No sé cuál de los dos escribe esta página.
De: "Borges y yo". en en libro de poemas: "El hacedor". Buenos Aires: Emecé, 1960.
Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.
Sé que en algún lugar de nuestra tierra, aquí o allá, existen muchachas talentosas y disímiles entre ellas mismas, muchachos curiosos y talentosos, mujeres y hombres afanosos de ser ellos mismos, madres y padres con sus niñas y niños, hermanas y hermanos con sus hermanas y con sus hermanos: todos unidos, conformamos esta generación que otros llaman Generación Desconocida. Víctor Abraham
Hoy, no tuve palabras para ti, nada, nada, absolutamente nada, y eso, y eso fue lo más extraño y raro, tan raro como el hecho de sentirme otra vez de pronto envuelto en esa ya conocida sensación de dilapidación involuntaria, sí, sí, esa misma que tanto detesto, pero que no puedo abandonar, y es que detesto, detesto todo, todo lo que pueda provenir de esa árida resignación mental de ver y dejar pasar, de mirar y conjeturar, de observar y otra vez de pensar. (Porque necesito pensar, pensar sobrecogido a mi propio silencio, sí, sí, a ese pobrecilllo y tontillo silencio que también detesto, pero en quien también hallo poderoso consuelo.) Salí, salí a caminar, a caminar otra vez, pero esta vez ya no por manía de hacerlo, sino por necesidad de encontrar amparo en la noche, amparo bajo la noche. Dos perros me miraron tristes, o al menos los noté tristes, tan tristes que pensé que dicha tristeza sólo podría provenir de un alguien, un alguien ajeno a estos pobres irracionales, y ese alguien tal vez sería mi propia consciencia, mi estúpida, irascible y nada servil consciencia. Los contuve, los contuve a mí por un momento, les di pan, y sentí, sentí la sensación que los tres nos abrazamos bajo una misma necesidad, afecto, nada más que eso, de ese claro y purísimo afecto. Uhm, lo que siguió en adelante, sombras, intervalos de lloviznas breves, gatos deambulantes por carriles y corredores, uno que otro mirón desafortunado, indigentes por allá, frazadas tendidas por acá, una madre cubriendo a una hija bajo un puente negro, tan negro como la consciencia del que miró conmigo estas espectrales figuras, figuras que sólo se dejan ver de noche, en noche, mientras todos duermen, duermen cansados de tanta rutina;
De pronto vino a mí una ligera percepción, que empezó cual espiral cuyo centro alojado en una parte remota de mi consciencia fue retumbando más y más, desbordando, sí, sí, desbordando más y más, hasta convertirse en un todo y gigantesco inmediato, y ésa - percepción extraña que no era la mejor- terminó dejándome vacío, totalmente vacío, un vacío tan similar a aquél que sólo está lleno de ese propio vacío inhumano. Y es que sucedía - y hasta me parece ya casi un hecho consumado a estas alturas de la lucha honesta- que muchas consciencias habían declinado a eso que otros defendimos por mucho tiempo como calidad humana. Pensé con estremecimiento frío e impasible en ese mismo momento, en esa misma calle, en esa misma puerta, en esa mismo instante de espacio -tiempo en el que me encontraba que la etapa de la descomposición social y moral estaba en camino sin marcha de retroceso.
