sábado, 8 de septiembre de 2012

Daniel P. Mannix y su interpretación de una sola vida, la animal.


“Ninguno de los dos tenía un enemigo tan poderoso como el hombre.”
EL ZORRO Y EL SABUESO. Daniel P. Mannix. 

Portada del libro original Traducido. FUENTE: INTERNET

El zorro hizo un último esfuerzo por trepar al tronco y volvió a desplomarse. Esta vez quedó inmóvil. Copper avanzó tambaleándose, cayó, se levantó, y consiguió llegar hasta el zorro. Zarandeó débilmente el cuerpo de su víctima y luego se desplomó sobre el cadáver. (...) A fuerza de cuidados, el amo consiguió devolverle poco a poco la salud . Habían desollado al zorro, y la piel estaba allí colgada, sujeta a un tensador como en los viejos tiempos.
(...)

Sin embargo Copper no tardó en advertir un nuevo cambio. Cada vez iba menos gente. La cabaña se venía abajo y el amo se tornaba de día en día más taciturno y bebía más que nunca. Ahora sacaba raras veces a Copper de pase, y el viejo animal solía pasar el tiempo tumbado en un montón de sacos, frustrado y perplejo (...). Un día volvió el sujeto de la voz desagradable, aquél del edificio sombrío donde no dejaban entrar a los perros. También esta vez lo acompañaban hombres que olían a cueros. Venían con ellos otras personas conocidas, los mismos tipos que le habían prodigado palmadas cuando el amo y él dieron caza al último zorro. Ahora sus voces sonaban indignadas; señalaban airados la vieja cabaña (...).

Oyó un ruido que no había oído nunca en su vida : el amo lloraba. Se había sentado en el borde de la cama , sollozando; las lágrimas fluían entre sus dedos. Copper se abrió paso entre la gente y lamió, anhelante, las manos del amo, ofreciendo su ayuda. El amo le frotó la cabeza cariñosamente, como en los viejos tiempos, y Copper tembló de alegría .

El amo se acercó a la pared, cogió la escopeta y la cargó. Copper se puso a ladrar y a hacer cabriolas de felicidad. ¿Volvían a salir de caza y el amo lo llevaba con él? Sí; el amo lo llamó y, pasando entre la gente salieron.

El amo lo llevó a poca distancia de la cabaña, se sentó junto a él y empezó a acariciarle la cabeza. Copper le lamió la cara y gimió. Habían matado al zorro grande, el que durante años se les había escapado.

(...)

El amo lo hizo tenderse; luego le tapo los ojos con una mano. Copper estaba tumbado, lleno de confianza. El amo sabía lo que hacía. ¿Recordaba lo bien que lo habían pasado juntos y aquélla última partida de caza que había durado un día, una noche y parte de orto día? Desde luego que sí. Copper lamió por última vez la mano del amo. No le importaba lo que sucediera con tal de no verse nunca separado de él , porque habían matado al zorro grande, y en aquella tierra desgraciada y corrompida ya no había sitio para zorros, perros ni seres humanos.

De: EL ZORRO Y EL SABUESO (1967)

***

La historia:

La fiera rivalidad entre el zorro y el perro es tan antigua como los vastos campos y bosques donde se desarrolla. Desde que nacen, uno y otro poseen instintos y recursos que serán decisivos en la confrontación final por la supervivencia. Pero lo cierto es que pocas veces estos rivales tienen conocimiento directo de la bondad ni de la crueldad del hombre.

Durante el primer año de su vida, Tod, el zorro, fue criado por un granjero. Mientras el hombre lo alimentaba y jugaba con él, el corazón del pequeño zorro seguía siendo salvaje, y finalmente pudo más el ansia de libertad. Copper, el perro, mostró durante toda su vida devoción sin igual por su dueño y por la caza.

La historia de lucha entre Tod y Copper, larga y ancha de astucia, pone de manifiesto un extraordinario conocimiento acerca del mundo de estos dos animales. Ambos animales se presentan como inteligentes, si bien no en el grado de los seres humanos. La novela hace hincapié en que ambos son criaturas que dependen del olfato, sobre todo Copper, tanto como los seres humanos dependen de la visión.

La novela termina con la muerte de los dos personajes principales. La piel de Tod es clavada en la pared por el dueño de Copper, y el cazador le practica la eutanasia a Cooper con el rifle.

Conmovedora, aunque desprovista de sentimentalismo, está llena de una profunda nostalgia por la desaparición del mundo que habitan tanto el zorro como el perro porque el hombre, el primer amigo, es el enemigo final.
Nadie que ame los animales o a la Naturaleza podrá evitar que este magnífico libro le emocione profundamente.

