domingo, 12 de agosto de 2012

Tauromaquia: ¿Arte y belleza..., por dónde?

"Ninguno de los dos tenían un enemigo tan poderoso como el hombre".  Estas palabras que Daniel P. Mannix colocara en su libro: "El zorro y el sabueso" (1967), cobran importancia, no porque se trate de zorros ni de sabuesos, que dicho sea de paso también merecen un comentario aparte, sino por esta  "barbarie" de matar animales so pretexto de inspiración, diversión y tradición. "Barbarie", así sarcásticamente expresada entre comillas como objeto de mofa e ironía a los propósitos nobles que se persiguen día a día en las calles, en las comunidades reflexivas y en las redes sociales con el fin de rechazar todo intento de abuso animal. 

Esta mañana, el diario La República ha publicado en sus páginas una columna titulada "La "barbarie" taurina", donde el Sr. Mario Vargas Llosa expone entre otras ideas las siguientes. Observemos:

"(...)Pero prefiero el toreo profundo, el que el que nos hace presentir eso que Víctor Hugo llamaba “la boca de la sombra”, el pozo negro que nos espera a todos y a cuyas orillas algunos creadores de excepción –poetas, músicos, cantantes, danzarines, toreros, pintores, escultores, novelistas- se acercan a veces para producir una belleza impregnada de misterio, que nos desvela una verdad recóndita sobre lo que somos, sobre lo hermosa y precaria que es la existencia, sobre lo que hay de exaltante y trágico en la condición humana(...)En los toros hay una violencia que para muchas personas, como Sánchez Ferlosio, es intolerable, algo absolutamente digno de respeto. Sería un atropello brutal que alguien quisiera obligarlo a nadie asistir a un espectáculo que malentiende y abomina. Es menos digno de respeto, en cambio, que él y quienes quisieran acabar con los toros, traten de privarnos de la fiesta a los que la amamos: un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Y tampoco es respetable la caricatura de la corrida como una expresión de machismo y chulería(...) Pero, tal vez, para entender cabalmente estos ensayos hay que amar los toros y no odiarlos, pues el odio obnubila la razón y estraga la sensibilidad. Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran. Pero no ocurrirá, no todavía por lo menos, no mientras haya corridas que, como esa semiclandestina de Marbella de la tarde del 5 de agosto, nos hagan vibrar de emoción y gratitud ante un espectáculo de tanta perfección, y nos den tanta voluntad y razones para seguir defendiéndolas contra la prohibición, la última ofensiva autoritaria, disfrazada, como es habitual, de progresismo.Marbella, agosto de 2012"

De lo expuesto con anterioridad, entiendo que la libertad -como lo ha precisado alguien esta tarde a través de las redes sociales-, implica que unos y otros defiendan sus puntos de vista que son terriblemente incómodos para otros, como en este caso. Pienso que eso no está en juego, es más efectivamente la libertad implica el respeto para estos puntos de vista, sin embargo no se puede ser ajeno, ni esquivo a la hora de hacer un alto para también reflexionar y denunciar, si actos de insana fe llevan esas palabras, sin importar que el error venga de tal o cual personaje importante; en el fondo hay una sólo esencia y característica, y esta es precisamente nuestra condición humana. 
 
El hecho de que muchas personas, artistas o no, necesiten acercarse a este vil acto para percibir el misterio de la belleza o en todo caso producirla a través de su arte es cuestión de ellos mismos, pero no debería ser compartido, menos expuesto, ya que es contradictorio que el misterio de la belleza y  la precariedad de la existencia como se sostiene en este artículo, sea reflejada necesariamente en el sufrimiento trágico de la condición no humana, sino animal, porque el individuo es en esencia también un ser animal de escala evolutiva más lograda.

¡Esto es cierto!Pienso que si tenemos de nuestro lado la palabra es casualmente para orientar y promover actos de humanidad y buenas prácticas, más aún si tenemos una legión de ciudadanos tras nosotros que esperan  un buen consejo o una buena orientación. No escribimos para hacer de nuestro trabajo "un arte por el arte", sino para hacer de nuestro arte un acto de justicia y solidaridad frente a cualquier manifestación de vida

El respeto a la vida animal no debe ser conculcada(infringida) por ningún individuo, ya sea ordinario o extraordinario. Rechazo este acto.  Una corrida de toros, jamás ha sido, es ni será a mi juicio crítico y valorativo por crianza familiar un arte, mucho menos una forma de cultura. Es probable que so pretexto de tradición popular se la intente disfrazar, esto es ya inconcebible, entendible debido al bajo nivel de apreciación consciente que predomina en sus manifestantes, pero jamás compartible. Es tal vez por eso, que el mundo hoy esté pasando de la visión humanamente racional a la insensibilidad precaria de almas mezquinas. El señor NAUPARI dice: Usted, ha ido a alguna corrida? Sabe que la mayoría de éstas se celebran en provincias recónditas y profundas de nuestro país? Leyó Yawar Fiesta? Yo le respondo, que no es necesario apreciar muerte y violencia para darse cuenta de que en tal o cual lugar se promueve muerte y violencia. Las fiestas populares llevan en su expresión ritos, festividades como parte de su tradición pero nada más, no hay un trasfondo mayor, salvo la jocosidad y la diversión.

