante la mayor consigna que los años que han de venir nos hayan de demostrar.

8.25 pm

Extracto de: "Los días van y vienen". Lima, 2015 de Víctor Abraham
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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Sábado 5 de julio

A las ocho de la mañana. Llegó de Lima mi hijo Mauricio. Nos dio mucha alegría verlo en casa después de varios meses. Nos trajo regalos. Para mí, una bonita chompa color beige y gruesa, especial para abrigarme en este invierno. Esmeralda recibió un lindo delantal a cuadros, en cuya esquina angular derecha resaltaba un frase que decía en letras cursivas y bordadas, “Para mi mamá con cariño”; Lupe, un reloj de pulsera color dorado, cuyo brazalete tenía la forma de pequeños corazones unidos y entrelazados entre sí mismos; y Rosa, una cadenita de plata, cuyo dije tenía la forma de la primera letra de su nombre. Un hermoso gesto de gratitud para la familia, el mismo que sé, Dios recompensará en su momento. Esmeralda preparó un cuy para el almuerzo que todos saboreamos con apetito. No sé, pero por primera vez después de mucho tiempo me sentí el jefe de la familia. Todos mis hijos, por fin reunidos al lado mío y de mi esposa. Dimos gracias a nuestro creador. Después, por la tarde, Mauricio se fue de compras con su mamá. Yo me quedé cuidando el negocio. En tres horas solo se vendió un par de bebidas, media bolsa de biscochos, y tres plátanos, en fin, “algo es algo”, pensé. Me senté en mi rincón favorito, y aprovechando mi soledad natural y la caída de la noche, decidí anotar algo breve para el diario que vengo escribiendo, y que espero algún día sirva a mis hijos, o a los hijos de estos. Y es que la vida es a veces tan insensible con los individuos, que apenas podemos anteponernos a sus retos. Somos débiles en el fondo, pero no por ausencias de fuerza, sino por demasía de ella, en fin. Transcribí un fragmento de uno de los pensamientos de Constancio C. Vigil., llamado “Hijo mío”.(*)
Día 3
Para tu dicha, hijo mío, levántate con el sol y traza el plan de tu día.
Ten una sonrisa a tiempo, una palabra bondadosa a tiempo.
No des a quien no merezca.
Condena el mal con la alabanza de lo opuesto.
Para corregir al malo, elogia ante él lo bueno.
Avanza en línea recta hacia tus fines.
Abrevia siempre el camino yendo derechamente a tu propósito. Si éste es perjudicial, así lo será menos.
Prepárate, hijo mío, para vivir un día o diez mil días. Esta actitud, esta tranquila y valerosa guardia ante lo impenetrable, es la suprema dignidad del hombre.
El hombre crea su mundo. Un día es el padre de los días que siguen. Vienes de tu propio ayer.
No esperes al porvenir: avanza hacia él.
Te aseguro, hijo mío, que llegarás adonde quieras.
Te aseguro que puedes lanzar certeramente a tu ser como a la flecha, desde el tenso
arco de tu voluntad, y que irá adonde pongas la mirada.
Te aseguro que nada de la tierra ni del cielo se opone a tu destino.
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(*) Versos extraídos de “El Erial”. Uruguay, 1915. “Hijo mío”, de Constancio C. Vigil.
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Por la noche no asistí a mi asamblea “Bodas de Samaria”, una congregación que se dedica a estudiar la biblia, y los consejos morales que lleva implícita en su interior. (Se desarrolla todos los sábados en la capilla “Espíritu de luz”, y son años los que llevo como congregante ya). Me sentía cansado, además tenía que atender a mi hijo y conversar con él, soy su padre, y así nada más es difícil nuestro encuentro. Su trabajo. La distancia. La escasez de dinero para comunicarnos. Le leí el fragmento de Constancio C. Vigil, el mismo que transcribí hoy por la tarde. “Espero seas un buen hombre”, dije, “pero no porque seas mi hijo o porque yo sea tu padre, no, no por eso, ni por una gratitud de quedar bien conmigo, sino porque es un deber, un compromiso con el mundo. Necesitamos hombres verdaderos hijos, necesitamos hombres de luz”. Mauricio me miró, quiso decir algo. Calló. Pensé por un instante en el viejo candelabro de mano que estaba sobre la mesa, el mismo que heredé de mi abuelo; me parecía que durante aquel instante paternal no solo iluminaba la oscuridad del cuarto ni los bordes de la cama sobre la que nos encontrábamos, sino que daba lumbre a nuestra propia penumbra del alma, a nuestro propio desasosiego. Y sentí un breve un calor filial que hizo estremecerme, me sentí más humano, más protector, más sabio. Conversamos sobre sobre sus próximos planes laborales, su próximo viaje, su próximo proyecto de escribir un libro, sobre su vida sentimental. “Con cuidado”, le aconsejé, “Haz de caminar siempre con cuidado, y pisar firme sobre el llano de las inconsistencias, porque ellas, tarde o temprano, acecharán tus mayores ideales personales” “Gracias padre”, dijo. Creo que fueron tres cuartos de hora. No tenía el reloj a la mano. Se levantó, y esta vez fue él, fue Mauricio, quien me dio un beso en la frente. Se fue. Me quedé sentado al borde la cama. Derramé unas ligeras lágrimas. Pedí perdón a Dios por haber faltado a mi reunión de cada sábado, y alabé a mi Señor en mi cama como todas las noches. Hice una oración breve por mi familia. Dios, perdóname por no reunirme hoy con mis hermanos de comunidad, pero tú señor, sabes las razones, bendice a mi familia, y a sus familias también. Conduce siempre por el camino de la rectitud a mis hijos. Líbralos de todo mal, y provéeles de gozo en su corazón. Que puedan acercarse a ti, y servirte como yo te sirvo. Haz de nosotros instrumentos de tu amor porque eso somos señor, instrumentos de una obra más grande. AMÉN.

