domingo, 20 de julio de 2014

Sensaciones, humanas convicciones...

Pienso que la franqueza de una persona debe ser la mayor carta de presentación a la hora de cimentar cualquier tipo de relación humana. No se puede ser buena persona, si no hay, desde el inicio del acercamiento mutuo, claridad de lenguaje libre de toda turbiedad en donde el discurso doble y la procacidad asolapada campean. Entiendo que las personas no estemos preparadas emocionalmente para escuchar lo que no concuerde a punto de vista propio y nuestro, o mejor dicho de otra manera, lo que no nos sea favorable a nosotros. Sin embargo, he allí la tarea de un sincero honesto, quien pese a correr los riesgos de ser tachado como ingenuo inoportuno o como "malvado" inconsciente se arriesga a decir exactamente lo que está pensando o suponiendo de su observación inmediata. Si yo le digo a alguien que no está bien lo que está haciendo, o lo que es peor, dejo de decirle: lo que quiero y lo que busco de él, probablemente, reciba una expresiones como, "me desconciertas", o "me decepcionas", en fin, pero ese es el reto, y hay que tener suficiente valor para ejecutar verbalmente lo que se piensa en el momento preciso.

A veces el hecho de no poder expresar lo que uno piensa para sí mismo o siente en sí mismo, debido a la sugestión tonta de "cómo lo tomará el otro", hace que la represión y el vacío propio se amplifiquen, sumiéndolo en un miedo terrible que daña su autonomía - y que a propósito es el propio statuo quo quien sentencia frívolamente con las mayores y crueles penas, la indiferencia y la exclusión, que disimuladas bajo disfraces y caretas de falsa amistad o amistades silenciosas cubren sagazmente su cometido. Una amistad con la que ya no se es posible dialogar de ningún modo, de nada sirve, por eso, hay que cultivarla todos los días o por lo menos periódicamente porque una vez que se va, se va para no volver más: sino, recordemos esa frase que el genial Exupéry deja en las palabras de uno de sus personajes más queridos, el zorro quien refiere a su pequeño amigo:


“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, no sabré nunca a qué hora vestirme el corazón... Los ritos son necesarios” (1)
Por ello, a veces hay que tener mucho coraje y temple, pero sobre todo sinceridad del corazón para decir me equivoqué, y sacar de nuestra vida lo que nos atañe, nos condena a la baja autoestima, nos decapita moralmente y nos sume en tristezas irreprimibles. Alguien parafraseó, sin darse cuenta, hoy por la noche esta acepción, "ya no me enojo, solo observo, miro, pienso, me decepciono, y si es necesario me alejo": CRASO ERROR. No, no debe ser así, a lo execrable, a lo angustioso, a lo mordaz acostumbrado a mellar la buena fe y consciencia del individuo hay que salirle al paso, hacerle frente y derrotarlo. Esta tarea no es sólo una labor de algunos hombres y mujeres, no, no debe ser entendida así, debe ser una obligación moral de todo corazón humano. Luego, es muy probable que esta aseveración antedicha halla permitido dar luz finalmente al razonamiento existencial de Andrew Craig (2) sobre su vida, puesto que la mayor norma de la vida no consiste, en vivir como espectador, dejando que los demás vivan su vida, ya fuesen reyes o patanes, sino en no permitirles que actúen impunemente, ya que las víctimas de la vida, no son sino expresión de flagelo y preocupación de uno mismo en ellos, ya que todos estamos unidos por lazos comunes de alguna u otra manera (sean estos, laborales, familiares, amicales, e inclusive siendo -desde ya- simples sujetos de conocimiento mutuo). En suma, si algo es capaz de dañarme a mí, es probable que también pueda dañar al otro porque hay una realidad innegable, al menos muy notoria ahora, y ésta es que: en un mundo que lacta de la cosificación a diario y que demanda seres uniformes a calco y copia de sus líderes de opinión, todos somos, tarde o temprano, seres desvalidos a la hora de sopesar nuestros propios vacíos emocionales.