Considero errónea la apreciación del Sr. Vargas Llosa, al referirse como "fiesta" a una corrida de toros, mas aún tratar de comparar estas marchas antitaurinas o estos rechazos que muchas comunidades denuncian cada día con una censura de prensa, libros e ideas. Aquí no está en juego las ideas, sino los actos Sr. Vargas Llosa. Actos deplorables que sólo muestran el lado más sórdido y brutal que ha quedado como rezagos de la Roma Antigua. ¿Qué es esto, un circo donde decidimos que animal preparamos para la plaza, o tal vez que animal muere o que animal no muere?

Para concluir hay mucho de cierto en las palabras del Sr. Llosa, "el odio obnubila(ciega) la razón y estraga(daña) la sensibilidad", es verdad, pero debo admitir que no se puede hablar de odio en quienes intentan hacer lo correcto, y lo correcto es como diría César Vallejo, "la defensa de la vida".

Mis afectos y totales saludos a los cientos de jóvenes propulsores de las buenas consciencias  que cada día siguen firmes en su lucha por la defensa de los animales. Sigamos adelante, sin desmayar!

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. 
Víctor Abraham les saluda.

jueves, 9 de agosto de 2012

Colofón para un viejo. Fragmento para una novela.


La noche en que atravesé rápidamente la calle Washington. Todo era oscuridad. Un perro tan semejante a Laly estaba parado orinando (había levantado la patita haciendo un ángulo de 45o ). Lo miré. Pareció que el brillo de sus ojos dibujaba tanta ansiedad que me hizo sentir que estaba frente a un mísero ser. Pobre animal. Una mujer negra llevaba del brazo a su pequeña, tenía sobre la cabeza un cesto. Era curioso verla. Ambas parecían impolutas, a pesar de su precariedad y su pobre ropaje que llevaban. Yacía invierno, el viento gravitaba levemente en el espacio sideral. Oscuro, todo era oscuro. Oscuridad total.

En cuanto a mí, tenía una reunión, iba algo apurado. Era algo más que la hora indicada. Llegaría tarde. Una conversación de quince minutos me distrajo antes. Total, no era una urgencia tal para reprocharse. (Pienso, que el diálogo era más fructuoso que la reunión en sí misma, pero aún así se debía cumplir). Hasta llego a pensar que algunas veces estas circunstancias fortuitas siempre se entremezclan para hacernos más culpables. Como ya dije, diligentemente caminaba esa recta horizontal. La puerta del local estaba abierta. Un vigilante que me animó a firmar mi asistencia. Siempre hay que registrarse –dijo-, es por seguridad- volvió a añadir-. ¡Pobre tipo! Estos tipos y sus seguridades absurdas. Si tan sólo confiaran más en el alma del próximo, y dejarán de socavar la buena voluntad de los que nada tienen que ver con la maldad este mundo sería diferente. En fin, tuve que registrarme y firmar. Me puse de manifiesto con una rúbrica al pie de un tal González Browm,  abogado y poeta, de sesenta y cinco años, de teléfono 523-2425, natural de Lima. Mi firma me salió algo extraña. La “V”, la había curveado más de la cuenta y el trazo horizontal sobre el que descansa el resto de mi nombre salió no tan firme, digo esto porque cuando suelo estampar mi rúbrica, basta que salga la inicial de mi primer nombre mal para que lo demás también salga mal. Por eso siempre soy muy cuidadoso en este detalle. Alguien dijo una vez que la firma dice mucho de la persona.

(...)

Poemas cortos, poemas largos. Críticas agrias, críticas insulsas. Declamaciones apuradas, declamaciones apáticas. Aplausos, silencios. Así transcurrió la reunión. Las luces algo tenues en su coloración eran las únicas impávidas, los demás ya estaban comenzando a intranquilizarse. El último versador fue el más prometedor, a pesar de sus escasos dieciocho años traía en sus palabras algo más que experiencia teórica y juego de lenguajes difusos, traía vida. Una vida que sólo puede ser percibida cuando se la vive. Adolescente delgado y de complexión normal, salvo su voz algo gangosa, pero cosa extraña propicia para lo que interpretaba. Fue lo mejor de la noche. Sus ojos dejaban ver por momentos esa naturaleza ensimismada y algo imprevista de su personalidad. Es curioso que siempre se diga: “los ojos son el reflejo del alma”. Bueno, debo admitir que esa alma que le acompañaba encandiló y dejó a los espectadores satisfechos. Creo que salvó la noche.

Al finalizar la reunión me dirigí a la puerta de salida. El vigilante estaba allí parado en el mismo sitio donde le había dejado hace un par de horas. Me alcanzó el bueno de Charles, conversamos brevemente. Charles es uno de esos poetas en que las imprecaciones  existenciales siempre saltan a la luz a la hora de escribir poemas.Él es un gran amigo mío, algunas veces algo urente y discrepante, pero es mi amigo. Me agradeció el haber asistido. Cuando salíamos me presentó a algunos amigos suyos, también poetas como él. Me hicieron algunas preguntas algo incómodas, las mismas que fueron respondidas por palabras también incómodas. Creo que entendieron porque ya no dijeron nada, salvo cambiar de tema y empezar a hablar del Gobierno. (Es raro, pero presiento, que de un tiempo acá, todos desean conducir los destinos de la patria. Es más, se ha hecho costumbre últimamente hablar del Gobierno.)

