domingo, 10 de marzo de 2013

Los latidos secretos del corazón


Decía en 1981 el escritor estadounidense Raymond Carver en su libro: "¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?", que a esa especie de amor físico, ese, definido por una sucesión de impulsos que hacen que una persona sea arrastrada hacia otra de una manera concreta y orgánica, se compensaba esa otra cara del amor- y pienso que tan importante como el primero-, ese, ese amor que inspira el ser de la otra persona, que inspira gratitud, generosidad recíproca y servicio.

Pienso que nos pasamos la vida tratando de encontrar a una persona tan similar a nosotros - al menos sino en forma, en fondo- que cuando la encontramos dudamos de que sea esa persona la indicada haciendo en nosotros -en nuestra razón- todo lo imposible para demostrarnos que no lo es, que no es esa persona la indicada o la esperada, cuando la realidad del conocimiento diario poco a poco termina evidenciando lo contrario hasta hacer renacer esa esperanzadora corazonada que durante años ha alimentado nuestra vida. Me pregunto, ¿quién es realmente el ser indicado para una persona?, seguro que ese ser indicado no existe, se va haciendo en el camino del afecto, al menos no en definición, de precisión, ni de exactitud. Nunca se está definido quien ha de llegar a nuestra vida de la forma más esperada. El amor es tan relativo como inesperado. A veces las situaciones más insospechadas, raras y extrañas terminan por sobrecoger a nuestras emociones envolviéndolas luego en explosiones impetuosas de deseo físico, carnal y orgánico, pero también en explosiones afectivas de cariño y de reciprocidad. Ambos tipos de sensaciones enriquecen el enamoramiento.

Si bien es cierto, el primer acercamiento - cosa invisible e variable del destino o no- nos deja dudas, desconciertos, pero también curiosidades y esperanzas. Esto, es sólo el inicio, porque lo demás viene luego, lo demás entendido como ese segundo paso a dar, el paso del descubrimiento, y finalmente el del conocimiento.

En una relación nada es perfecto. Hay alegrías muchas, como también desdichas, porque en realidad - y seamos justos en reconocer- todo es así de contradictorio, de irresoluto, y sin embargo al mismo tiempo hay fe, hay afecto, y hay renovación. Nadie es perfecto, ella no lo es, tampoco lo soy yo, lo sé, lo sé mucho, y sin embargo es necesario quererla, es necesario querernos a pesar de nuestros tantos desvaríos emocionales. Porque todas las personas - entendámoslo bien-, estamos hechas de desvaríos emocionales no cubiertos durante nuestras primeras experiencias de vida, siendo lo más triste el hecho de terminar negando esto a los ojos de los demás debido a nuestro miedo por mostrarnos vulnerables y desvalidos. Creemos tapar estos huecos y vacíos con momentos fugaces de mezquino confort, ya sea de orden sexual o de reconocimiento social, en fin. En realidad, pienso que todo esto no hace más que agravar el problema de lo que yo llamo la  no aceptación de nosotros mismos.

Por otro lado, desde adolescente siempre escuché decir que las personas dentro de una relación siempre buscaban la estabilidad, y estabilidad de todo tipo: mental, emocional, económica, qué sé yo. Pienso, ahora años más tarde, que la estabilidad es algo utópico de alcanzar, es más no existe estabilidad, ya que nuestras vidas dialécticas y de realización cambian continuamente en función de nuestra edad, nuestra posición social y nuestros intereses, no existe en realidad eso, sólo existen momentos de dar y recibir, de querer y de odiar, de acusar y de perdonar, de gritar y de callar, de gastar o no gastar, de hacer el amor en ornamentales habitaciones, o simplemente no hacer nada, de llorar y de reír, no más que eso, esa es la realidad, lo otro, ese deseo de estabilidad sólo es ficticio, ¡somos seres humanos por Dios!, y con nuestras falencias y aciertos debemos buscar más bien la comprensión y la aceptación real, es difícil, lo sé mejor que nadie, tanto como sé que también es necesario trabajarla. Es mejor hacer el esfuerzo mutuo por construir y cimentar, que hacer por separado la demostración de agrado por el otro.

Cuando conocí a Magaly Victoria, vi en ella algunos rasgos que tenían similitud con los míos. Eso, es lo que más me atrajo de ella, rasgos como la sencillez, el deseo mutuo de sentir regocijos y ternura el uno por el otro, esa gentileza y disposición  a los problemas de los demás, ese espíritu noble y soñador de afrontar las cosas del mundo. Yo no la conocía a ella, y sin embargo pienso que ella estuvo siempre allí. Me parece que siempre estuvo allí, y no lo digo sólo por esa tarde de primavera que fue el día del conocimiento mutuo, sino por todas esas tardes que me ha tocado estar junto a ella, lo digo, por esos momentos que hemos compartido desde entonces, no han sido muchos, pero creo que han sido los suficientes para ayudarme a entender todo esto que se llama amor afectivo o lo que yo llamo consentimientos de felicidad, en fin. La quiero, pero ante todo la amo. A veces creemos saberlo todo y sentirlo todo, y sin embargo no sabemos nada, ni sentimos nada más allá que no sea esta lógica tan significativa que implica el dar y recibir, pero sobre todo el dar. Al margen de lo demás estoy orgulloso de ella, no por lo que parezca a los ojos de un buen crítico, sino por lo que me ha demostrado ser. No necesito creerla perfecta, sí, en cambio necesito sentirla, sentir lo que piensa a través de sus alegrías.