Me recosté sobre la cama. Apagué el candelabro, y me sobrevino a la mente la imagen de mi padre, un padre que nunca conocí, pero que sin embargo, sé que se hubiera sentido orgulloso de mí por intentar serlo con mi hijo. Afuera las ramas de la planta de plátano del jardín que cultivamos silbaron con el viento.
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Fragmento de "Los días van y vienen. Lima, 2015. de Víctor Abraham

jueves, 29 de enero de 2015

De: Los días van y vienen. Lima, 2015

Viernes 04 de julio

Hoy salí muy temprano con rumbo al estudio de abogados “Cáceres Vigo & asociados”, lugar donde trabaja el Dr. Vitela, “o véngase pasado mañana, tal vez haya algo”, me había dicho el último día que fui a verlo y que encontré atareado. Me recibió cortésmente. No había nada concreto. Me dijo que aún estaba estudiando los documentos enviados por la OEP para entablar la demanda ante el Poder Judicial, y así poder reclamar mi pensión de invalidez (jubilación). “Asombro, me produce asombro su caso”, dijo, “es que ya llevamos tres años, y aún no vemos avances”. “Mire”, volvió a decir, “conozco muchos casos como el suyo. Casos de personas como usted, que demandan justicia ante la ley, personas que solo buscan, se les reconozcan sus derechos, que se les pague, y se les de lo que con derecho les corresponde”. Vi entonces un cuadro en la pared que decía, “Venid a mí, los que estáis agobiados”, se trataba de una pintura que llevaba impresa sobre su lienzo muy bien trabajado la imagen de un Cristo cogiendo a un cordero pequeño. El lienzo era mediano, estaba justo ubicado encima del asiento reclinable del Dr. Vitela. Me llamó la atención, sí, me llamó mucho la atención –más por el hecho de tratarse de un estudio como estos, lugar en donde se supone que los abogados no creen en Dios, en fin-. Indudablemente que aquella imagen era un símbolo de cristiandad. Pensé por un momento en la formalidad (probablemente, razón única de exposición), o quizá, estética misma, o tal vez después de todo, lo que había escuchado desde siempre no era tan cierto, eso de que los hombres del Derecho no están con Dios, y tantas otras sugestiones más, sin embargo, sea como sea, allí estaba la imagen y me estaba mirando. Por un momento pensé, todos somos hijos de Dios al fin y al cabo. Sin embargo, de lo que sí estaba seguro, era de que ese cuadro tenía un propósito, dar aliento, inyectar esperanza en tanto desesperanzado, en tanto jubilado, en tanto desamparado que por allí, por esa cuadrangular oficina pudiese llegar. Y es que a veces cuando uno ya es viejo, anda siempre muy agobiado, es como si de pronto nos llegara a pesar, no los años, sino el alma, la consciencia pura del alma, no la del cuerpo, sino esa misma, la del alma. Hayamos hecho bien, o hayamos hecho mal, todo ya está vivido, y ahora queda confrontarnos con los actos de nuestro pasado, y es allí precisamente dónde el tiempo se hace más justiciero, más omnipresente, más temeroso, más sabio. El tiempo, en estos instantes nos da lo que nos debió siempre dar, o bien para morir con dignidad, o bien para retorcernos con dolor compasivo. Luego decimos, por qué no hice esto, o por qué no hice aquello, ¡Pamplinas, ya lo hicimos y punto!