Finalmente llegamos a la esquina de la cuadra próxima del recinto donde habíamos estado hasta hacía pocos instantes. Charl, que así lo llamaba desde algunos años. Sí, ese mismo hombre tan impoluto como sereno, me hizo retroceder unos pasos y me dijo en voz baja: “Vamos a ir al Fabla. Si quieres…”  “No, vayan ustedes”, dije asintiendo levemente con la cabeza. (Nunca me ha llamado la atención ir a un bar a embriagarme como un idiota, salvo la única vez que estuve con Zuzanne, pero eso fue diferente, más que placer por perder el tiempo, fue placer por ganar el tiempo. ¡Oh, Zuzanne ¿Dónde estás? Te necesito tanto!)


Me despedí cortésmente. Di la vuelta y viré en sentido contrario perdiéndome entre una de las calles adyacentes. Allí se quedaron, yo avancé más, tal vez porque no quería que quedase de mí ni las espaldas. Caminé por largo rato en rededor de una manzana. Pensé, pensé en Zuzanne. (...) Ella no es la clásica mujer que un hombre de mi edad buscaría para entablar un consentimiento de felicidad, sin embargo me bastaba su sola presencia para sentirme vivo, al margen de las estúpidas creencias de consentimientos de felicidad que los demás trataban de hacerme entender. Esa jovencita, indudablemente era mi felicidad, y punto.

Caminé por largo rato. Llegué al final a la Av. España. Un pesado bus transitaba lentamente dejando escapar una pesada y abundante nebulosa de humo. La gente transitaba. No había muchas personas. El tránsito era moderado. En la esquina me detuve para comprar un café caliente y un par de panes. (Era ya lo único que quedaba a esa hora) Tenía un hambre devorador. En eso, vi a un hombre mayor. Instantáneamente me llamó la atención. Creí ver reflejado por un instante a mi padre en ese menesteroso hombre. Sí, eso era, un indigente. Tanto o más  indigente que los otros. Esos otros que suele mostrar la noche cuando todos duermen en sus aposentos abrigados y cómodos, o simplemente están ya arrecostados en cama  rezando plegarias a Dios.

(...)

Eran las doce y quince. Era extraño verle limpiar solícitamente los vehículos estacionados. Todo en él era viejo. Su apariencia era vieja. Tenía entre sus dientes, dos de ellos picados por alguna despiadada caries. Irradiaba tanta desidia de su interior que no significaba más que la desconsolación del mundanal cerebro que podría guardar ese roído cráneo. A primera vista parecía estar compuesto por muchas experiencias, muchas vidas, muchas desidias. Su vida descomunal  llevada a cuestas por muchos años de vacío y abandono no era necesaria ser revelada por él mismo, el solo verle allí, ya era mucha apreciación de tal conjetura. Su improbable felicidad, más probable agonía  figurada, era capaz de reflejarse en esa desproporcionada sonrisa que le acompañaba (por supuesto que ésta era fingida) Todo era sombrío en él.

¿Sería alguien capaz de sonreír si viviera a diario en esa indolente deshumanidad? Tener que detenerse a pensar. Pensar, si quedarse sin esas dos monedas menos o satisfacer la hambrienta nocturnidad del viejo. Al diantre, con esos deseos valerosos de bondad que sólo quedan en eso: en valerosos deseos. Al diantre, los versos humanistas que escuché esa noche en el cenáculo, muy admirables por cierto, pero pensé que si no iban acompañados de acción, quedarían en eso: sólo en admirables. (...) 


(A veces, me pregunto cómo es que hay tantos hombres, mujeres y niños vendiendo objetos usados hasta altas horas de la noche, limpiando autos en la pista  o simplemente  pidiendo pan con mantequilla o bebidas tomadas a la mitad. Es un absurdo. Es una barbaridad, pero lo que más me cuesta aceptar es que haya una gran legión de pobres desparramados por el mundo frente a otra gran legión de ricos escondidos por temor a todo el mundo)

“Venga”, dije. Saqué un par de monedas, se lo di al vendedor de café. “Venga”, volví a decir. El viejo me miró desconcertado. Su sonrisa fingida era la misma. Me sonrió. Se acercó lentamente. El café estaba humeando. “Eh, gracias”, dijo. “No, no hay nada que agradecer”, exclamé secamente. Me invitó a acompañarlo. Nos sentamos al pie del pórtico de una casona antigua. Conversamos. Me preguntó que quién era yo. Me preguntó que de dónde era. Me preguntó que a qué me dedicaba. “Soy un hombre -dije-, que vio el reflejo de otro hombre en usted. No soy de acá, no creo ser de ninguna parte. Soy profesor, aunque más diría un aprendiz de escritor.” “Genial, es usted un poeta”, me dijo. “No” “He dicho que soy profesor y un aprendiz de escritor”, afirmé sonriendo. El viejo añadió: “Se equivoca, es usted un poeta porque va vestido de poeta, responde como poeta y se conmueve como poeta”. Me habló que él alguna vez tuvo un sueño y ese, era ser poeta. Me habló sobre Pasternak y las poesías -hecho que me llamó la atención-, que leyó cuando era joven. Me habló de sus viajes y los lugares exóticos que conoció, pero que nadie creía. Me habló de su mujer que murió tempranamente ni bien se casó. Me habló de su hijo que también falleció y era poeta, se suicidó. Me habló de su enfermedad y de su locura ocasional que le asediaba, la misma que lo redujo a convertirse en el ser que yo veía esa noche. Me citó uno de los versos de Patsternak, su poeta favorito “Aprende a caminar primero, luego correrás”, dijo alegando a mi joven vida de escritor.