A veces las cosas del amor son así, como diría Raymond Carver, en el amor no somos más que principiantes. Debe ser verdad, al menos eso creo, queremos ver de pronto las emociones del corazón del otro para estar seguros, pero seguros de qué, no, no hay nada que no sepamos por nuestros presentimientos de aceptación y gestos de aprobación, eso es suficiente. Creo que en estas cosas del amor, lo mejor es hacer más que decir, demostrar más suponer, dar más que recibir, perdonar más que ofender, entender más que juzgar, ayudar más que silenciar, en fin, porque jamás podríamos decir que amamos a alguien, o consideramos a alguien sino hay de por medio esa aceptación primero, y esa valoración después. Lo demás resulta innecesario. En este contexto tan actual que nos envuelve donde el afecto ha quedado supeditado a los llenados de vacíos pasajeros y las emociones han quedado subordinadas a los logros profesionales -en muchos casos desmedidos y cosificados-, se hace necesario la aceptación del otro, pero también el compromiso de fortalecimiento mutuo. Total, aquí las palabras sobrarían, si no hay acciones que den fortaleza a esos sentimientos, dejar lo tuyo y lo mío, por lo nuestro, creo al menos que es mejor eso: Lo nuestro.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 9 de marzo de 2013

Sobre los vacíos emocionales de los hombres

Foto tomada del portal: Picture Yourself.
No sabemos que mueve a las personas a actuar de una manera o de otra - al menos yo no lo sé, pero lo intuyo-. He hablado tanto de los vacíos emocionales hasta el cansancio, y sin embargo me parece poco, no porque no haya más interpretación tras esto, sino por la complejidad psicológica de las personas. Esa complejidad de caracterologías que Freud quiso atribuir a los vacíos sexuales insatisfechos con la primera infancia, me resulta hasta hoy casi incomprensible que esto pueda ser cierto, que para un menor el hecho mismo de no poder evacuar sus heces pueda hacerlo en el futuro un ser miserable y mezquino, o en cuyo egocentrismo de retención de las cosas y de las personas esté acompañado esa desquiciante forma de dependencia emocional futura. 

Por otro lado, Maslow refería luego que la no satisfacción de necesidades primeras - según su pirámide de requerimientos- podía ocasionar que los individuos tal vez jamás lleguen a su autorrealización humana, o al menos no salir de esta misma pirámide convencional tal vez nunca. Cosa macabra o no, pienso que si bien es cierto las primeras experiencias humanas determinan nuestra vida, y por ende nuestras jugadas y estrategias sobre este enorme tablero vital, sí puede ser posible - y hasta necesario- el acompañamiento de los otros, de los otros que conocemos luego y que tratamos como amigos o parejas, es difícil, superar esto- lo de las primeras experiencias, lo es, sin embargo no es imposible si tomamos en cuenta a estas personas valiosas que con el tiempo darán forma a nuestra vida, tal vez no una vida distinta ni mejor, pero si nueva y esperanzadora. Total, tanto los absurdos como las certezas de recuperación siempre están a la orden del día, de nuestra diaria vida. Sea o no prefiero quedarme con esta última esperanza que si nos ayudamos entre nosotros desde el punto que nos ubiquemos frente al otro podremos romper estos artificios penosos de infelicidad, y por tanto cubrir esos tan odiados emocionales vacíos. 

(De Víctor Abraham en Teoría de las emociones. Lima. 2013) 


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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 25 de febrero de 2013

Sobre las cosas de los hombres

Vemos ahora tantas cosas y sentimos a tantas personas a nuestro alrededor de todas las formas, de todos los colores y de infinidad de sugerentes presentaciones que francamente ya no se sabe si todo esto es verdadero o es apariencia - al menos yo no lo sé-, en fin. El detalle aquí no está en cómo se ven las cosas o como las personas se nos presentan, sino en cómo se las siente para nuestros adentros. Luego, hemos avanzado tanto en tecnologías, en modas, en comidas, en niveles profesionales, en stándares, acreditaciones e isos de calidad, y tal vez en reformas más abiertas, justas entre comillas y liberales, pero lo que me queda claro, es que hemos hemos olvidado hacer avanzar lo que realmente importa, el fortalecimiento de nuestras propias emociones y sensibilidades humanas.

El detalle aquí no está en si hablamos con las mejores palabras, o si escribimos libros o poemas llenos de símbolos, como tampoco está en si vestimos con los atuendos más extravagantes para impresionar o si tenemos los grados y títulos para poder hacer valer nuestra posición social, no, no está en eso, en nada de eso, ni siquiera en si somos dueños de algo, o somos dueños de nada, menos está en decir lo que hacemos, entiendo, entiendo todo esto, tal vez porque sea todo esto necesario al fin y al cabo para incrementar nuestros niveles de autoestima y alter ego que tan venido a menos está por estos tiempos debido a esos extraños vacíos emocionales que no queremos admitir negándonos a llenarlos. Como ya dije el detalle aquí, más que nada está en que los demás sepan quiénes somos realmente.


Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 16 de febrero de 2013

Palabras sin título

Dibujo tomada del portal: Cuaderno de los sueños,
sito en
(http://monica-dreamsbook.blogspot.com
/2007_11_01_archive.html)

Soy un obrero, siempre lo he sido y me siento orgulloso de haberlo sido. Soy un hombre que ha caminado mucho durante toda su vida, un solitario que apenas si llegué a hacer una familia corta, un buscador de respuestas que nunca han terminado de saciar su existencia. Un trazador de objetivos. Sin profesión alguna, eso sí, con muchas ocupaciones, un trabajador manual y mental por excelencia. Amante de los buenos libros y respetuoso de las creencias ajenas por más absurdas e inexplicables que hayan parecido. Me he desempeñado como hotelero, animador eventual de espectáculos muchos de los cuales fueron histriónicos y sin sentido, vendedor de objetos raros -pero necesarios-, trabajador de almacén, peluquero, cocinero, empaquetador, ayudante de bares y de restaurantes. Empecé una carrera que podía haberme significado éxitos, pero que quedó truncada por procesos judiciales que no quiero recordar ahora. Nunca viajé, y no conozco más allá que un par de ciudades, pero las suficientes para haberme enseñado a vivir. Con una culpa de consciencia que jamás olvidaré y que ha golpeado mis recuerdos siempre. Es curioso percatarse que cuando uno llega a ser viejo, sí, sí, mortalmente viejo, el pasado cobra mayor nitidez, y mientras más años lleve de vida este pasado, más nítido se vuelve, tal vez más nítido que el presente mismo, con confesar que ya hasta olvidé el color de vestido que mi hija llevaba ayer, o si al perro de la casa le dieron o no de comer, claro que es mi trabajo hacer recordar este acto cada día a los otros, pero la verdad es que a veces lo olvido. No es mi culpa, y sin embargo lo siento, lo siento mucho.

Entre mis gustos: leer la biblia, transcribir pensamientos célebres, ver películas mexicanas, coleccionar libros, ojear revistas, y extraer figuras recortadas de periódicos viejos como anuncios de matrimonios, recetas de cocina, mujeres atractivas y artistas de cine clásico. Soy un católico, eso lo supe desde que mi madre me llevaba a las misas dominicales cada fin de semana. Un trabajador rutinario comprometido con mis obligaciones, un silencioso huraño también, y un orgulloso eso sí, pienso que el orgullo es lo único que nos vuelve invulnerables ante cualquier situación hostil a nosotros dándonos valor para sobreponernos. Nunca me ha interesado saber lo que puedan pensar los demás sobre mí, no vivo de ellos. Aunque sí me es necesario saber que piensa mi familia de mí. Ella es mi única razón de vida. Por otro lado siempre he vivido en una casa grande sin arreglar, pues nunca me ha llamado la atención arreglarla a pesar de los continuos pedidos de mi esposa y de mis hijos, pero en fin quien toma las decisiones siempre he sido yo, y eso lo saben muy bien ellos. El próximo enero cumpliré los 70 años. Es curioso verme ahora ya encanecido y envejecido, sabía que algún día llegaría el día de confrontarme con mis propias arrugas, pero no esperaba que fuera tan pronto, sí justo ahora cuando uno recién comienza a hacer los descubrimientos más elementales e importantes de su vida, pero las cosas son así y hay que saber encarar al destino trágico y oscuro. Sólo los hombres valientes afrontan con el mayor aplomo el último tramo de su vida.

Recuerde, siempre he sido muy perceptivo, muy agudo en mi pensamiento, generoso, pero no tonto; escuché siempre voces estando despierto por las noches llegando al extremo de creer que a mí se me había revelado poder saber lo que pensaban las personas a través de sus muecas raras y grotescas, de intuir cosas y sensaciones que luego pasaron y que advertí en su momento. Soy alguien que si no habla, piensa; alguien que sabe lo que es usted ahora, ni más ni menos que esa apariencia que le acompaña, estoy hecho de ideas como usted está hecho de convenciones, suelo reír y entristecerme de vez en cuando- y usted, ha visto esas dos partes mías, por lo que me alegra-, suelo escribir sensaciones en hojas blancas, amarillas, de distintos tamaños y colores cuando no las puedo vivir, tal vez sea porque me he acostumbrado a ello. Sí, sí, soy ese alguien que quiere mucho y abraza cuando debe abrazar sin importarle lo demás, alguien que ejecuta ademanes más de la cuenta y que grita cuando está emocionado, alguien que sabe lo que es y lo quiere, aunque esto es lo único que le quede. Alguien, alguien, alguien que siempre tuvo esa sensación extraña de estar acá y  de no estar en ningún lado, alguien a quien ese sentimiento de pertenencia que invade a los hombres jamás ha importado, alguien que encontró en las palabras su medio de moverse y de realizarse. ¿Rebelde?, pues claro que fui un rebelde, toda mi vida fui rebelde, pero un rebelde honesto, un satírico de la vida, un interpretador y un buscador -por eso, siempre entendí a los buscadores-, ese soy yo; ah, olvidé decirle que también soy alguien que olvidó desayunar esta mañana y comprar el diario del día de hoy. En fin, no somos perfectos. 