“¡Cómo le dije, señor Vicente, es cuestión de esperar, de seguir esperando!”, dijo.

Me pareció que el tiempo había pasado rápido. Vi el reloj de pared. Ya eran las 12.00 pm. Esmeralda podría necesitarme. Di las gracias, y quedé en volver a llamarlo- o en todo caso a visitarlo a fin de mes-. Se paró cortésmente, nos dimos un apretón de manos. Era algo raro el tipo, sin cabello, totalmente calvo, de cara alargada, y con un bronco timbre de voz. Unas mangas blanquísimas, y una corbata con coquitos blancos. Impecable. Al inicio, cuando lo conocí, pensé que era un cínico y un badulaque embaucador y convencional, pero con el paso del tiempo (¡Otra vez el tiempo!), me pareció que no, pensé que me había equivocado, pienso que lo juzgué mal, quedó en ayudarme, en cobrarme luego, “Yo veré su caso”, dijo la primera vez que nos conocimos; además, qué culpa tenía este hombre de ejercer la profesión del demonio, en fin. Di la vuelta, caminé algunos pasos, y cuando giré el picaporte dorado de la puerta de su oficina, le escuché decir, “La OEP, Sr Vicente, sea convertido en una institución podrida moralmente, en el que sólo tiene voz y voto el convidado de la autoridad gubernamental, o el representante de alguno de los “servidores” públicos, es raro esto, pero lo sé, lo sé, señor, no sé con qué cara pueden autodenominarse “servidores”. De todas maneras, veré que puedo hacer, caso contrario haré una junta con mis colegas, y le tendré información, espero antes de este fin de mes. Véngase el 30 para conversar, y darle ideas más claras, ¿de acuerdo? Que tenga buen día”. “Gracias”, unas teclas se empezaron a escuchar.

Caminando por el pasillo con rumbo a la salida, me percaté por primera vez, que esto se parecía a un hospital, sí, todo silencio, piso lustroso, paredes blancas, y estudios que parecían cuartos de enfermos, hombres con anteojos. Crucé el pasadizo, y me percaté de una rendija, una rendija que se había formado por una puerta entreabierta, el rabillo de mi ojo derecho se desvió por un momento para mirar aquel cuarto. No sé cómo pero me asaltó un extraño presentimiento, una punzada en el corazón, y por un momento vi todo blanco, un muchacho arrodillado al borde de una cama, y creí escuchar un diálogo entrecortado que provenía de un cuarto adyacente al de la puerta entreabierta, un hombre que pedía agua, me oprimió el pecho, cerré los ojos intensamente, me sobé el pecho, y asido a una de las paredes laterales del pasillo caminé lentamente hasta dejarme caer pesadamente sobre una pequeña silla oscura unida al piso. Unos segundos, y había pasado todo. Una señorita me alcanzó un vaso de agua, “Tiene que descansar”, dijo. “Gracias”, sonreí levemente.