Referencias:
De: Biblioteca de selecciones. Volumen III, 1969


Sobre la novela y su adaptación al cine:

El Zorro y el Sabueso (Inglés: The Fox and the Hound) es una novela de 1967 escrita por Daniel P. Mannix e ilustrada por John Schoenherr. Narra la vida de Tod, un zorro rojo criado por un ser humano en su primer año de vida, y Copper, un medio Perro de San Huberto, propiedad de un cazador local, conocido como el Maestro. Después de que Tod causara la muerte del perro favorito del hombre, el hombre y el perro sobreviviente persiguen al zorro para cazarlo, contra los contextos duales de un mundo humano cambiante y de una vida normal de Tod en la búsqueda de alimento y en la búsqueda de un compañero además de la defensa de su territorio. 

La novela ganó el Dutton Animal Book Award en 1967, que dio lugar a su publicación el 11 de septiembre de ese año por E.P. Dutton. Fue en 1967 cuando fue seleccionado como el libro del club de Reader's Digest y además selecciónado ganador del Premio Literario Ateneo.

Fue bien recibido por las críticas, que elogió a detalle el estilo de escritura de Mannix. Walt Disney Productions adquirió los derechos cinematográficos de la novela, cuando ganó el premio Dutton, aunque no comenzó la adaptación para la producción sino hasta 1977. Muy modificada a partir del material de origen, The Fox and the Hound de Disney fue estrenada en los cines el 10 de julio de 1981 y se convirtió en un éxito de taquilla.

Portada del libro, versión película  Walt Disney Productions.

https://www.youtube.com/watch?v=B6gPOn-E6Ho

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Sobre los caminos de la verdad.

Lo importante es saber dónde está la verdad
y repetirlo y repetirlo cada día
a los mismos amigos en el mismo café.

Julio Cortázar

Sabemos por historia general que los modos de producción variaron a partir de la ya harta conocida revolución industrial - máquinas que superaron el trabajo artesanal y manual-, hecho aparecido entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del siglo XIX ,y que cambió sin duda el nuevo panorama de las relaciones entre los individuos, los flujos de poder, las relaciones humanas, la economía, pero sobre todo los estilos de vida de los individuos. Precisamente esta nueva etapa abrió nuevos horizontes al progreso industrial que con los años terminaría afianzando la tecnología y la comunicación. Ha habido notables avances después de todo, muchos aplaudibles y otros no tan aplaudibles. 

Estos significativos avances del industrialismo dio pie a un nuevo modelo que todos hoy conocemos como capitalismo. El capital, obra humana de la necesidad por mejorar materialmente, y vaya que esta necesidad ha quedado más que satisfecha. Con este término aparecieron otros como por ejemplo: empresa, plusvalía, excedente económico, fábrica, libertad económica, usufructo, propiedad privada, libre mercado, renta, división del trabajo, producción, competencia, en fin tantos variados vocablos que omito, ya que mi intención de escribir esta apreciación va más allá de hacer una mera lista con datos y definiciones. 

Hemos visto a lo largo de la historia que la concentración del capital condujo a la formación de empresas gigantescas administradas por burocracias jerárquicamente organizadas donde cada individuo era una pieza, una pieza enorme y vital  dentro de una máquina de producción organizada, que habría de funcionar con suavidad y sin  interrupción. Aquí el individuo comenzó a ser manipulado y llevado a una esfera de consumo cada vez más grande (en la cual éste supone que expresa libremente sus  preferencias), del mismo modo comenzó a ser dirigido y manipulado. ¿El alivio?  Ah, sí la remuneración, eso está bien. ¿Pero, qué hacer con la remuneración? Devolverla al movimiento cíclico del capital, para esto habría que seguir promoviendo más y más campañas de consumo. Y sea cual sea la forma de consumo la sugestión comenzó a funcionar con dos propósitos:

a) Aumentar constantemente  el apetito - hasta cierto punto desmedido-, hacia nuevas adquisiciones cada vez más publicitadas, sofisticadas y novedosas - no discuto el valor que proveen a la superación y mejoría material, si escindo lo necesariamente importante y útil de lo secundario y superficial.

b) Dirigir esos apetitos por los conductos más provechosos: la comodidad relativa y la aceptación colectiva a través de la masificación de modelos estandarizados que no existen más allá de la fantasía del que vende.


Así entonces el individuo pasó a ser el eterno consumidor cuyo único deseo explícito, no lo sé si también implícito (eso lo sabe cada uno) era consumir, consumir más y "mejores" cosas. Lactar cosas ya no necesarias, sino innecesarias. Empezó a crecer la ambición desmedida por mostrarse superior al otro por el sólo simple hecho de poseer. 