Escuché a alguien quejarse - y pensar que hasta hace poco alguien había censurado la queja pero para tranquilidad mía la queja siempre estará a la orden del día, no por manía pura de pesimismo, sino por necesidad imperiosa de profundización-, quejarse de la formación profesoral, del nivel de educación, de la aculturación y de otras cosas más que dudé -por un momento- que mi condición también sea la de ser maestro. Indudablemente que la visión devastadora de la realidad sólo significaría a esas alturas del momento, una cosa, una única y necesaria cosa: la presencia de una devastadora crisis al interior del alma propia acompañada de una sensación ya más visible, una sensación aunque extraña pero cierta, una especie de descomposición racional y moral. La degradación humana había empezado a mostrar sus afilados zarpazos de una manera ya epidémica, era como una especie de pandemia generalizada, y para cuya solución - aún incierta- un medicamento o vacuna resultaba pobre, paupérrima, misérrima porque ésta, no era una pandemia de salud física, sino de salud del espíritu y de la consciencia. Esa mañana me di cuenta que el proceso de degradación estaba en marcha, y lo peor era que unos pocos empezaban ya a darse cuenta de esta presencia invisible, pero el poder del ego propio era más fuerte que preferían callar y dejarse llevar. "No nades contra la corriente", se empezaba a escuchar al interior de estos pequeños colectivos humanos. Debí reconocer y aceptar esa mañana que los que empezábamos esta lucha éramos pocos, y probablemente muchos podríamos quedar en el camino con el transcurrir del tiempo que tal vez duraría un poco más de treinta años, y sin embargo era necesario empezarla, alguien debería empezarla con la esperanza de recibir más solicitudes de adherentes en el camino. La lucha estaba echada, y las únicas armas serían en adelante: el valor coherente y firme, el accionar ejemplar, y la determinación del pensamiento, fuera de esto ya todo sonaba a estremecimiento de moratoria psicosocial afincada de pronto en cada alma humana porque esa "peste" de Camus había regresado, pero esta vez era más fuerte, más violenta, desoladora y destructiva, esa peste era ahora una pandemia de degradación humana.![]() |
| Foto tomada del portal: http://www.waydn.com/frases/10-frases-de-william-somerset-maugham/ |
![]() |
| Foto: Diario El Comercio |
Por otro lado, y sin apartarme del contenido central de este apunte perceptivo, hoy por la mañana me enteré que hubo una protesta en el centro de Lima, y me vi obligado a actuar con cierto espíritu impasible frente a tantos reclamos insidiosos cuando me preguntaron, ¿qué opinaba al respecto? Frente a esto, dije lo que tenía que decir, no más ni menos que eso, y es que todo me parece a veces irónico, tan irónico como cegarse ante lo evidente, en fin. Pero lo más absurdo fue leer dos aspectos lamentables, pero del todo ciertas.
Usted, sí, sí, usted, es a usted a quien hablo, a usted que se ha atrevido a decirme que soy un tipo torpe, pero a la vez interesante; un honesto, pero también un pésimo desquiciado; un ingenuo útil imprescindible para sus propósitos (No me dijo esto, pero sus argucias tontas y enredos ocasionales al dirigirse a mí me lo hicieron notar). Le hablo a usted, sí, sí a usted mismo que me ha dicho que detrás de esa ingenuidad que más pareciera trabajada hay un ser informe, elemental, trabajable. (Me río de sus palabras, me río sarcásticamente, y no por lo que es usted, sino por la clase de hombre que quiere ser. Es que ahora tantos quieren ser quienes no son. Discúlpeme si pienso así.) Me habla a mí como si fuera el tipo más elemental que hubiera conocido - y no lo juzgo, total ya me lo lo hizo saber-, y sin embargo no, no soy nada de lo que usted piensa, lamento decirle que no lo soy, no soy eso, ni nada, sólo soy un producto social de un tiempo que no debió haber sido nunca el mío ni el vuestro, y sin embargo nos fue imperioso encontrarnos aquí, sí, aquí mismo en este meollo, usted, bajo su lineamiento miserable de orgullo, y yo por otro lado, bajo mi épico intento por vivir de la manera más simple, más apacible, más rutinaria y monótona, más endeble y caótica. Y es que los hombres no torpes, sino simples -y no hay que confundir simpleza con torpeza aquí-, somos así, así de desquiciados, de informes y naturales. Los hombres como yo, jamás alcanzamos éxitos más allá que de lo que el promedio mediocre exige, ¿y sabe a qué me refiero con esto de mediocridad, verdad? ¿Sabe usted lo que es la mediocridad verdad? dígame que lo sabe, dígamelo por favor, me urge que lo sepa. (Silencio). ¿Sabe usted que los tipos como yo estamos condenados - de manera que no considero injusta porque eso sonaría a queja, sino más bien circunstancial- a llevar como camisa de fuerza el cliché de mediocre precisamente y de modo paradójico por los propios y reales mediocres, pero, ¿sabe?, esto sinceramente me tiene sin cuidado, al menos al interior de mi consciencia todo me tiene sin cuidado; creo que los vientos de mi propia brújula aún soplan en la dirección correcta, y sólo es cuestión de paciencia, de mucha paciencia, trabajo diario, y de tiempo para dar en el clavo, jajajaj.