Era raro, pero solo en un hospital las imágenes religiosas cobraban tanto interés y expectativa, el pasillo mostraba algunas imágenes, “El buen pastor”, “El sembrador”, “El hijo pródigo”, todas mostraban algo, y era, piedad, piedad no religiosa, sino piedad humana. Sea como fuere, estaba seguro, que esas imágenes representaban esperanza, esperanza en esa justicia moral que tal vez algún día volvería a ser impuesta en la sociedad. Sobre distintos fondos y bajo variados matices, las representaciones reflejaban una paz, pero no una paz de esas cristianas, que suelen evocarse en los templos antes de finalizar los rituales eucarísticos dominicales, una paz cristiana que hace que la gente de vueltas en una y otra dirección para buscar a alguien y palmearle el hombro superficialmente, no, no era ese tipo de paz, la reflejada por estos cuadros, sino una paz verdadera, una paz del alma que solo es capaz de ser retratada por un verdadero artista del espíritu.

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Por la noche, todos se fueron a dormir temprano, yo me quedé unas horas más, antes de irme a mi cuarto. Anoté algunos apuntes, reflexioné, los taché, los volví a leer, y decidí escribirlos en el cuaderno de “Los días van y vienen: cuaderno de vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias y frases célebres”.
Día 2 
Hoy tuve una sensación rara, una revelación, creo que vi mi muerte, esto es en dos palabras unidas por un enlace, “Voy a morir”.

A veces, los preámbulos de la muerte no son otra cosa que el inicio de la agonía. La muerte, es el escape a esta vida, a esta represión, a esta enfermedad, a este olvido sistemático, pero diablos, cómo duele morir”. 
La existencia es corta, el olvido inmediato, pero las obras que se han hecho con el corazón, que se han construido con obstinación, que se han levantado sobre ideas de bien, en suma, sobre el amor; sí, estas, son eternas. GRACIAS DIOS MÍO.
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Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham
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Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

miércoles, 21 de enero de 2015

Fragmento de "Los Dias van y vienen"

Hoy resolví escribir en este cuaderno amarillo parte de mi vida, sí, parte de esta misma existencia mía- y que a veces me pesa llevarla sobre los hombros-, sí, escribir algunos de esos pasajes que los recuerdos traen a uno mismo cuando ya se es viejo para atormentarlo o bien – que es muy raro sentir aquello- para apaciguarlo. Pienso, ahora en todo lo que pudo haber sido antes, y que al final no fue, sí, en eso que resultó no ser, y de como este no fue, terminó convirtiéndose en lo que hoy no se es, pero en fin, no es culpa de nadie, mucho menos mía, y es que sucede que muchas veces cuando se es joven: o bien se deja pasar muchas oportunidades que luego pesan al cuerpo en su más misericordiosa alma, o bien se aprovechan estas para ser finalmente eso que años después renegamos ser. ¡Oh, Virgen María, libra al hombre de sus propios juicios valorativos!, en fin.

Ya que no se me ocurrió que otra cosa más podía hacer, terminé por comprar un cuaderno esta mañana aprovechando que salí a comprar cosas al mercadillo cercano a donde vivimos para el almuerzo, con el único fin de entretenerme, de anotar en él vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias, frases célebres, en fin, algunas cosas gratas, y bueno también otras ingratas. Supongo, que ese es el fin de un diario ¿no?, si se puede llamar diario a ese registro, sino continuo al menos esporádico, de lo que uno percibe en su día a día, además tengo que ser honesto también conmigo mismo. (Sucede que una vez cuando era muy joven decidí escribir un libro a modo de diario, lo iba a llamar “Registro de los días que van y vienen”, pero no tuve continuidad, todo quedó trunco, hice algunas anotaciones en él, algunas confesiones, algunas un poco raras y maniáticas, pero hasta allí nada más quedé. Me desanimé, o debería decir que me desanimó la idea de poder convertirme de pronto en biógrafo de mi propio modus vivendi, ya que siempre fui muy reservado).