No sé cuánto fue el tiempo que demorarnos en sorber el café. Creo que ya lo habíamos terminado. Fue una agradable conversación después de todo. Este hombre roído por el tiempo era un ser especial bajo esas foscas apariencias. Noté que las mangas de su chompa estaban hechas hilos. Su voz, aunque por momentos inentendible dejaba ver un expreso deseo de ser escuchado. Dijo, “Muchos hombres han olvidado la esencia de lo que significa la vida, por andar corriendo tras las cosas superfluas.” “Imagina –expresó de nuevo, esta vez más convencido-, que "ésto" que hoy todos critican, y qué bien lo hacen, al final sea el hacer verdadero, y por ende luz para tanta soledad arisca que existe. Imagina, que todo esto, que los demás sienten como inadecuado, absurdo sea totalmente cierto.” Sonrió, pero esta vez su sonrisa ya no parecía fingida, había otro matiz en ella, un matiz de vitalidad y esperanza. Yo lo escuchaba atentamente, no decía nada, pero podía entender claramente sus palabras.

(...)

Hablamos de muchas cosas, y aprendimos otras. Era algo esperanzador ver aún esperanzas en un desmadejado. Comprendí entonces que el hombre no es más rico por lo que tiene, sino por lo que es. Fue una noche de estrellas, una noche de tibio frío. Una noche, al fin y al cabo, donde la complicidad de la madrugada era tan compatible con nuestros propios deseos.

Fue septiembre, en Lima, en madrugada, a un costado de la Av. España. Ese hombre, no era un hombre cualquiera. Creo que ese hombre era el alma de mi padre.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 6 de agosto de 2012

Samuel Beckett: Cuando el absurdo toma forma y apariencia en la obra de un hombre



"Por sus escritos, que, renovando las formas de la novela y el drama, adquiere su grandeza a partir de la miseria del hombre moderno»

Motivo del Premio. Diciembre de 1969. Estocolmo. Suecia.

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«Yo tenía escaso talento para la felicidad.»

"Comprendí que Joyce había llegado tan lejos como pudo en la dirección de un mayor conocimiento y del control de ese aluvión de material. Siempre estaba añadiendo cosas: no hay más que fijarse en las pruebas constantes que da de ello. Yo comprendí que mi camino, al contrario, era el empobrecimiento, la renuncia y emancipación del conocimiento; era restar más que sumar."

"El éxito o el fracaso popular nunca me han importado mucho, de hecho me encuentro mejor con el último ya que he respirado profundamente sus aires vivificantes toda mi vida de escritor, excepto en los dos últimos años." 

Autobiografía.

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«...veía claro, en fin, que la oscuridad que yo siempre había luchado encarnizadamente por ocultar era, en realidad, mi mayor...»

La última cinta de Krapp. 1958

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Pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto. El próximo mes, quizás. Será, pues, abril o mayo. Porque el año acaba de empezar, mil pequeños indicios me lo dicen. Tal vez me equivoque y deje atrás San Juan e incluso el 14 de julio, fiesta de la libertad. Qué digo, tal como me conozco, soy capaz de vivir hasta la Transfiguración o hasta la Asunción. Pero no creo, no creo equivocarme al decir que dichas fiestas, este año, se celebrarán sin mí.


Malone muere. 1951

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 Nada es más divertido que la desdicha, te lo aseguro... Te lo aseguro, es la cosa más cómica del mundo. Nos reímos, nos partimos de risa al principio. Pero siempre es la misma cosa. Sí, es como la divertida historia que hemos oído tan a menudo, la seguimos encontrando divertida, pero ya no podemos reír más.

Final de partida. 1957


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¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin preguntármelo. Decir yo. Sin pensarlo. Llamar a esto preguntas, hipótesis. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante. Puede que un día, venga el primer paso, simplemente haya permanecido, donde, en vez de salir, según una vieja costumbre, pasar días y noches lo más lejos posible de casa, lo que no era lejos. Esto pudo empezar así. No me haré más preguntas.

El innombrable. 1953


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...andando siempre... andando toda su vida... día tras día... unos pocos pasos y después se para... mira al vacío... después continúa... unos pocos pasos más... se para y mira al vacío... y así... a la deriva... día tras día... o aquella vez en que lloró... la única vez que pudo recordar... desde que era una niña... debió de llorar cuando niña... tal vez no... no es esencial para vivir... sólo el grito del nacer para ponerla en marcha...