(Del libro: Los latidos secretos del corazón. Lima, 2014 por Víctor Abraham)

Desde Lima, ciudad capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

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(1) Antoine de Saint- Exupéry. The Litle Prince, 1943.
(2) Irving Wallace. The Prize, 1962.

lunes, 23 de junio de 2014

Respuesta inesperada

Comparto su indignación, su malestar, esto es general, en una sociedad como la nuestra donde nadie sabe quien dice la verdad y quien miente, donde no se conocen las intenciones reales de los otros- salvo por lo que dejan mostrar a partir de lo que expresan por cualquier medio de lenguaje-, ello debido a que todo está sumido en alegorías y máscaras insidiosas. Entiendo ello, muy bien, créame. Por otro lado, yo no doy cátedra vía facebook ni a través de ninguna red social, nadie tiene la verdad, ya que ésta es muy discutible - y debe ser así-, yo escribo lo que pienso a partir de lo que veo, y en ese transcurso yo no puedo ser ajeno a mencionar ejemplos claros de procederes honestos, ni tampoco omitir pensamientos que ayuden a entender ello. Soy profesor y periodista, no aprendiz de política ni simpatizante de partido. (La política es inherente a los ciudadanos y tiene mucho que ver con su filosofía de vida, y de cómo ésta los proyecta a la sociedad haciéndolos tomar roles activos desde donde se encuentran). No me interesa ni me seduce el dinero ni la posición social, mis objetivos van más allá, van al estudio de las consciencias de esta sociedad en la que vivo, y qué mueve a éstas. Tal vez, esto se deba mucho al método existencialista que uso con frecuencia en mis análisis.

Mi convicción plena parte de móviles e intereses propios surgidos de observaciones cotidianas y conjeturas llenas de sentido común que llegan a mí cada día, y como -a partir de ellos- les doy forma, según mis propios juicios de razonamiento respecto a lo que considero como morales o inmorales. Del mismo modo, mi propio trabajo de escritura diaria adquiere un sentido de militancia personal muy fuerte que hace que estas ideas no puedan tambalearse respecto a lo que considero correcto o incorrecto. Luego, el móvil o interés que cada quien tenga para dirigir su obra o pensamiento queda supeditado a sus propias intenciones. Cada obrero de la palabra es libre de orientar su trabajo según sus propias aspiraciones: lo mío, y lo reafirmo una vez más, es el estudio de las consciencias individuales.

Gracias por escribir. 

Atte. 
Desde Lima, Perú
Víctor Abraham.

domingo, 22 de junio de 2014

Capital de esperanza

Cuando escribo esta pequeña nota dos días después del día viernes 20 de junio, se me vienen a la mente dos historias que leí ya hace muchos años atrás cuando aún era un joven adolescente; por un lado, una de ellas que tenía que ver mucho con la Grecia Antigua, pues se trataba de un rey.

Un  rey y dos amigos

" Un rey muy tirano que había tomado como prisionero a un hombre ordenando su ejecución inmediata, luego de un edicto injusto. Dos días antes de ser ejecutado, vino otro hombre, era un emisario, trayendo nuevas para el viejo monarca. Durante su breve estancia, éste recorrió los pasillos de la cárcel, que tenían la fama de ser los más horrendos, dado la tiranía de su rey. Tras husmear por sus corredores, avistó a un amigo suyo, que antes había conocido en uno de esos viajes que hiciera al Peloponeso, mucho antes de que Esparta pudiera conquistar un tercio de ella. Al verlo, percibió su delgadez y sufrimiento. Si mediar tintas, se dirigió a éste, quien al verle contóle sus fatales penurias, agregando a éstas: la desdicha de saber que una de sus hermanas estaba muriendo, y que por tanto, él siendo el único capaz de poder asistirla en ese momento, no podía verla. Sólo de pensar esta tragedia le roía la cabeza. Este emisario, luego de escucharle, y comprendiendo la tiranía del rey, la misma que jamás entendería la situación del angustiado, se marchó cabizbajo. Durante unas horas meditó por la plaza, sabiendo las consecuencias que cualquier decisión que pudiese tomar en beneficio de su amigo podría llevarle a la misma muerte. "Éste no podrá negarse", pensó, "nada alteraría entonces la condena, en fin". Decidido acudió al palacio pidiendo al soberano hacer el intercambio."permítame tomar su lugar", dijo, "hasta su regreso, de no llegar, podrá usted disponer de mi vida". "Es lo justo", dijo el monarca. Entonces amplió la fecha de ejecución poniendo a prueba la amistad del otro. "Quince días", dijo, " si en quince días no has de volver, este emisario fatuo, habrá de tomar tu lugar en la ejecución". (Era tan sabido el grado de deshonestidad entre los hombres de aquel entonces como su espíritu inmoral, sí, sí, ellos mismos que un pasado vieron con buenos ojos la ejecución de Sócrates). El hombre marchó, agradeciendo a su amigo, diciéndole que volvería antes de los quince días, sea cual fuere la salud de su hermana. Partió. 