Debo confesar que por un momento quise ser escritor, quise transmutarme de pronto en una especie de héroe anónimo de mi propio destino, un hombre capaz de crear y de dar vida a mi propia ficción, quería ser de pronto como esos ingleses Charles Dickens o ese Robert Louis Stevenson, los admiraba, verme de pronto retratado en un ser similar a ese pequeño David Copperfield, “Whether I shall turn out to be the hero of my own life, or whether that station will be held by anybody else, these pages must show.”, corriendo por la calles de Inglaterra nada ajenas a esa revolución industrial de 1840; o quien sabe verme convertido de pronto en ese Jim Hawkins, I remember him as if it were yesterday, as he came plodding to the inn door, his sea-chest following behind him in a hand-barrow—a tall, strong, heavy, nut-brown man, his tarry pigtail falling over the shoulder of his soiled blue coat, his hands ragged and scarred, with black, broken nails, and the sabre cut across one cheek, a dirty, livid white. I remember him looking round the cover and whistling to himself as he did so, and then breaking out in that old sea-song that he sang so often afterwards: ‘Fifteen men on the dead man’s chest—/ Yo-ho-ho, and a bottle of rum!”, esperando a que de pronto un día, llegase a mi vida un misterioso Billy Bones, y me revelase por fin los misterios de la navegación, o porqué no, un mapa del tesoro, en fin.

Pero mis sueños de convertirme en escritor murieron, como murió en mí ese espíritu noble y generoso de la escritura, a partir de allí sería, un aficionado. Es curioso, pero el tiempo, la perfección, el orden natural de las cosas… (a quién quiero engañar con eso, ¡va!, debería decir, que dejé mi sueño de ser escritor el mismo día que nació Mauricio, y que tuve que darme cuenta que necesitaba trabajar más. Total, no se puede vivir de la fantasía, hay que comer a veces, y el estómago de los hijos es primero). Ahora, años después me di cuenta que albergué siempre la esperanza de convertirme en escritor, hasta viejo: me casé a los cuarenta y dos años por andar divagando, en -según yo- mi eterna y dorada juventud. ¡Ah, cosas, cosas, cosas! Tengo que darme ánimos hoy, de alguna u otra manera, al menos por mis hijos, y claro también por mi mujer, en fin. Creo que me he terminado convirtiendo de pronto en un Moses Herzog del presente. ¡Diantre, qué resignación!. A veces pienso que el darse ánimos no solo consiste en ir, pararse de pronto frente al espejo y mirarse tontamente para decir, “¡Mira, tú eres ese hombre, así que vamos, báñate, cámbiate de ropa, y sal a la calle a divertirte; el mundo está allá afuera esperando por ti. Al diantre los problemas y las preocupaciones!” (Uhm, pensar esto, francamente me reduciría a ser un viejo simplón e indecoroso, ocultar mi verdadera esencia, y lo que es peor suponer- engañándome a mí mismo que soy otro hombre, y no precisamente ese que está frente a mí parado al otro lado del espejo: ese hombre con sabor a viejo, variciento, con los brazos blanquecinos y flácidos, y el estómago abultado. Ni qué decir de las bien acentuadas bolsas oscuras que se me han formado bajo los ojos, malditas ojeras, pero en fin , ya está hecho ese soy yo, y ni modo. Esa es mi realidad. Detesto cuando los viejos como yo de pronto, se creen de un momento al otro, unos mozos de lozana virilidad, y salen a impresionar a jovencitas que lo único que ven en ellos solo es una billetera y tarjetas de crédito. Pensar esto, me hace concluir en que ser viejo duele en el alma, pero más en el ego).

Ya dije, tengo que darme ánimos para seguir encontrándole sentido a esta vida, sé que no es gran cosa lo que me pasó hoy: los ajetreos de siempre, los gastos, los gritos de mi mujer, los chirridos desagradables que dejan escapar los vehículos de la calle al frenar, llegó el recibo de la luz, y eso que recién estamos a inicios del mes (Tan apurados estarán estos tipos que no esperan a que el consumidor, porque eso es lo que somos al fin y al cabo: consumidores, pueda descansar aliviado). Hoy no salí de casa, mas que a comprar al mercadillo del lugar donde vivimos por la mañana. Por la tarde, todos salieron, Lupe y Rosa a estudiar; Esmeralda, a visitar a sus sobrinas. Ahora, por fin puedo sentarme, y escribir entonces, llamaré a este cuaderno, “Los días van y vienen: cuaderno de vivencias, pareces, opiniones, recuerdos, ocurrencias y frases célebres.