Ha pasado mucho desde entonces, pero cosa contradictoria, esto se ha agudizado más allá al punto de afectar no sólo los desniveles de vida, sino también las relaciones humanas afectivas. Nuestro sistema económico está  empeñado en crear esos hombres y esas mujeres adecuadas a los requerimientos y necesidades, que como ya dije no sólo son del individuo mismo y los de su familia, sino de terceros: los beneficiarios directos, los organizadores y promotores de esta fiesta en la que sólo gozan unos cuántos. Hoy el estudio de la macroeconomía está empeñado en mostrar cifras exorbitantes que determinen aceptación internacional, al margen de la aceptación popular interna - me refiero a los pobladores de a pie como usted y como yo apreciado lector-. Hoy se requiere poner en evidencia  seres que quieran consumir más, se ha de crear hombres con gustos uniformes, hombres que puedan ser influidos fácilmente y de cuyas necesidades puedan preverse.


Es obvio que hoy nuestro sistema necesita de hombres que se sientan libres e independientes, pero sin embargo hagan lo que se espera de ellos, lo que se les encomienden, que hagan lo necesariamente "justo y correcto" para la empresa, hombres que encajen en el mecanismo social sin fricción, que puedan ser guiados sin recurrir a la fuerza, hombres conducidos sin líderes y dirigidos sin otro objetivo que el de "hacer todo bien para encajar bien". 


Aquí la autoridad jamás desaparece, jamás se debilita, sino que se vuelve tácita y anónima y opera bajo el mecanismo único de persuasión y sugestión.

En otras palabras, para ser adaptable, el individuo de este tiempo, y me parece que de todos los tiempos – aunque hoy es más preocupante-,  se ve obligado a alimentar la ilusión de que todo se hace con su consentimiento, aún cuando ese consentimiento se le extraiga mediante una manipulación sutil. Ese consentimiento es obtenido a espaldas de su consciencia.

¿Esto debe ser llamado tiranía? ¿Hay víctimas? ¿Estamos caminando mal? ¿Cuál debe ser entonces nuestro propósito como individuos dentro de una sociedad que se degrada lentamente a merced del libre consumo, el confort superfluo y la insensibilidad? Son pocos hoy los padres con el valor y la independencia suficiente para preocuparse más por la felicidad de sus hijos mque por su “éxito” social, esto lo menciono por puro  deseo de ejemplificar este caos que no creo que sea nada aliviante.

Albert Camus por ejemplo, hacía referencia que estamos obligados a mantener firmes nuestra negativa a mentir respecto de lo que se sabe, a  no mentir  y a hacer resistencia a la tiranía. Del mismo modo hablaba de ponernos siempre que podamos  al servicio no de quienes hicieran la historia, sino  al servicio de quienes la sufrían, y pienso ahora  que allí está el mayor reto que nos toca afrontar a cada uno de nosotros estemos donde nos encontramos. Total, debe ser éste nuestro compromiso diario: un compromiso de servicio a la verdad y a la libertad. 


Pero, me pregunto, ¿cuál es esa verdad? ¿Dónde está esa verdad de la que hacen referencia Cortázar y Camus? Acaso sea el mostrarse por fin como uno realmente es?, o el hacer por fin lo que uno tanto ha anhelado y disfrutarlo?, y si la verdad que tanto buscamos está cerca de nosotros, a nuestro lado manifestada en la persona que queremos o en la familia con la que compartimos o en esos amigos que están allí para ayudarnos? Conjeturas, muchas conjeturas, conjeturas mías al fin y al cabo, pero de algo estoy seguro, que hay una gran verdad, sí la hay,  y ésta es precisamente el hecho que somos seres humanos, y son los valores- esos códigos de verdad absolutos asimilados en nuestra primera formación de casa-, los que nos dan casualmente esa categoría misma de seres "humanos" y por los cuales debemos seguir apostando continuamente.

Del mismo modo pienso que hoy y más que nunca es necesario creer mucho en la bondad de las personas, creer en la educación como única fuente de desarrollo y creer en la intensidad de las emociones como fuente de humanidad y consciencia social.

Finalmente no importa si los caminos que tomamos para llegar a una verdad sean distintos, no importa eso, de verdad no importa, lo que sí importa es llegar a esa verdad, la misma que tanto defendía en vida Julio Cortázar, llegar a esa verdad, percibirla por uno mismo y repetirla cada día con la misma fe, pero no sólo a los mismos amigos y en mismo café como él mismo refería, no, no sólo a ellos, sino -pienso-, que esa verdad debería ser repetida a la mayor cantidad de sensibilidades posibles. Esto es al fin y al cabo lo más importante!



Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 26 de agosto de 2012

La escuela de Buenos Aires.

A Daniel Velásquez Padilla, y a los grandes amigos y amigas encinistas,
a quienes me une una gran fraternidad bonaerense.