Dibujo de Philip Roth por France Belleville en
http://ultimaspaginas.wordpress.com/page/3/
Debo reconocer que últimamente de pronto hay muchas lloviznas invernales y breves – caray, cómo ha cambiado el clima de un tiempo acá-, ahora hasta se pueden ver más seguido en el cielo tumultos de nubes borrascosas, hasta los meses me parecen últimamente más insensibles de lo que parecen. Supongo que en adelante condiciones climáticas como las de hoy marcarán el inicio retrospectivo de muchos otros amaneceres que el destino habrá de traer consigo a mi vida como vayan transcurriendo los días, claro está. Tal vez haya llegado el momento imperioso de empezar a escribir un diario monótono – es raro que me exprese así de este cuaderno, pero ya está, ya lo dije, y cuando digo o pienso algo jamás me retracto, menos lo borro- que reseñe las ansias, los recuerdos, los sucesos últimos, las necesidades, las alegrías y penas – si es que las hay aún-, las ocurrencias, y bueno todo lo demás que esta consciencia mía vieja y achacosa pueda ser capaz de percibir. Siempre he escrito diarios desde mi juventud no monótonos, sino divertidos, cuando los terminaba, los quemaba por situaciones de confidencialidad; los últimos, los he acabado de quemar, puesto que a nadie le interesa la vida ajena del prójimo; bueno pero si aparece algún buscón respetable de repente tratando de hurgar en nuestra propia vida, lo mejor es dejarlo, es mejor no decirle nada ni engañarle o ocultarle ciertas verdades vitales, está en su derecho de tantear en la vida de uno. Ese es su oficio al fin y al cabo, un buscador.

Sin embargo este diario por ser el último que escriba- y pienso llevar esta empresa escribidora hasta el final-, tal vez ya no pueda quemarlo, ojalá lo encuentre alguien que luego de leerlo decida hacer lo mismo que siempre hice: quemarlo. Hay cosas que es necesario queden en la absoluta reserva, pero como ya dije si resulta de pronto un buscón respetable lo mejor es dejarle seguir con sus indagaciones, quién sabe a qué conclusiones pueda llegar y servirle para sí mismo, en fin. Es curioso sentir de pronto la necesidad de escribir, de escribirlo todo, de contarlo todo, pero ya no por pura manía de ociosidad, sino por el repentino sentimiento de despedida, de despedida final.

3.00 pm. Mes de agosto. 

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Fragmento introductorio del libro que vengo escribiendo: "Cuaderno de la existencia", a publicar próximamente.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

martes, 12 de febrero de 2013

Entre lo ordinario y lo extraordinario

Pero los hombres somos así de ordinarios, qué hay entonces de extraordinario en nosotros si somos los mismos aunque nos neguemos a reconocernos como tan iguales a los otros hombres. ¿qué, qué como somos?, bien, reímos cuando hay que reír, jugamos cuando hay que jugar, rezamos cuando nos sentimos perdidos, ayudamos de pronto a alguien para sentirnos útiles, levantamos la mano y asentimos levemente la cabeza cuando hay que saludar, esquivamos la mirada cuando hay incomodidad, cocinamos, lloramos, nos abrazamos, guardamos silencios o perdonamos, en fin, muchas cosas. ¿Ves, has visto que somos ordinarios ahora? ¿Qué hay de extraordinario en nosotros? ¿Te has dado cuenta? Lo extraordinario implica más, cuesta más, lo extraordinario es hacer más, reír, pero más de la cuenta, jugar para no morir envejecido, rezar, rezar todos los días sin motivo aparente de hacerlo, ayudar, ayudar harto, ayudar demasiado no para sentir algo, sino porque queramos hacerlo, hacer de nuestro saludo diario un hábito repetitivo hasta hacerlo rutinario, nunca esquivar la mirada, cocinar pero más agradable y con sazón, llorar, llorar sinceramente, abrazar sin esperar a que haya que celebrar algo, no guardar silencios porque condena al interlocutor a una frustración desmedida, eso sí perdonar, perdonar abiertamente, perdonar aunque sea de boca, pero perdonar. Eso, eso es lo que hace a un hombre extraordinario. 

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 11 de febrero de 2013

En defensa del existencialismo

A Lucero y Lorena, 
muchas gracias.