¿Sabe?, éste es nuestro tiempo, y no se me haga el difícil de entender, peor, ni siquiera intente justificarse, o justificar las cosas porque ellas son como son, aprendí de mi padre que no podíamos tapar el sol con un dedo cuando todo era evidente; pienso luego que sólo los imbéciles, o los cómodos, o los innecesarios moralmente, o los timoratos de consciencia, siguen tales procedimientos y lo que es peor: obran siguiendo tales procedimientos, en fin. Sí, tenga en cuenta que vivimos dentro de un tiempo donde se nos ha enseñado desde las escuelas y las propagandas televisivas a identificar al "emprendedor" y "exitoso" con una empresa- aunque fantasma legalmente, pero empresa al fin y al cabo-, con un fajo de dinero que hace posible el descalabro sexual y racional cada fin de semana, y con una capacidad de poder adquisicional bárbara que todo lo retiene, todo lo puede, todo lo compra- inclusive consciencias, nombres y famas-. Aplausos, aplausos respetables para este seudocrecimiento, y sin embargo pienso que no se nos ha enseñado que tras ese emprendedor hay un desfalco de desigualdad humanitaria, porque seamos claros y entendamos que ese crecimiento que usted halaga, se levanta sobre el excedente económico mal adquirido a partir del trabajo extra que no se paga, de esos contratos que se firman sin ser llenados o explicados, de esas cuentas que se blanquean, de esas buenas disposiciones de aquéllos que no son dueño de nada, salvo de su propio oficio o profesión que sin darse cuenta hay arrastrado su necesidad hasta la proletarización de sus propias bondades. Sí, sí, si esta es su categoría de exitoso, debo advertirle que no lo soy, y sin embargo tengo, tengo lo esencial para ser yo mismo, y eso, eso señor, es lo que me hace feliz, entera y existencialmente feliz.
Pienso que cada persona tiene la respuesta a su propia duda o la salida a esta misma por más indecisa que ésta sea o parezca, pero me parece patético y tonto el dar vueltas a un asunto que de antemano no se tiene intención de aclarar; es más escribí hace poco que cada persona era libre de tomar la decisión que creyera conveniente, cualquiera sea esta: sabia o absurda, inteligente o necia, pero sin embargo sí era obligación humana - y nuestra- tomar la mejor decisión que a consciencia propia sabemos que es la correcta, sí, sí, la obligación para tomar la mejor decisión, aquélla que no permitiera nunca dañar a otra persona ni así misma, Sr. Presidente Ollanta Humala, usted me ha decepcionado una vez más, no por la decisión tomada de no otorgar un indulto de gracia a un individuo al margen de quien sea, sino porque no ha sido capaz de enseñarnos a perdonar, sí, sí, exacto, exacto, su error ha sido no enseñarnos a perdonar ahora que nuestra sociedad más requiere de muestras de conciliación y de amor, sí, sí justo ahora cuando nuestra sociedad - y lo seguiré repitiendo las veces que sea necesaria- se devora a sí misma entre odios, insensibilidades y carencias afectivas. En fin... 
La consciencia de un valor cualquiera sea este da la libertad al individuo, le confiere responsabilidad, acción y fe en el futuro. Los hij...