No era exactamente así hace veinte años, pero sin duda debo tanto o tal vez más que eso a este lugar, a sus maestros y a su paciencia, y a los amigos que hice allí y que acompañaron mi niñez, algunos de los cuales aún puedo ver cuando regreso a Buenos Aires, ese pequeño y significativo poblado ubicado en algún punto del norte del Perú, origen de mi origen, raíz de mis raíces. A veces pienso que la niñez es esa ávida etapa en que el ser humano empieza a balbucear sus primeros intentos de interpretación y reconocimiento del mundo, que más adelante la madurez  cimentará. Sí, esa misma niñez que sólo es capaz de ser moldeada por las primeras vivencias diarias al interior  una escuela primaria. Lo que viene en adelante sólo es complementario, cognitivo, instructivo, de forma más que de fondo y de formación. Son las primeras vivencias y las primeras manifestaciones tempranas las que marcan la vida de un individuo. Ahora entiendo a Freud, a Piaget, a Ausubel, a Bandura, a Rogers, a Maslow y a tantos otros interpretadores de la mente infante que leí en mis épocas universitarias.

Como ya dije, debo tanto a esta escuela estatal que lleva el número 81025 - lo recuerdo por las interminables veces que la solía poner a inicios de cada año en las etiquetas de los cuadernos, mi padre los forraba-, pero sobre todo que lleva el nombre de un gran maestro y ensayista del Perú profundo, José Antonio Encinas. Tal vez, haya sido casualidad o no, ese hecho mismo de empezar mi vida escolar allí. Es curioso que por cosas del destino fortuito sin buscarlo y también sin saberlo muchos años después seguiría el camino de este insigne peruano y uniría mi futura vida a estas dos nobles tareas: la de maestro y de escritor. Jamás iba a imaginarme, que veinte años después me dejaría arrastrar por este tentador laberinto de pensar y de escribir, de escudriñar en la mente entre presentes, pasados y futuros con el único fin de sacar de estos mundos internos acepciones e interpretaciones, personajes con sus extrañas, absurdas y hasta desquiciadas vidas ajenas, emociones conmovedoras y conspiraciones rebeldes, en fin tantas resultantes que sólo nos ofrece el inimaginable orbe de la creatividad.

En el recuerdo de esta escuela 81025 José Antonio Encinas, han quedado atrapadas mentalmente las primeras experiencias que palpé de primera mano, el primer 20 en matemática - cosa curiosa que haya sido el primer examen de mi vida por sumas y restas-, las historias primeras que leí, los cuentos, las leyendas, la gran historia aún inverosímil para mí sobre la fundación del Imperio Inca- una gran historia de formación cultural de un pueblo que subsistió por casi trescientos años y que hoy a pesar del tiempo sigue siendo un orgullo para todos los peruanos-. Han quedado allí en este lugar, los primeros aprendizajes cívicos y formativos de respetar a mis mayores, y ser agradecido con todos, las primeras clases de Historia con sus héroes, sus próceres y sus precursores, pero también con esas masas deseosas de libertad e independencia. Han quedado retratadas las primeras clases de Ciencias naturales en las que aprendí con dificultad la variada taxonomía de la vida y su origen, apuntes que no comprendía aún, pero entendería a la perfección con los años, las primeras oraciones y el primer acercamiento a un  Dios que si bien no veía, me decían que se sentía. Las primeras clases de un lenguaje y ese interminable y delicioso mundo de las palabras que se convertirían con los años en las mayores armas para afrontar mi existencia vital. Recuerdo mis primeras aproximaciones a la gramática, a la sintaxis y a la ortografía y caligrafía, los dictados diarios y las competencias de concursos que se celebraban en octubre cada año. En fin tantas cosas que hoy han dado consistencia a mi presente vida.

No puedo terminar esta crónica sin dar gracias, sin dar esas totales e infinitas gracias a mis primeros maestros, a esos maestros encinistas quienes dejaron todo para hacer de nuestra generación hombres de bien, y de quienes bebí particularmente esos primeros conocimientos que se fueron perfeccionando luego. Gracias a ese buen maestro Hely León Navarretty, que me tuvo en su aula de clase durante seis años invariables, y a quién debo el mayor milagro intelectual que haya recibido en la vida: el hecho mismo de sumar, restar, leer y escribir. Gracias a los cuarenta y dos alumnos de esa promoción de primaria "María Reiche"del año 93´, de quienes aprendí el valor de la amistad y los juegos. Gracias a todos ellos de la manera más amplia y a tantas innumerables gentes que pasaron por mi niñez, las  mismas que siempre aparecen intempestivamente en la memoria a la hora de retratar los primeros cimientos. Recuerdo todo, absolutamente todo en mi memoria. Creo ahora más convencido que hay muchas personas que nos marcan, que marcan nuestra vida y más aún si ésta está unida a nuestros primeros años. Son nuestros primeros años los más trascendentes, y mientras más jóvenes seamos el impacto es mayor. Son estos los aprendizajes más significativos. Lo que viene luego, como ya lo he dicho es complementario.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 20 de agosto de 2012

"Berenice" y "El corazón delator": Dos filos de la interpretación psicológica del terror

BERENICE

(...)