Cierta tarde un par de jóvenes me preguntaron qué como era posible que en este tiempo exista aún alguien que se quisiera encasillar como existencialista. Sabemos, dijeron, que esta opción de vida sólo conduce a la frustración y a la no realización material ni espiritual de una persona alejándola por completo de la realidad inmediata que vivimos, es probable que también lo lleven al límite de su propia vida, al suicidio, ¿me ha entendido? (silencio) Escuché, escuché muy bien toda su conversación con el mayor respeto que se merecían, pensé en la respuesta. Ellas no merecían una respuesta a la ligera. Pensé, y dije, "Contrariamente, a lo que se cree y se tiene, el existencialismo, sólo sirve para llevar al hombre a bordear el límite de su propia vida, el único límite que separa la vida de la muerte, el mismo que separa la consciencia de la inconsciencia, y una vez traído aquí, para escudriñar en sí mismo las marañas mentales e interpretativas de lo que le rodea, de ese mundo absurdo e idiota en el cual está obligado a vivir- pero también obligado a entenderlo-, de esa incompatibilidad penosa que existen entre el "hacer" y el "decir", no se toma el existencialismo para tirarse al suicidio ni físico ni mental, sino para comprender los móviles más humanos, lamentablemente muchos resultados desagradables obedecen a tristes consecuencias experimentales surgidas en el camino, en fin. El existencialismo, no es una pose snobista, menos una suerte de martirio, sí en cambio, un legado que uno mismo recoje y hace suyo en el camino de su vida, el existencialismo, es una muestra clara que los hombres y las mujeres de hoy necesitan tener como mayor aliado a la fe, sí, sí, esa misma fe, no la institucionalmente cristiana, sino la humana, la verdadera y esperanzadora fe humana.


Foto tomada del dibujante Max Aguirre, cito su página
http://maxaguirre.blogspot.com/2009/12/
adn-cultura-la-nacion-esnobismo.html
La vía existencial más que una pose puramente snobista, es el mayor compromiso de vida que pueda asumir un escritor en su propia existencia, de allí que imperiosamente sus personajes, sus diálogos, o versos deban llevar mucho de sí mismo, o de los seres más afectos a él, no me refiero a los conocidos o a los desconocidos, sino a los significativos. El existencialismo es en sí mismo una esencia, una esencia pura que lleva y trae al hombre como un fuerte viento haciéndolo divagar sobre sus propias emociones e interpretaciones. No se estudia para tomar esta vía, se la profundiza en la propia vida cada día, aparece, resulta de la nada, se revela al propio sujeto, y es allí cuando el individuo recién comprende su propio hilo conductor, finalmente es así como el mismo hombre se convierte en experimento de sus propios ensayos, dramas, comedias, afectos y desafectos que confluyen en conclusiones nada desagradables, la cáscara pueda que lo sea, pero jamás el interior. El mundo es en sí mismo el mayor laboratorio para el hombre existencialista, el pensamiento y las emociones sus instrumentos, él mismo el experimento, y las múltiples operaciones sus vivencias - cabe resaltar acá que como toda operación siempre hay un riesgo, pero ese el precio-, en fin. Sin embargo los resultados son los más maravillosos, ellos hacen posible la comprensión del hombre por el hombre. En fin.

Es muy probable que los destinos de los hombres y de las mujeres -o lo que yo llamo su trascendencia humana-, sólo pueda ser revelada a través de los ojos del existencialismo. Por eso, lo más importante aquí es vivenciar, vivenciar mucho existencialmente, sentir, sentir mucho existencialmente, dialogar, mirar, escuchar, sonreir y entregarse a la posibilidad de percibir todo, todo lo que sea posible de percibir.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

viernes, 1 de febrero de 2013

A propósito de la sencillez

Foto tomada del portal:
http://www.fotosqueimportan.com/2011/05/sencillez.html
Aquí, lo desmedidamente material, lo rimbombante, lo enfermizamente decoroso sobran, el intelecto es lo más necesario porque hace que esa misma sencillez jamás se pierda. El intelecto imprime bondad a nuestra sencillez, complementa ese lado de las emociones tan desordenadas e impetuosas que rigen nuestra vida. El intelecto clarifica nuestra propia sencillez, de allí que el perfil moral sea mucho más superior que el perfil profesional en sí mismo. Sin embargo, la sencillez en sí misma es vacía cuando no hay desafíos: ni morales, ni intelectuales, ni procedimentales. La sencillez significa vivir lo más humanamente a lo que realmente somos, sin necesidades de apariencias. Las apariencias, no determinan nada, sólo obnubilan la realidad más de lo que realmente significa. 

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 26 de enero de 2013

Conocimiento del amor.

Yo no la conocía a ella, ella estaba allí. Me parece que siempre estuvo allí esperándome, no lo digo por esa tarde de primavera que fue el día del conocimiento mutuo, sino por todas las tardes que estuvo esperando al hombre verdadero. Salió a buscarlo muchas veces, anduvo sola, a veces acompañada, conoció a personas sin darse cuenta. Todas dejaron en ella huellas que quiso ver como positivas a pesar de las múltiples tempestades que trajeron consigo a su joven vida. Sus ilusiones afectivas aguardaban vívidas tras una puerta que se abría algunas horas y al promediar las diez se cerraban, eso no importaba, importaban más los bellos instantes que pudieran haberse suscitado una vez puesta en libertad. No la juzgo, la entiendo, la quiero, ella tuvo fe, mucha fe, jamás he visto y he sentido de cerca fe más inquebrantable que la suya. Estoy orgulloso de ella -no por lo que parezca a los ojos de un buen crítico, sino por lo que me ha demostrado ser-, es ella, nadie más. 