Día 1
Soy un obrero, siempre lo he sido y me siento orgulloso de haberlo sido. Soy un hombre que ha caminado mucho durante toda su vida, un solitario que apenas si llegué a hacer una familia corta, un buscador de respuestas que nunca han terminado de saciar su existencia. Un trazador de objetivos. Sin profesión alguna, eso sí, con muchas ocupaciones, un trabajador manual y mental por excelencia. Amante de los buenos libros y respetuoso de las creencias ajenas por más absurdas e inexplicables que me hayan parecido. Me he desempeñado como hotelero, animador eventual de espectáculos, muchos de los cuales fueron histriónicos y sin sentido, vendedor de objetos raros -pero necesarios-, trabajador de almacén, peluquero, cocinero, empaquetador, ayudante de bares y de restaurantes. Empecé una carrera que podía haberme significado éxitos, pero que quedó truncada por procesos judiciales que no quiero recordar ahora. Nunca viajé, y no conozco más allá que un par de ciudades, pero las suficientes para haberme enseñado a vivir. Con una culpa de consciencia que jamás olvidaré y que ha golpeado mis recuerdos desde siempre. Es curioso percatarse que cuando uno llega a ser viejo, sí, sí, mortalmente viejo, el pasado cobra mayor nitidez, y mientras más años lleve de vida este pasado, más nítido se vuelve, tal vez más nítido que el presente mismo, con confesar que ya hasta olvidé el color de vestido que mi hija llevaba puesto ayer, o si al perro de la casa le dieron o no de comer, claro que es mi trabajo hacer recordar este acto cada día a los otros, pero la verdad es que a veces lo olvido, lo olvido tanto. No es mi culpa, y sin embargo lo siento, lo siento mucho. 
Entre mis gustos: leer la biblia, transcribir pensamientos célebres, ver películas mexicanas, coleccionar libros, ojear revistas, y extraer figuras recortadas de periódicos viejos como anuncios de matrimonios, recetas de cocina, mujeres atractivas y artistas de cine clásico. Soy un ferviente ser católico, eso lo supe desde que mi madre me llevaba a las misas dominicales cada fin de semana. Un trabajador rutinario comprometido con mis obligaciones, un silencioso huraño también, y un orgulloso, eso sí, muy orgulloso, pienso ahora, que el orgullo es lo único que nos vuelve invulnerables ante cualquier situación hostil a nosotros dándonos valor para sobreponernos. Nunca me ha interesado saber lo que puedan pensar los demás sobre mí, total, no vivos de ellos. Aunque sí me es necesario saber que piensa mi familia de mí. Ella es mi única razón de vida. Por otro lado siempre he vivido en una casa grande sin arreglar, pues nunca me ha llamado la atención arreglarla a pesar de los continuos pedidos de mi esposa y de mis hijos, pero en fin, quien toma las decisiones siempre he sido yo, y eso lo saben muy bien ellos. El próximo enero cumpliré los 72 años. Es curioso verme ahora ya encanecido y envejecido; sabía que en algún momento de mi existencia llegaría ese día de confrontarme con mis propias arrugas, pero no esperaba que fuera tan pronto, sí, justo ahora cuando uno recién comienza a hacer los descubrimientos más elementales e importantes de su vida, pero las cosas son así y hay que saber encarar al destino trágico y oscuro. El tiempo, el tiempo y sus múltiples encarnaciones, es el más grande y eviterno ser omnipresente que vuelve pequeño al ser humano, y lo coloca donde debe estar, o debió haber estado siempre, en fin. Pienso ahora que, solo los hombres valientes afrontan con el mayor aplomo el último tramo de su vida. 
Recuerde- si alguien llega a leer estas notas en algún tiempo próximo-, que siempre he sido muy perceptivo, muy agudo en mi pensamiento, generoso, pero no tonto; escuché siempre voces estando despierto por las noches llegando al extremo de creer que a mí se me había revelado poder saber lo que pensaban las personas a través de sus muecas raras y grotescas, de intuir cosas y sensaciones que luego pasaron y que advertí en su momento. Soy alguien que si no habla, piensa; alguien que sabe lo que es usted ahora, ni más ni menos que esa apariencia que le acompaña, estoy hecho de ideas como usted está hecho de convenciones, suelo reír y entristecerme de vez en cuando- y usted, sí,sí, usted, ha visto esas dos partes mías, por lo que me alegra-. Suelo escribir sensaciones en hojas blancas, amarillas, de distintos tamaños y colores cuando no las puedo vivir, tal vez sea porque me he acostumbrado a ello. Sí, sí, soy ese alguien que quiere mucho y que abraza de pronto cuando debe abrazar sin importarle lo demás, alguien que ejecuta ademanes más de la cuenta y que grita cuando está emocionado, alguien que sabe lo que es y lo quiere, aunque esto es lo único que le quede. Alguien, sí, sí, alguien que siempre tuvo esa sensación extraña de estar acá y de no estar en ningún lado, alguien a quien ese sentimiento de pertenencia que invade a los hombres jamás ha importado, alguien que encontró en las palabras su medio de moverse y de realizarse. ¿Rebelde?, pues claro que fui un rebelde, toda mi vida fui rebelde, pero un rebelde honesto, un satírico de la vida, un interpretador y un buscador -por eso, siempre entendí a los buscadores-, ese soy yo; ah, olvidé decirle que también soy alguien que olvidó desayunar esta mañana y comprar el diario del día de hoy. En fin, no somos perfectos.