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

(...)


El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé quetous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad quetoutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

FIN




***

EL CORAZÓN DELATOR

(..)

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

(...)

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

(...)

FIN

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 12 de agosto de 2012

Tauromaquia: ¿Arte y belleza..., por dónde?

"Ninguno de los dos tenían un enemigo tan poderoso como el hombre".  Estas palabras que Daniel P. Mannix colocara en su libro: "El zorro y el sabueso" (1967), cobran importancia, no porque se trate de zorros ni de sabuesos, que dicho sea de paso también merecen un comentario aparte, sino por esta  "barbarie" de matar animales so pretexto de inspiración, diversión y tradición. "Barbarie", así sarcásticamente expresada entre comillas como objeto de mofa e ironía a los propósitos nobles que se persiguen día a día en las calles, en las comunidades reflexivas y en las redes sociales con el fin de rechazar todo intento de abuso animal. 

Esta mañana, el diario La República ha publicado en sus páginas una columna titulada "La "barbarie" taurina", donde el Sr. Mario Vargas Llosa expone entre otras ideas las siguientes. Observemos:

"(...)Pero prefiero el toreo profundo, el que el que nos hace presentir eso que Víctor Hugo llamaba “la boca de la sombra”, el pozo negro que nos espera a todos y a cuyas orillas algunos creadores de excepción –poetas, músicos, cantantes, danzarines, toreros, pintores, escultores, novelistas- se acercan a veces para producir una belleza impregnada de misterio, que nos desvela una verdad recóndita sobre lo que somos, sobre lo hermosa y precaria que es la existencia, sobre lo que hay de exaltante y trágico en la condición humana(...)En los toros hay una violencia que para muchas personas, como Sánchez Ferlosio, es intolerable, algo absolutamente digno de respeto. Sería un atropello brutal que alguien quisiera obligarlo a nadie asistir a un espectáculo que malentiende y abomina. Es menos digno de respeto, en cambio, que él y quienes quisieran acabar con los toros, traten de privarnos de la fiesta a los que la amamos: un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Y tampoco es respetable la caricatura de la corrida como una expresión de machismo y chulería(...) Pero, tal vez, para entender cabalmente estos ensayos hay que amar los toros y no odiarlos, pues el odio obnubila la razón y estraga la sensibilidad. Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran. Pero no ocurrirá, no todavía por lo menos, no mientras haya corridas que, como esa semiclandestina de Marbella de la tarde del 5 de agosto, nos hagan vibrar de emoción y gratitud ante un espectáculo de tanta perfección, y nos den tanta voluntad y razones para seguir defendiéndolas contra la prohibición, la última ofensiva autoritaria, disfrazada, como es habitual, de progresismo.Marbella, agosto de 2012"

De lo expuesto con anterioridad, entiendo que la libertad -como lo ha precisado alguien esta tarde a través de las redes sociales-, implica que unos y otros defiendan sus puntos de vista que son terriblemente incómodos para otros, como en este caso. Pienso que eso no está en juego, es más efectivamente la libertad implica el respeto para estos puntos de vista, sin embargo no se puede ser ajeno, ni esquivo a la hora de hacer un alto para también reflexionar y denunciar, si actos de insana fe llevan esas palabras, sin importar que el error venga de tal o cual personaje importante; en el fondo hay una sólo esencia y característica, y esta es precisamente nuestra condición humana. 
 
El hecho de que muchas personas, artistas o no, necesiten acercarse a este vil acto para percibir el misterio de la belleza o en todo caso producirla a través de su arte es cuestión de ellos mismos, pero no debería ser compartido, menos expuesto, ya que es contradictorio que el misterio de la belleza y  la precariedad de la existencia como se sostiene en este artículo, sea reflejada necesariamente en el sufrimiento trágico de la condición no humana, sino animal, porque el individuo es en esencia también un ser animal de escala evolutiva más lograda.