No yo. 1972

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Si pesimismo es un juicio en el sentido de que el mal sobrepasa al bien, no se me puede acusar de pesimista, ya que no tengo ni deseos ni competencia para juzgar. Simplemente he encontrado más de lo uno que de lo otro.

Carta a Tom Bishop, 1978
 

Sobre el autor: 

Poeta, novelista y destacado dramaturgo del teatro del absurdo. De origen irlandés, en 1969 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Beckett nació el 13 de abril de 1906, en Foxrock, cerca de Dublín. Tras asistir a una escuela protestante de clase media en el norte de Irlanda, ingresó en el Trinity College de Dublín, donde obtuvo la licenciatura en lenguas romances en 1927 y el doctorado en 1931. Entretanto pasó dos años como profesor en París. Al mismo tiempo continuó estudiando al filósofo francés René Descartes y escribió su ensayo crítico Proust (1931), que sentaría las bases filosóficas de su vida y su obra. Fue entonces cuando conoció al novelista y poeta irlandés James Joyce. Entre 1932 y 1937 escribió y viajó sin descanso y desempeñó diversos trabajos para incrementar los ingresos de la pensión anual que le ofrecía su padre, cuya muerte en 1933 le supuso un duro golpe. En 1937 se estableció definitivamente en París, pero en 1942, tras adherirse a la Resistencia, tuvo que huir de la Gestapo, la policía secreta nazi. En el sur de Francia, libre de la ocupación alemana, Beckett escribió la novela Watt (que no se publicó hasta 1953). Al final de la guerra regresó a París, donde produjo cuatro grandes obras: su trilogía Molloy (1951), Malone muere (1951) y El innombrable (1953), novelas que el propio autor consideraba su mayor logro, y la obra de teatro Esperando a Godot (1952), su obra maestra en opinión de la mayoría de los críticos. Gran parte de su producción posterior a 1945 fue escrita en francés. Otras obras importantes, publicadas en inglés, son Final de partida (1958), La última cinta (1959), Días felices (1961), Acto sin palabras (1964), No yo (1973), That Time (1976) y Footfall (1976); los relatos Murphy 1938) y Cómo es (1964); y dos colecciones de Poemas (1930 y 1935). Una de sus últimas obras es Compañía (1980), donde resume su actitud de explorar lo inexplorable. Tanto en sus novelas como en sus obras, Beckett centró su atención en la angustia indisociable de la condición humana, que en última instancia redujo al yo solitario o a la nada. Asimismo experimentó con el lenguaje hasta dejar tan sólo su esqueleto, lo que originó una prosa austera y disciplinada, sazonada de un humor corrosivo y alegrada con el uso de la jerga y la chanza. Su influencia en dramaturgos posteriores, sobre todo en aquellos que siguieron sus pasos en la tradición del absurdo, fue tan notable como el impacto de su prosa. 

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Opinión sobre el trabajo de Beckett

"Parte de la esencia de la visión de Beckett se encuentra aquí - en la diferencia entre un pesimismo fácilmente adquirido en que se apoya el contenido sin problemas con escepticismo y un pesimismo que es muy caro comprar y que penetra en la miseria absoluta de la humanidad. Él comienza y concluye con la idea de que nada es realmente valorable, éste se basa exactamente en el punto de vista opuesto. Por lo que lo que no sirve para nada no puede ser degradado. La percepción de la degradación humana - que hemos sido testigos, tal vez, en mayor medida que cualquier otra generación anterior - es posible si los valores humanos son negados. Pero la experiencia se vuelve aún más dolorosa cuando el reconocimiento de la dignidad humana se profundiza. Esta es la fuente de la limpieza interior, la fuerza de la vida, sin embargo, están presentes en el pesimismo de Beckett. Su obra alberga un amor a la humanidad que crece en la comprensión, ya que sondea más a las profundidades del horror, la desesperación que tiene que llegar a los límites extremos de sufrimiento para descubrir que la compasión no tiene límites. Desde esa posición, en los reinos de la aniquilación, se eleva la escritura de Samuel Beckett como un miseria de toda la humanidad, su tono menor ahogado es sonido de liberación a los oprimidos, y consuelo a los necesitados. 


Esto parece indicarse más claramente en las dos obras maestras, Esperando a Godot y Los días felices, cada uno de los cuales, en cierto modo, es un desarrollo de un texto bíblico. En el caso de Godot tenemos, "¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?" Los dos vagabundos se enfrentan a la falta de sentido de la existencia en su forma más brutal. Puede ser una figura humana, con leyes tan crueles como las de creación y la peculiar situación del hombre, que en la creación viene a ser la única criatura capaz de aplicar estas leyes con alguna mala intención deliberada. Pero si concebimos de una providencia ¿qué clase de poderosos son aquéllos que - como los vagabundos - se reunirán en alguna parte, algún día? ¿La respuesta? La respuesta está en el título de la obra. Al final de la actuación, no sabemos nada acerca de este Godot. En el telón final no tenemos indicio de la fuerza, cuyo progreso hemos presenciado. Pero sí sabemos una cosa, de que todo el horror de esta experiencia no nos puede privar, a saber, nuestra espera. Esta es la situación metafísica del hombre, sin saber su expectativa perpetua, capturada con verdadera sencillez poética: En attendant Godot, Esperando a Godot.