Ella es risueña, siempre está alegre, hay mucha decisión tras sus palabras, aunque ella tal vez no lo note, o no quiera reconocerlo, no porque no sepa, sino porque hay sencillez en su corazón, hay humildad tierna que siembra en ella un espíritu de servicio. Siempre he sido un hombre que ha llevado como principios: el estudio y la comprensión de las emociones humanas, el servicio y la sencillez de las personas. Principios, sin los cuales jamás mi teoría de la bondad regenerativa encontraría sustento. Ella me ha ayudado desde su aparición a dar forma a estas ideas sueltas, a estos papeles sueltos, a estas emociones contenidas y fallidas tantas veces, a estas verdades incomprendidas. Ella es en sí misma mi mayor colaboradora, mi compañera. Ella también cree que es posible que las personas en esencia sí sean buenas. A menudo dice, "no todas las personas expresan lo que sienten, y tal vez eso se deba a que no se les ha enseñado a confiar y a creer en los demás". Conjeturas que escucho y analizo. Analizo todo lo que pueda escuchar de ella, analizo lo que pueda sentir yo mismo en ella. 


Tantas veces anduve explorando las inmensas avenidas con sus nocturnos faroles y silenciosos sonidos, los verdes campos que olían a soledad, los callejones sin irrisoria significación para cualquier mortal, los reductos humanos olvidados, las calles anidadas de mariposas nocturnas sin sueldo y de viejos desdentados. Anduve espacios abiertos y cerrados, cenáculos repletos de críticos, poetas, profesores, religiosos, en fin. Anduve, cuerpos y talles que sobrecogí en momentos de orfandad maternal. Anduve cimientos que se levantaban una noche, pero al amanecer desfallecían. Anduve plazas, playas, dorados trigos. Anduve experiencias, consuelos y espacios alegres, pero también tristes que pedían a gritos reconciliaciones humanas. Anduve crisis, crisis no tan existenciales, otras demasiado existenciales, pero existenciales al fin al cabo. Anduve por escuelas en las que enseñé dejando amigos en el camino. Anduve ferias, mítines, olas violentas. Anduve tantas y tantas veces sobre recuerdos que ya nada tenían que hacer, pero sin embargo persistían en quedarse (Escuché, los escuché a todos, a todos esos recuerdos). Anduve sobre presentes y futuros de otras gentes que sin mezquinarme nada terminaron confiándome sus más anhelados sueños. Gracias. Mil gracias. Anduve tantas y tantas veces sobre mis propios pasos hasta que olvidé seguirlos, pero los pobrecillos me supieron esperar para indicarme mi camino, el camino verdadero. Fue entonces que ella apareció en ese camino verdadero para acompañarme diciéndome, "no estás solo". Apareció cuando penaba en la oscuridad más profunda de la tierra, a veces pienso que fueron esa misma tierra y la vida las que nos reunieron. 

(De: Conocimiento del amor. Lima. 2013)

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 14 de enero de 2013

Mario Aguilar Rodríguez

He escrito esta nota breve, que obedece a dar respuesta a muchas interrogantes que se han formulado en torno a mí, es normal que alguien se pregunte, del porqué un hombre toma la decisión de hacer suyo para nominarse un nombre distinto al que está impreso en la partida original de nacimiento. Escribí una vez para una crónica a propósito del Premio Nobel 2012 chino Mo yan, seudónimo de Guan Moye, que una decisión de "autodenominarse" de otra manera tiene como trasfondo un propósito que muchas veces guarda relación con sus escritos y su vida misma, y es verdad: la vida de un hombre toma muchos matices con el transcurrir del tiempo. Cambiamos para bien o para mal, aunque yo preferiría optar por la primera idea. Total como ya dije, el seudónimo no determina nada, el nombre tampoco; sí, los actos férreos y convicciones permanentes.  

Muchos me han preguntado si soy  Mario Aguilar Rodríguez, o Víctor Abraham, interrogantes por cierto un poco incómodas de responder. Qué importancia tiene esto a la hora de llamarme. Aquí, el detalle no es cómo llamar a la persona, sino con qué fin nombrarla. Aunque debo reconocer que es importante siempre esclarecer las cosas, sobre todo cuando uno ha llevado los primeros años de su vida enmarcados en un espacio nominativo. La explicación, tal vez esté en relación a un hombre que fue mi progenitor.

Foto extraída de: pureviejo.bandcamp.com  
Mi progenitor era un hombre de avanzada edad, recuerdo que cuando entré en uso de razón ya lo había conocido así, así, roído por el tiempo, yo aún era un chiquillo. Siempre he dicho que de no haber sido por este hombre jamás hubiera tenido esa formación compleja que años más tarde agudizaría mi capacidad intelectual aún más. Nunca lo vi satisfecho, era un inconformista, he escrito tanto sobre él que esta memoria no debe sonar a más que una simple anotación. Ese hombre llevaba dos nombres, Mario Vicente. A sus apellidos no doy mucha importancia, quizá no ahora en esta crónica, más adelante tal vez lo haga. A veces pareciera que los nombres son más importantes que los apellidos porque estos nos nominan y nos configuran a lo largo del tiempo, somos lo que somos por ellos. Los apellidos son los complementos.