Fue el día catorce, y aún no había avistamientos del regreso de aquel hombre. El emisario comprendiendo el acto que significaría el día quince, aceptó con determinación firme su triste desenlace. "Bien por él", se dijo, "seguro que le habrá ido bien. ¿Fatuo?, no he sido un fatuo, he sido justo. Él me salvó de una muerte segura en uno de mis recorridos provinciales cuando fui asaltado. Es justo que ahora sea yo, quien haga algo por él." Viendo con resignación la asquienta celda se sentó en uno de los ángulos esquinares del cuarto. El día quince había llegado, todo estaba listo para la ejecución, un día soleado, la multitud: atiborrada a los alrededores de la plaza cuadrangular. El rey y su séquito estaban listos para presenciar la ejecución. "No vendrá", se dijo, "pobre tonto" (Era sabido que tal actitud como ésta en aquel lugar no merecía la más mínima compasión.) Entonces en medio de la multitud, salió el ex-reo diciendo, "Si alguien ha de cumplir una sanción ese he de ser yo mismo, dejad libre a este hombre". El rey, fascinado por aquel acto ordenó la liberación del ajusticiado, acercóse a este otro, y reuniéndose luego con ambos reconoció sentirse admirado por aquel acto jamás visto en su pueblo. "He de pedirles a ustedes que me dejen ser también amigo suyo." Ambos aceptaron. Entonces éste abolió la sentencia, aduciendo que en adelante, mientras viviese, ningún lazo de amistad habría de quedar separada por algún designio humano.

Citas de un Principito aviador

La otra lectura tiene que ver mucho con libro que leí durante los años que viví en Trujillo, y que - a partir de ese momento- produjo en  mi una clara muestra de lo que significaba el aprecio por los demás, entendí entonces gracias al aviador francés Antoine de Saint- Exupery, que el amor entre los seres humanos debería ser algo como invisible a simples ojos, pero visibles al corazón. Entendí que el gran móvil capaz de diluir los sentimientos mas apócrifos del individuo era el amor. Leer con asombro las páginas de  "El principito", y los múltiples diálogos de éste con los demás personajes del libro, entre ellos con el farolero, la flor, y por supuesto con el zorro, permitieron arrancar de mí todo ese extraño impulso a la negatividad del hombre. Creo que en ese mismo momento mi teoría de la bondad regenerativa recién empezó a bosquejarse. He leído varias veces esta obra maravillosa, y he aprendido mucho de ella. Subrayar citas, tales como:

- (...) "no se ve bien, sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.
- los hombres han olvidado esta verdad(...) pero tú no debes olvidarla. Te haces responsable para siempre de lo que has domesticado".
- Para mí tú no eres aún más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no tengo necesidad de ti. y tu tampoco tienes necesidad de mí: yo no soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero si tú me domesticas, tendremos el uno necesidad del otro. serás entonces el único del mundo para mí. Yo seré también para ti único en el mundo.
- (...)Los hombres no tienen tiempo de conocer nada. Compran las cosas ya hechas a los vendedores. Pero como no existen vendedores de amigos, los hombres no tienen amigos.