(De: Presentación del Discurso de Gierow Karl Ragnar, de la Academia Sueca. 1969)


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Enlace al cuento: De una obra abandonada. 







Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

jueves, 2 de agosto de 2012

Fragmento de: Confesiones de última hora.

Salir. Cerrar la puerta. Echar doble giración a la chapa con el fin de cerrojarla. Caminar el oscuro pasillo corto. Abrir la reja. Cerrar la reja. Echar por segunda vez llave a la segunda puerta persiguiendo el mismo fin de la primera. Cerrar la reja. Bajar las escaleras. Olvidarse de algo. Subir las escaleras. Toparse con la misma reja de hace unos instantes. (¡Diantre!). Introducir la llave y girar otra vez dos veces, pero esta vez en sentido contrario a la primera. Abrir la reja, y otra vez caminar el oscuro pasillo. Repetidamente, hacer lo mismo con la puerta del cuarto, sacar lo olvidado y seguir, esta vez sin retroceder no sin antes realizar los mismos procedimientos hasta salir del edificio.

...

Un cigarrillo en la boca. Acabo de alisar el cuello del abrigo que me acompaña. Once de la noche. Afuera hace sombra, hace luz amarilla. Hace breves insinuaciones de frío, insinuaciones -aunque híspidas-, confortables al mismo tiempo. Salir a caminar en la noche es lo mejor que puede hacer un aspirante a desquiciado. Necesito pensar… pensar que todo está como lo he dejado pensado hasta hace poco. He pensado tantas cosas en este pensamiento racional sólo por pura manía de entender lo inentendible. ¡Ah, claro está, tomando como lo inentendible: lo pasado, lo acontecido, lo terminado, lo elaborado, lo hecho. (Lo hecho, hecho está.)

(...)

Estoy hecho un loco, un desastroso loco arropado por remiendos que no puedo cambiar, no porque no tenga atuendos que ponerme encima, sino por el simple hecho de no querer. No querer hacerlo. ¿Será síntoma de rebeldía acaso? La verdad no lo sé, ni me importa ahora. El abrigo que me cubre tal vez sea lo único que salva esta imagen mía desgastada. Total siempre salgo en la noche, y cosa absolutamente verdadera y justa, aunque no parezca, bebo de sus oscuras insinuaciones: hálitos de reflexión y vida. (Necesito percibirlos para estar vivo).

A esa hora es poco difícil que se me reconozca, salvo los dos perros de la esquina del hospital por el que suelo pasar cuando regreso, ya entrada la madrugada, que me reconocen.  Ellos ya me conocen. Lo sé, por los jadeantes quejidos y movidas desmadejadas de rabo . Son los únicos que se apiadan de mí, o tal vez sean los únicos capaces de entender esta vida que llevo; pero no, no sólo son los perros, sino los otros, los otros que están regados por allí envueltos en mantas sucias y remendadas. Aún hay gente, mucha gente, no la inmensa masa estúpida de gente matutina que suele atiborrarse en los paraderos cuando se hace tarde, paradójicamente para llegar temprano a sus trabajos; o esa otra masa idiota que a las seis de la tarde produce congestión vehicular excesiva. No falta quien todavía haga un espectáculo histriónico y ridículo por pasarse una luz roja, pero aún los hay. Hay a esta hora de la noche aún muchos que esquivar, o no escuchar.

La gente me mira con desdén y aparenta no preocuparse. No. No les preocupo a ellos – a los transeúntes-,  ni  a nadie. Tampoco les preocupo  a esos que se dicen caritativos y piadosos, quienes salen de los templos adventistas con sus biblias riéndose estúpidamente ya entrada la noche ¡Ah, si tan sólo me permitiesen hacerles ver que soy su próximo más cercano a su piedad, pero   tampoco les preocupa sentir esto! Eso me alivia en parte. (Tengo una vecina en el edificio que vive contiguo a mí y siempre me está cargando con temas, esos de moralidad, la verdad que a veces me resulta desesperante, me lo dice con una certeza cabal única, como si su vida familiar fuera excepcional; no la juzgo, prefiero en todo caso no seguir hablando de ella. Si lo cito es sólo por un simple gesto referencial mío. Nada más.

Mi apariencia no preocupa en lo más mínimo a nadie, pero creo que no es así porque siempre hay miradas inapropiadas para mí que me juzgan. Muchos pueden juzgar lo que sus ojos pueden ver- total-, están en su derecho de hacerlo, son libres de hacerlo o de no hacerlo. Sin embargo, me da pena, una pena colmada que no todos puedan comprender. Sinceramente, que esta apreciación ajena a veces representa el vacío más absurdo que ninguna mente mortal pueda imaginar.