¡Esto es cierto!Pienso que si tenemos de nuestro lado la palabra es casualmente para orientar y promover actos de humanidad y buenas prácticas, más aún si tenemos una legión de ciudadanos tras nosotros que esperan  un buen consejo o una buena orientación. No escribimos para hacer de nuestro trabajo "un arte por el arte", sino para hacer de nuestro arte un acto de justicia y solidaridad frente a cualquier manifestación de vida

El respeto a la vida animal no debe ser conculcada(infringida) por ningún individuo, ya sea ordinario o extraordinario. Rechazo este acto.  Una corrida de toros, jamás ha sido, es ni será a mi juicio crítico y valorativo por crianza familiar un arte, mucho menos una forma de cultura. Es probable que so pretexto de tradición popular se la intente disfrazar, esto es ya inconcebible, entendible debido al bajo nivel de apreciación consciente que predomina en sus manifestantes, pero jamás compartible. Es tal vez por eso, que el mundo hoy esté pasando de la visión humanamente racional a la insensibilidad precaria de almas mezquinas. El señor NAUPARI dice: Usted, ha ido a alguna corrida? Sabe que la mayoría de éstas se celebran en provincias recónditas y profundas de nuestro país? Leyó Yawar Fiesta? Yo le respondo, que no es necesario apreciar muerte y violencia para darse cuenta de que en tal o cual lugar se promueve muerte y violencia. Las fiestas populares llevan en su expresión ritos, festividades como parte de su tradición pero nada más, no hay un trasfondo mayor, salvo la jocosidad y la diversión.

Considero errónea la apreciación del Sr. Vargas Llosa, al referirse como "fiesta" a una corrida de toros, mas aún tratar de comparar estas marchas antitaurinas o estos rechazos que muchas comunidades denuncian cada día con una censura de prensa, libros e ideas. Aquí no está en juego las ideas, sino los actos Sr. Vargas Llosa. Actos deplorables que sólo muestran el lado más sórdido y brutal que ha quedado como rezagos de la Roma Antigua. ¿Qué es esto, un circo donde decidimos que animal preparamos para la plaza, o tal vez que animal muere o que animal no muere?

Para concluir hay mucho de cierto en las palabras del Sr. Llosa, "el odio obnubila(ciega) la razón y estraga(daña) la sensibilidad", es verdad, pero debo admitir que no se puede hablar de odio en quienes intentan hacer lo correcto, y lo correcto es como diría César Vallejo, "la defensa de la vida".

Mis afectos y totales saludos a los cientos de jóvenes propulsores de las buenas consciencias  que cada día siguen firmes en su lucha por la defensa de los animales. Sigamos adelante, sin desmayar!

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. 
Víctor Abraham les saluda.

jueves, 9 de agosto de 2012

Colofón para un viejo. Fragmento para una novela.


La noche en que atravesé rápidamente la calle Washington. Todo era oscuridad. Un perro tan semejante a Laly estaba parado orinando (había levantado la patita haciendo un ángulo de 45o ). Lo miré. Pareció que el brillo de sus ojos dibujaba tanta ansiedad que me hizo sentir que estaba frente a un mísero ser. Pobre animal. Una mujer negra llevaba del brazo a su pequeña, tenía sobre la cabeza un cesto. Era curioso verla. Ambas parecían impolutas, a pesar de su precariedad y su pobre ropaje que llevaban. Yacía invierno, el viento gravitaba levemente en el espacio sideral. Oscuro, todo era oscuro. Oscuridad total.

En cuanto a mí, tenía una reunión, iba algo apurado. Era algo más que la hora indicada. Llegaría tarde. Una conversación de quince minutos me distrajo antes. Total, no era una urgencia tal para reprocharse. (Pienso, que el diálogo era más fructuoso que la reunión en sí misma, pero aún así se debía cumplir). Hasta llego a pensar que algunas veces estas circunstancias fortuitas siempre se entremezclan para hacernos más culpables. Como ya dije, diligentemente caminaba esa recta horizontal. La puerta del local estaba abierta. Un vigilante que me animó a firmar mi asistencia. Siempre hay que registrarse –dijo-, es por seguridad- volvió a añadir-. ¡Pobre tipo! Estos tipos y sus seguridades absurdas. Si tan sólo confiaran más en el alma del próximo, y dejarán de socavar la buena voluntad de los que nada tienen que ver con la maldad este mundo sería diferente. En fin, tuve que registrarme y firmar. Me puse de manifiesto con una rúbrica al pie de un tal González Browm,  abogado y poeta, de sesenta y cinco años, de teléfono 523-2425, natural de Lima. Mi firma me salió algo extraña. La “V”, la había curveado más de la cuenta y el trazo horizontal sobre el que descansa el resto de mi nombre salió no tan firme, digo esto porque cuando suelo estampar mi rúbrica, basta que salga la inicial de mi primer nombre mal para que lo demás también salga mal. Por eso siempre soy muy cuidadoso en este detalle. Alguien dijo una vez que la firma dice mucho de la persona.