...han enriquecido la visión que tenía y que hoy tengo, respecto al ser individual que no es perfecto, pero si trabajable en camino a ello.

Los dilemas del mundo

En varias ocasiones mucha gente me ha preguntado, si creo en el amor, o en la amistad, o en la felicidad, o en todos esos anticuados valores que jamás se ponen del todo manifiestos, salvo raras ocasiones. O sencillamente, si tengo aún esperanza en que las cosas junto con sus individuos cambien algún día. ¿Hay esperanza me han dicho? ¿En dónde está? Utopías, me han dicho, son utopías tuyas. Sin embargo, yo no creo que se traten de simples utopías, ni preocupaciones desmedidas por saber dónde está esa matriz generadora de felicidad- al menos a mí no me seduce la idea de ponerme a buscar esa fuente, o buscarla donde no está, en fin- Pienso todo lo contrario, pienso que si hablamos de la esperanza, si existe o no, y cuál es- o bien, de intentos de aproximación a éstas-, debemos empezar por buscarla dentro de la capacidad del dar que cada uno tiene en sí mismo, sí, sí, de ese dar por igual que redime al alma humana.  Luego, tal vez podamos llegar a decir que la igualdad como concepto, no pasa de estar enmarcado como una categoría puramente utópica de la mente, algo intangible o irreal, que no es posible de concreción alguna, es cierto ello, sin embargo es necesario alimentar esa intangibilidad, alimentar este concepto en nuestra consciencia y en la de los demás, o suponer - en el mejor de los casos- que existe para hacer más llevadera esta vida. Puesto que, tanto justicia, igualdad y equidad son ejercicios trascendentales del proceder humano para alcanzar una mayor convivencia, tan importantes como esa necesidad de domesticación del conocimiento del otro que plantea el zorro de "El principito".

Por otro lado, dadas las dos historias que propuse al inicio, concluyo que el detalle aquí no está en en la existencia misma de los seres humanos. Existimos y ya, y ya está, nada más que eso, listo, punto final. El detalle está en algo más, en darle cada día algún tipo de valor o validez a nuestra existencia, y damos validez a nuestra existencia con el amor, el único, el arcaico, el imperecedero e inacabable sentimiento del amor que es el móvil más poderoso que tenga el individuo a la hora de mostrarse a través de sus actos. Uno no puede amar algo, si primero este acto no ha pasado por el conocimiento de la domesticación, y la experiencia misma de su ejecución. De allí, la importancia de la premisa bíblica afirmante del Corintios 13, "que aunque hablara todas las lenguas de los hombres- pero sin amor en el corazón-, sería como bronce que resuena o campana vacía que retiñe".

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

lunes, 16 de junio de 2014

El valor de educar en la libertad

Enseñar para la libertad

El “es” y el “deber ser” constituyen una realidad innegable. Por tanto es necesario unir ambas brechas, unirlas a través del proceso educativo, y no me refiero al mencionar esto al proceso puramente formal que sólo dan las escuelas, sino al otro que escapa a la rigidez y la formalidad, al otro que se forma y opera desde el interior de las familias y que se fortalece más tarde en las aulas, pero sobre todo - y he allí lo más admirable- si ese “es” y “deber ser” se forma desde las edades más tempranas.

Partimos siempre en nuestras prácticas educativas del concepto de la diversidad, sin embargo, una vez dentro, al interior de las aulas, homogenizamos, homogenizamos mucho y limitamos. Creemos que así funciona el método de la enseñanza. Por mi parte siempre he sido partidario de la pedagogía libertaria de Alexander Neill, de la auto-regulación libre. He incluido en mi prácticas de enseñanza modelos que van desde los conductismos clásicos de Watson y Skinner hasta los planteamientos de la pedagogía crítica, sin dejar de atender por supuesto en el camino: el aprendizaje significativo de Ausubel,  el desarrollo próximo de Vigostki y la pedagogía humanista de Maslow. Tal vez el empeño por aplicar todo ello, obedezca a esa necesidad mía de intentar enseñar para la libertad, o por lo menos bosquejarlo en el intento. Es difícil, lo sé, y cuesta, cuesta mucho, sobre todo porque es el maestro quien está llamado a dar el ejemplo tanto a nivel de actitudes como a nivel de conocimientos. 