Necesito pensar desesperadamente que todo está bien, sin embargo veo que no es así,  que nada es así, ni resultará así, nunca, nunca resultará así, porque las respuestas que busco en mi mente no las hallo, como tampoco hallo la razón a tantos vacíos cerebrales. Estos sencillamente se forman como lagunas que me atormentan. A veces siento voces, muchas, indistintas voces. Voces que me hablan piadosamente como pidiéndome algo, otras veces como preguntándome sobre por qué amo a tal o cual mujer o sobre por qué me atormenta pensar que algún día podré con mi vida acabar. No me refiero a quitarme la vida exactamente, - o tal vez sin querer lo haga algún día que me llene de valentía- , sino a perder de una vez por todas este juicio razonable que me posee.


Siempre ando diciendo que sonrían, que sonrían mucho, sin embargo no sonrío como quisiera. Me atrae el cuerpo de una jovencita, lo sé, lo sé, tanto como sé que eso está mal, porque amo ya a otra jovencita. Pero los hechos atormentan esta miserable soledad que me consume, por lo que me veo obligado a vagabundear hasta casi entrada la mañana del día siguiente. Son muchas veces las que he amanecido en algún parque o banca, solo. Únicamente solo. Sentado a la mitad de una avenida. Sentado a la mitad de mi vida.

Cierta noche, un torpe muchacho se acercó a preguntarme a qué me dedicaba o cuál era mi trabajo, si duermo o cuántas horas duermo, porque siempre me solía ver por el mismo lugar, a la misma hora y con el mismo abrigo. -Lo lógico-, dijo- es que duerma algunas horas para que llegue bien a su trabajo, más tarde-. No dije nada. Sonreí tímidamente como lo hago siempre. (Tal vez él no lo sepa) Mi trabajo consiste en salir y caminar por las noches, percibir lo imperceptible y sentir con el corazón destrozado lo que en esencia toma forma y apariencia de experiencia.

***

Como te decía, había pasado toda esta noche inquiriendo en mi mente; no sé…, ideas y de pronto me terminó asaltando una de éstas, tal vez  la más insospechada y despavorida, lo sé. Sé que me vas a decir que eso está mal, que cómo puedo pensar así. Te entiendo y te quiero por preocuparte por mí. Gracias. Mil gracias. Sin embargo, debo confesarte que esta idea no es de ahora, sino que la pobrecita viene aguardando un turno por ser atendida desde hace algunos años atrás. Ha tocado la puerta de mi consciencia tantas veces y ha sido muy paciente y generosa conmigo, pero debo admitir que en estas últimas noches he sentido desfallecer en ella esa paciencia. Es mas, se ha vuelto de un tiempo acá más exigente y atrevida. Tanto así que ha terminado por asaltar impacientemente una y otra vez, una y otra vez  mi aburrida y estúpida paz hasta refregármelo una y otra vez en la cabeza. Ella es en sí misma una sola idea -idea muy distinta a la que pensarás, pero bueno allí está-, una  absurda idea de querer estar acá y otra de no querer estar  acá. Me dice que -¡qué hago acá!-. ¡Ah, si ella supiera, y me tuviera un poquito más de cariño como ese del que me das tú cada noche, tal vez entonces, y sólo entonces también me entendería!

***

Son ya casi las tres, y a las siete se supone que debo estar en el trabajo. Es algo absurdo, pero ya está. Estoy ahora escribiendo las últimas líneas de este diálogo, que más parecería un monólogo, pero allí están. Las acabas de leer. Espero que más tarde todo esté bien, que salga bien todo. Esperemos hacer las cosas bien más tarde, que pongamos en nuestras acciones actos de justicia y solidaridad para con los demás. Demos lo mejor de nosotros para que todo salga como lo  hayamos planificado. Debo admitir que mucho de razón tienes cuando me miras con esos grandes ojos tuyos y me dices: “evitemos las confrontaciones...”. A veces, siento que es mejor observar y escuchar antes que hablar y hacer sentir mal a otras personas. ¡Te amo!

“Hay tantas personas que nos paran observando”, me dices. (Lo sé). A veces yo también siento que las personas me observan y se fijan mucho en mí y en lo que hago, me incomoda a veces, debo reconocerlo, pero bueno no me queda de otra, sino ignorarlos. Hoy, hay que ser sumamente pacientes y prudentes para todo. Nadie debe darse cuenta. Nadie. ¿Me has escuchado?


Fragmento de: Confesiones de última hora.  Lima. 2012

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 30 de julio de 2012

Confesiones de madrugada.



After all it is written in the stars. (Lennon)

Tienes algo de razón, Peter Pan nunca creció, se resistió a crecer.

Indudablemente, que por la forma en que llevo mi vida, veo que jamás creceré. (Al, menos eso me dicen los amigos que rodean cada día mi existencia, pero bueno debo entenderlos también.) Pero te lo reafirmo una vez más, no porque sea un chiquillo de pensamiento y de acción que me encantaría, sino porque me resisto a creer en algo que no va acorde a mis propios códigos de verdad. Jamás debemos seguir acciones que no son compatibles con nosotros mismos. Total, no importa de que lado de la vida nos situemos, lo que sí importa es que desde allí aportemos a este gran cambio colectivo.