(...)

Poemas cortos, poemas largos. Críticas agrias, críticas insulsas. Declamaciones apuradas, declamaciones apáticas. Aplausos, silencios. Así transcurrió la reunión. Las luces algo tenues en su coloración eran las únicas impávidas, los demás ya estaban comenzando a intranquilizarse. El último versador fue el más prometedor, a pesar de sus escasos dieciocho años traía en sus palabras algo más que experiencia teórica y juego de lenguajes difusos, traía vida. Una vida que sólo puede ser percibida cuando se la vive. Adolescente delgado y de complexión normal, salvo su voz algo gangosa, pero cosa extraña propicia para lo que interpretaba. Fue lo mejor de la noche. Sus ojos dejaban ver por momentos esa naturaleza ensimismada y algo imprevista de su personalidad. Es curioso que siempre se diga: “los ojos son el reflejo del alma”. Bueno, debo admitir que esa alma que le acompañaba encandiló y dejó a los espectadores satisfechos. Creo que salvó la noche.

Al finalizar la reunión me dirigí a la puerta de salida. El vigilante estaba allí parado en el mismo sitio donde le había dejado hace un par de horas. Me alcanzó el bueno de Charles, conversamos brevemente. Charles es uno de esos poetas en que las imprecaciones  existenciales siempre saltan a la luz a la hora de escribir poemas.Él es un gran amigo mío, algunas veces algo urente y discrepante, pero es mi amigo. Me agradeció el haber asistido. Cuando salíamos me presentó a algunos amigos suyos, también poetas como él. Me hicieron algunas preguntas algo incómodas, las mismas que fueron respondidas por palabras también incómodas. Creo que entendieron porque ya no dijeron nada, salvo cambiar de tema y empezar a hablar del Gobierno. (Es raro, pero presiento, que de un tiempo acá, todos desean conducir los destinos de la patria. Es más, se ha hecho costumbre últimamente hablar del Gobierno.)

Finalmente llegamos a la esquina de la cuadra próxima del recinto donde habíamos estado hasta hacía pocos instantes. Charl, que así lo llamaba desde algunos años. Sí, ese mismo hombre tan impoluto como sereno, me hizo retroceder unos pasos y me dijo en voz baja: “Vamos a ir al Fabla. Si quieres…”  “No, vayan ustedes”, dije asintiendo levemente con la cabeza. (Nunca me ha llamado la atención ir a un bar a embriagarme como un idiota, salvo la única vez que estuve con Zuzanne, pero eso fue diferente, más que placer por perder el tiempo, fue placer por ganar el tiempo. ¡Oh, Zuzanne ¿Dónde estás? Te necesito tanto!)


Me despedí cortésmente. Di la vuelta y viré en sentido contrario perdiéndome entre una de las calles adyacentes. Allí se quedaron, yo avancé más, tal vez porque no quería que quedase de mí ni las espaldas. Caminé por largo rato en rededor de una manzana. Pensé, pensé en Zuzanne. (...) Ella no es la clásica mujer que un hombre de mi edad buscaría para entablar un consentimiento de felicidad, sin embargo me bastaba su sola presencia para sentirme vivo, al margen de las estúpidas creencias de consentimientos de felicidad que los demás trataban de hacerme entender. Esa jovencita, indudablemente era mi felicidad, y punto.

Caminé por largo rato. Llegué al final a la Av. España. Un pesado bus transitaba lentamente dejando escapar una pesada y abundante nebulosa de humo. La gente transitaba. No había muchas personas. El tránsito era moderado. En la esquina me detuve para comprar un café caliente y un par de panes. (Era ya lo único que quedaba a esa hora) Tenía un hambre devorador. En eso, vi a un hombre mayor. Instantáneamente me llamó la atención. Creí ver reflejado por un instante a mi padre en ese menesteroso hombre. Sí, eso era, un indigente. Tanto o más  indigente que los otros. Esos otros que suele mostrar la noche cuando todos duermen en sus aposentos abrigados y cómodos, o simplemente están ya arrecostados en cama  rezando plegarias a Dios.

(...)

Eran las doce y quince. Era extraño verle limpiar solícitamente los vehículos estacionados. Todo en él era viejo. Su apariencia era vieja. Tenía entre sus dientes, dos de ellos picados por alguna despiadada caries. Irradiaba tanta desidia de su interior que no significaba más que la desconsolación del mundanal cerebro que podría guardar ese roído cráneo. A primera vista parecía estar compuesto por muchas experiencias, muchas vidas, muchas desidias. Su vida descomunal  llevada a cuestas por muchos años de vacío y abandono no era necesaria ser revelada por él mismo, el solo verle allí, ya era mucha apreciación de tal conjetura. Su improbable felicidad, más probable agonía  figurada, era capaz de reflejarse en esa desproporcionada sonrisa que le acompañaba (por supuesto que ésta era fingida) Todo era sombrío en él.