Uhm, ahora bien, debo reconocer que últimamente, de pronto, percibo muchas lloviznas invernales y breves – caray, cómo ha cambiado el clima de un tiempo acá, todos hablan de un cambio climático, y sin embargo quienes más hablan son los que contaminan más, e inclusive llegando al extremo de contaminarse a sí mismos, su mente, su cuerpo y su espíritu, ¡Qué pamplinas es hablar de todo esto de la preservación de las cosas!-. Ahora hasta se pueden ver más seguido en el cielo tumultos de nubes borrascosas, hasta los meses me parecen últimamente más insensibles de lo que deberían ser, en fin. Supongo que en adelante condiciones climáticas como las de hoy marcarán el inicio retrospectivo de muchos otros amaneceres que el destino habrá de traer consigo a mi vida como vayan transcurriendo los días, claro está. Tal vez haya llegado el momento imperioso de empezar a escribir un diario monótono – es raro que me exprese así de este cuaderno, pero ya está, ya lo dije, y cuando digo o pienso algo jamás me retracto, menos lo borro- que reseñe las ansias, los recuerdos, los sucesos últimos, las necesidades, las alegrías y penas – si es que las hay aún-, las ocurrencias, y bueno todo lo demás que esta consciencia mía vieja y achacosa pueda ser capaz de percibir. (Siempre escribí diarios desde mi juventud no monótonos, sino divertidos, cuando los terminaba, los quemaba por situaciones de confidencialidad; los últimos, los he acabado de quemar, puesto que a nadie le interesa la vida ajena del prójimo; bueno pero si aparece de pronto, algún buscón respetable tratando de hurgar en nuestra propia vida, lo mejor es dejarlo, es mejor no decirle nada ni engañarle o ocultarle ciertas verdades vitales, está en su derecho de tantear en la vida de uno. Total, ese es su oficio al fin y al cabo, la de ser un buscador).
Julio, 6.00 pm.

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Fragmento de: "Los días van y vienen". 1era Edic. Lima, 2015
De. Víctor Abraham
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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

Una movilización sin sustento: el objetivo, aglutinar a la manada; la gran mentira, la democracia

La consciencia de un valor cualquiera sea este da la libertad al individuo, le confiere responsabilidad, acción y fe en el futuro. Los hij...