Debo decir que mi padre fue hijo unigénito de un soldado en grado de Sargento, un tal Pedro Aguilar, a quien nunca conoció, ya que murió en una absurda guerra limítrofe. Digo absurda, porque una guerra nunca debe llegar a convertirse en eso precisamente, una guerra. Dónde queda el lado diplomático, en fin. (Esto no está en discusión ahora.) Su madre, María Lucía Rodríguez Zavaleta, una joven mujer que quedó huérfana de esposo a edad prematura atreviéndose a llevar sola por el resto de su vida una gran responsabilidad, la crianza de un hijo, también huérfano pero de padre.

Sí, Mario Aguilar Rodríguez era ese hombre reservado, lento y callado, dedicado toda una vida a los negocios y comercios, a las cosas ocultas, al trabajo absoluto. Creyente en un Dios que nunca abandonó. El día que se fue, llevó un rosario y una biblia en su pecho, esa fue su voluntad. Quienes vivimos con él jamás vimos feriados. Un hombre con una voluntad férrea al momento de defender sus ideas - un clásico soñador, diría yo-. Era un tipo marcado por la sencillez de una vida rutinaria, pero con un espíritu reflexivo y desprendido a la hora de mostrar su amor a los demás. Una persona preocupada por desarrollar su paz interior que no sé si la llegó alcanzar al final. Él, guardaba un respeto casi sagrado por la palabra escrita y sus creadores. Un amante de los buenos libros, las revistas y los diarios. Convencido siempre de que las personas en su esencia eran buenas, y que era obligación nuestra mostrarles el camino hacia esa bondad. Un  hombre que jamás se "rajó" como dirían las películas mexicanas que tanto le atraían, pues sí, era un admirador de la cultura mexicana, preocupado siempre por aprender más de ésta. Escribió cuanto pudo, en cuadernos que él mismo compraba y forraba, y estudió por su cuenta temas variados desde cocina manual hasta filosofía trascendental. Creo que siempre fue un niño grande, o al menos lo parecía por sus exabruptos cambios intempestivos de demostración de afecto. Un niño que jamás abandonó a su héroe Tarzán encarnado por el estadouniudense de origen austríaco Johnny Weissmuller. Un hombre casado con una mujer relativamente joven, a la que nunca dejó de amar por más extrañas y raras muestras de cariño. En fin.

Yo, sólo he seguido algunas de las directrices trazadas por él en mí, otras las he asimilado de otros lugares y experiencias. Siempre digo, que los primeros años determinan el desenlace de la vida futura, y que debemos a ellos, a nuestro primeros años, lo que somos en gran parte, tal vez no todo, pero sí, un gran porcentaje. Por que sin duda, como diría Ausubel esos son los aprendizajes significativos. Debo mi nombre, el de partida procesal, al deseo expreso de mi padre, al deseo vehemente de continuar su legado. Sin embargo, mi camino está lejos de ser un legado propiamente exclusivo de una persona.

Mis derroteros de vida son otros, como lo son mi carácter y mis experiencias. Mis convicciones y preocupaciones llevan - en parte- un sello paterno, sin embargo, otras como mi  fe y mis creencias son distintas. Debo a los sucesos, a los hábitos, a los deseos  y a las destrezas de mi vida mi propia denominación; debo mi nominación a dos aspectos circunstanciales que he sujetado desde niño a mi existencia, esas son : la victoria y el amor. Debo uno de mis nombres: Víctor, a la denominación latina "victoris", o "aquél que es vencedor" que apareció en una de las tantas citas que solía subrayar cuando era aún un adolescente universitario. (Años más tarde, en Lima la recordé y la recuperé.) Mientras el otro nombre, debe al grato recuerdo de uno de los cuentos del génesis que tanto me encandilaron en la infancia, sí, ese relato maravilloso del pacto entre Dios y el hombre que sería llamado luego, "padre de generaciones": Abraham.

Foto: Archivo personal.

Desde Lima del Perú.
Víctor Abraham

martes, 8 de enero de 2013

Ser un escritor.