¿Sería alguien capaz de sonreír si viviera a diario en esa indolente deshumanidad? Tener que detenerse a pensar. Pensar, si quedarse sin esas dos monedas menos o satisfacer la hambrienta nocturnidad del viejo. Al diantre, con esos deseos valerosos de bondad que sólo quedan en eso: en valerosos deseos. Al diantre, los versos humanistas que escuché esa noche en el cenáculo, muy admirables por cierto, pero pensé que si no iban acompañados de acción, quedarían en eso: sólo en admirables. (...) 


(A veces, me pregunto cómo es que hay tantos hombres, mujeres y niños vendiendo objetos usados hasta altas horas de la noche, limpiando autos en la pista  o simplemente  pidiendo pan con mantequilla o bebidas tomadas a la mitad. Es un absurdo. Es una barbaridad, pero lo que más me cuesta aceptar es que haya una gran legión de pobres desparramados por el mundo frente a otra gran legión de ricos escondidos por temor a todo el mundo)

“Venga”, dije. Saqué un par de monedas, se lo di al vendedor de café. “Venga”, volví a decir. El viejo me miró desconcertado. Su sonrisa fingida era la misma. Me sonrió. Se acercó lentamente. El café estaba humeando. “Eh, gracias”, dijo. “No, no hay nada que agradecer”, exclamé secamente. Me invitó a acompañarlo. Nos sentamos al pie del pórtico de una casona antigua. Conversamos. Me preguntó que quién era yo. Me preguntó que de dónde era. Me preguntó que a qué me dedicaba. “Soy un hombre -dije-, que vio el reflejo de otro hombre en usted. No soy de acá, no creo ser de ninguna parte. Soy profesor, aunque más diría un aprendiz de escritor.” “Genial, es usted un poeta”, me dijo. “No” “He dicho que soy profesor y un aprendiz de escritor”, afirmé sonriendo. El viejo añadió: “Se equivoca, es usted un poeta porque va vestido de poeta, responde como poeta y se conmueve como poeta”. Me habló que él alguna vez tuvo un sueño y ese, era ser poeta. Me habló sobre Pasternak y las poesías -hecho que me llamó la atención-, que leyó cuando era joven. Me habló de sus viajes y los lugares exóticos que conoció, pero que nadie creía. Me habló de su mujer que murió tempranamente ni bien se casó. Me habló de su hijo que también falleció y era poeta, se suicidó. Me habló de su enfermedad y de su locura ocasional que le asediaba, la misma que lo redujo a convertirse en el ser que yo veía esa noche. Me citó uno de los versos de Patsternak, su poeta favorito “Aprende a caminar primero, luego correrás”, dijo alegando a mi joven vida de escritor.

No sé cuánto fue el tiempo que demorarnos en sorber el café. Creo que ya lo habíamos terminado. Fue una agradable conversación después de todo. Este hombre roído por el tiempo era un ser especial bajo esas foscas apariencias. Noté que las mangas de su chompa estaban hechas hilos. Su voz, aunque por momentos inentendible dejaba ver un expreso deseo de ser escuchado. Dijo, “Muchos hombres han olvidado la esencia de lo que significa la vida, por andar corriendo tras las cosas superfluas.” “Imagina –expresó de nuevo, esta vez más convencido-, que "ésto" que hoy todos critican, y qué bien lo hacen, al final sea el hacer verdadero, y por ende luz para tanta soledad arisca que existe. Imagina, que todo esto, que los demás sienten como inadecuado, absurdo sea totalmente cierto.” Sonrió, pero esta vez su sonrisa ya no parecía fingida, había otro matiz en ella, un matiz de vitalidad y esperanza. Yo lo escuchaba atentamente, no decía nada, pero podía entender claramente sus palabras.

(...)

Hablamos de muchas cosas, y aprendimos otras. Era algo esperanzador ver aún esperanzas en un desmadejado. Comprendí entonces que el hombre no es más rico por lo que tiene, sino por lo que es. Fue una noche de estrellas, una noche de tibio frío. Una noche, al fin y al cabo, donde la complicidad de la madrugada era tan compatible con nuestros propios deseos.

Fue septiembre, en Lima, en madrugada, a un costado de la Av. España. Ese hombre, no era un hombre cualquiera. Creo que ese hombre era el alma de mi padre.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

Una movilización sin sustento: el objetivo, aglutinar a la manada; la gran mentira, la democracia

La consciencia de un valor cualquiera sea este da la libertad al individuo, le confiere responsabilidad, acción y fe en el futuro. Los hij...