Esto, que te acabo de escribir,  al fin y al cabo me hace feliz. Me hace enteramente feliz ser como soy, ser como he querido ser siempre, y seguir siendo como debo seguir siendo: una persona que mantiene aún una rebeldía, una vitalidad; una persona empeñada en defender cada día sus ideas y sus creencias, a pesar de que a veces todo se ponga en contra - y debo confesarte que muchas veces también a mí, está realidad me resulta tan patética como escabrosa, pero como dicen todos: "este es el mundo que el mismo ser humano ha creado"-. 

Por eso, pienso que el simple hecho de darle cada día razones nuevas de humanidad y sensibilidad con nuestros actos a esta realidad que tanto confunde y tergiversa, es lo más admirable que se puede hacer. ¡Nosotros, los que aún buscamos algo coherente dentro de la vorágine incoherencia pragmática, no podemos ceder!, ¿me has entendido?, nunca deberemos ceder. A mayores frustaciones, el doble de ánimos superpuestos; a mayor indiferencia, mayor comprensión; a mayor apatía mayor hálito de vida; a mayor frialdad, mayor calor de humanidad.

A esto es lo que yo llamo siempre ¡Remar contra la corriente! (Tal vez, Peter Pan, también fue consciente de ello y, por eso su deseo de no renunciar jamás a lo que él creía como correcto, a sus propios códigos de verdad. El capitán Garfio sólo era un reto en su vida, mientras Wendy lo era todo, pero mientras al primero siempre le unía ese espíritu fantasioso y noble de contrariedad, de la segunda lo separaba ese espíritu de realidad. Ese fue el mayor dilema que tuvo que afrontar este pequeño personaje: por sentimiento, atreverse a vivir en la realidad, o por principio, quedarse en la Tierra de Nunca Jamás. En fin, cosas, interpretaciones mías) 

Muchas veces el mostrarse como sé es uno mismo cuesta -sí, sí, cuesta y mucho-, no porque tal vez no coincidamos con los demás, sino porque es la mayor muestra de honestidad que cualquier persona debe asumir en su vida a modo de un compromiso consigo mismo. ¿Después de todo de qué nos valdría ser lo que somos, si no logramos proyectar nuestra imagen real al mundo? Si no entendemos esta interrogante siempre viviremos sumidos en una falsedad de propia apariencia, y la no aceptación personal primero, y social luego. El mayor conocimiento se logra cuando uno es en el mejor de los casos uno mismo con sus cualidades y fallas. 

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 29 de julio de 2012

Eduardo Galeano: El delirio de un soñador


 "Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable".

Eduardo Galeano


 

(...) Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y 1976 las Naciones Unidas han proclamado extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. 

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos por un ratito? 

Al fin del milenio vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; 

en las calles, los automóviles serás aplastados por los perros; 

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor; 

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas; 

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar; 

se incorporará a los códigos penales el delito de la estupidez, que cometen quienes viven por tener que ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega; 
 
en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar; si no los que quieran cumplirlo; 

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas; 

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas; 

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos; 

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas; 

la solemnidad se dejará de creer una virtudes, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo; 

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero; 

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene; 

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, si no contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra; 

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos; 

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; 

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; 

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos; 

la educación no será el privilegio de quienes pueden pagarla y la policía no será la maldición de quienes no pueden comprarla; 

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda; 
 
una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú; 

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria; 

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo; la Iglesia también dictará otro mandamiento que se le había olvidado a Dios: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte"; 

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma; 

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados; 

porque ellos son los que desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar; 

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo; 

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

***

Sobre el autor:  


Eduardo  Galeano, nace en Montevideo el 3 de septiembre de 1940. En él conviven el periodismo, el ensayo y la narrativa, siendo ante todo un cronista de su tiempo, certero y valiente, que ha retratado con agudeza la sociedad contemporánea, penetrando en sus lacras y en sus fantasmas cotidianos. Lo periodístico vertebra su obra de manera prioritaria. De tal modo que no es posible escindir su labor literaria de su faceta como periodista comprometido.

La obra de Eduardo Galeano nos convoca a mirar qué pasado hemos levantado y qué futuro estamos dejando para nuestros descendientes. Establece un frente común contra la pobreza, la miseria moral y material, la hipocresía de un mundo que sigue abriendo cada vez más distancias entre los que tienen y los que no tienen. Lo demagógico puede ser un riesgo inevitable en este tipo de propuestas, pero Galeano la salva con un estilo conciso, brillante y, sobre todas las cosas, necesario. En Eduardo Galeano hay un compromiso constante con el ser humano y sobre todo una fidelidad a unas ideas que condenan el neoliberalismo y que siguen apostando por un socialismo real, no de andar por casa, y que de alguna forma recupere el pulso perdido, lejos del presente en el que el hombre es visto como una mercancía y en el que parece que no hay lugar para las utopías.
 

Eduardo Galeano reside desde 1985, -tras finalizar la dictadura uruguaya-, en su Montevideo natal donde sigue haciendo su literatura y su periodismo de marcado tinte político.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

Una movilización sin sustento: el objetivo, aglutinar a la manada; la gran mentira, la democracia

La consciencia de un valor cualquiera sea este da la libertad al individuo, le confiere responsabilidad, acción y fe en el futuro. Los hij...