Foto: Gabriel Faba
en Fronterad. Revista digital
Ser un escritor conlleva a muchas responsabilidades, entre ellas: a la defensa honesta de la propia decisión y la defensa de las libertades humanas. Un escritor está obligado a decir "no" cuando de ser preciso para allanar un camino se requiera un imperioso "no", pero también a avalar las buenas ideas - sin importar de donde provengan- que a juicio de él mismo crea conveniente. Aunque muchas veces se tenga la idea de remar en soledad contra la corriente. La inquebrantable fe en los principios diarios del vivir y las buenas prácticas en defensa del bien colectivo enriquecen y afirman su trabajo. Sin embargo, debo admitir que esas - las responsabilidades morales - precisamente no están catalogadas como normales en una sociedad como la nuestra, y de ser aceptadas sólo lo son de manera mediática o paliativa. No, esas formas de vida, son incomprensibles, raras, tediosas, hasta inverosímiles y vetadas. Optar por este estilo de vida sólo puede significar una cosa: una muerte social segura, pero eso no debe importar. Un escritor debe ser siempre un comprometido con el bienestar colectivo, con la sencillez, con el perdón y la regeneración anteponiendo ante todo su propio ego que nada tiene que ver en esta misión noble de decir siempre la verdad porque la verdad es belleza. He allí por eso mismo la importancia de llevar la pasión de la escritura con férrea vocación hasta convertirla en una profesión. Lo demás, es lo de menos. En suma, seguir el ejemplo y las directrices dejadas por los grandes hombres y mujeres de la palabra escrita, sí de esas hermosas convicciones que han alimentado el espíritu rebelde e insumiso de las colectividades que nos antecedieron. La labor de un escritor jamás termina, no tiene horario. Él está obligado a convertirse en un personaje de sus propias historias, emociones y pensamientos, todo sirve a su trabajo. Está obligado a llevar su propia vida a los fondos más oscuros de su propio "yo" y a las cúspides más elevadas de su espíritu, porque es allí donde todo cobra sentido de tiempo y espacio. El llanto, el dolor y el sufrimiento alimentan, pero el servicio, el amor y el afecto vivifican la esencia de su propio destino.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 5 de enero de 2013

La incongruencia de ser representantes de un pueblo y no estar a la altura de ello

Foto: Diario El Comercio.
En días previos a la navidad, un señor llamado Víctor Isla, parlamentario oficialista y presidente del congreso peruano, uno de los tres poderes básicos del Estado Peruano, un 19 de diciembre para ser más exacto, salió a la opinión pública y dijo a través del diario La República, en alusión a un incremento del bono congresal por representación que se empezará a cobrar desde este año, “Necesitamos que los congresistas lleguen a todos los sitios y esto se debe ver como una mejora en la representación y en la comunicación de las necesidades de los pueblos, lo que debe sentirse en normas que los beneficien y en una activa labor congresal de fiscalización". Luego añadió, “Estoy seguro de que no es una medida popular, pero consideramos, en aras de fortalecer la representación, que es una medida necesaria”.

Es probable que sea necesaria esta medida, eso no está en duda, señor Isla, lo que está mal, es que ese aumento sea de S/. 7617 a S/. 15234.  (más que el doble). Llegando así inclusive a convertirse en uno de los mayores parlamentos mejor pagados de Sudamérica. Lo que está mal, señor Isla, es que pretendan hacernos creer que cantidades como éstas, más bien diría yo, abusivas, sean parte de una medida necesaria. Usted sabe que no es así. En fin.


Foto: Virgilio Grajeda (La República)
Si usted, señor Isla,  preguntara a un ciudadano de a pie, dudo mucho que este esté de acuerdo con su "medida necesaria". Es más, sería muy repudiado. Yo me pregunto al final, ¿qué peruano, en su condición de empleado, subempleado o desempleado se siente realmente representado por este Poder del Estado que sin el menor recato fija sus propios bonos extras, y lo que es peor: exorbitantes, a vista y paciencia de todo un pueblo que sigue viviendo a expensas de sus propios "representantes"? La respuesta creo que sería muy obvia, y más cuando de un tiempo acá el parlamento ha sido duramente cuestionado por su falta de ética y compromiso con la ciudadanía, y cosa paradójica habiendo en su interior una comisión ya de ética parlamentaria. En fin.

Si digo todo esto es porque hoy se aprobó lo que parecía hasta hace poco iba a ser un hecho replanteable,  sin embargo las críticas y sugerencias populares a través de los medios y las redes sociales no pesó, ni siquiera la indignación de ciertas autoridades políticas y religiosas del país, no, esto no pesó en absoluto, no, esto no pesó mucho a la hora de votar. El diario "El comercio", en su portal web indicaba, que "fue la decisión del Consejo Directivo del Parlamento, que ratificó el aumento con 17 votos a favor y 2 en contra, y por tanto dicho incremento empezará a regir desde este mes."

Mal, muy mal señores. Es una lástima que aún hayan seres que quieran valerse de la política de la manera más pobre formativamente hablando. Esto sin duda, traerá mucho desconcierto popular, y lo que es peor hace que peligre la estabilidad política del país, justo ahora cuando el ejecutivo lleva como bandera la tan ansiada inclusión y justicia social. Sin duda, que todo esto no nos lleva, sino a una deducción más que lógica, ambición de poder que desprestigia al poder mismo. En fin, veremos que incidentes posteriores acarrea esta mala decisión.

Desde Lima del Perú.
Víctor Abraham les saluda. 

Una movilización sin sustento: el objetivo, aglutinar a la manada; la gran mentira, la democracia

La consciencia de un valor cualquiera sea este da la libertad al individuo, le confiere responsabilidad, acción y fe en el futuro. Los hij...