De profesión maestro

Como profesor que soy siempre he mirado modelos, he buscado en algunos maestros escritores algunas formas que pudiera extraer para mi  mismo, y debo reconocer que leer sus vidas y sus obras me han conmocionado. Gabriela Mistral siempre defendía el concepto de una escuela abierta con maestros creativos y llanos a aprender. Sus reformas en México fueron innumerables y loables. Fue un ejemplo de mujer, mientras enseñaba escribía sus rondas, mientras contemplaba numerosos niños y niñas diseñaba un proyecto de ciudadano, un niño capaz de valerse a partir de sus emociones propias, las mismas que ella tuvo que templar a lo largo de su vida. (ni siquiera el incidente de haber recibido el calificativo injusto de ladrona cuando era niña, pudo mellar su espíritu libre y sincero) Y es que se me ocurre otro ejemplo vivo, sí, el límpido ejemplo de la maestra sueca  de Landskrona, Selma Lagerlof, quien, mientras escribía esa maravillosa "...saga de Gösta Berling " enseñaba en una escuela de primaria a niñas.  Y podría seguir citando a otros grandes de la literatura que también incursionaron en la pedagogía, he de ver allí al maestro Vallejo, dando forma a ese genial "Heraldos negros" mientras enseñaba en Trujillo, o al maestro francés de historia y geografía Julien Gracq, que por los años que dictaba secundaria venía escribiendo su ".. mar de las Sirtes", o al maestro y dramaturgo italiano Luigi Pirandello quien por los años que dictaba en el Instituto Superior de Magisterio y en pleno debacle anímico familiar venia escribiendo su "... El difunto Matías Pascual", en fin. Es curioso que Borges haya tenido que desdoblarse a veces resignado de verse colocado en la terna de los profesores de Buenos Aires. Cortázar enseñó muchos años la educación básica durante su estadía en Argentina, Sartre y Simone de Beauvoir también enseñaron, y así muchos filósofos. 

Lo que quiero decir al mencionar a todos estos hombres y mujeres, es que tuvieron algo en común, la enseñanza para y por la libertad humana. No me imagino, de pronto a un Sartre represor y pasivo, o a una  Beauvoir sumisa, no. Me imagino más bien a un Borges retando a sus estudiantes al análisis mental, y hasta un Vallejo enseñando a descubrir el mundo por los propios sentidos. Sea como sea, estoy seguro que habiéndose formado como docentes o no, les bastó el ingenio y la convicción moral para poder llevar a cabo semejante tarea. Por tanto, no espero que los docentes hagan exactamente lo mismo, pero por lo menos tengan en cuenta que hoy el reto  de nuestro país - dadas las circunstancias sarcásticas de la vida social que está siempre preocupada en ofrecernos cosas y enseñarnos a maniobrar y a provechar muy bien de las utilidades que ello nos genera-, es grande, la labor del maestro y de la maestra es grande, y es consiste en enseñar a pensar y cuestionar. Luego, cada quien ha de buscar sus propios modelos, y adecuarlos a su propio trabajo, no importa si los extrae de los libros de Teoría educativa, o si aún los recuerda de alguna clase de formación magisterial. Lo importante es acá estar atentos lo más flexibles posible a los cambios de comportamiento que de alguna u otra forma a veces rompen el esquema que ni el propio libro lo explica. He allí la importancia y el peso que dan los años de experiencia educativa, en fin. ( Y es que a veces lo resultados más brillantes son los que escapan al formalismo).

Reconocernos como agentes de la trascendencia para nuestros propios beneficiarios 

Por otro lado, es curioso percibir cómo los estados relativos de la memoria a largo plazo siempre tienden a hacernos recordar aquellos momentos gratos provenientes de pasadas relaciones nuestras con personas también gratas, que vuelven a nuestro consciente inmediato convertidas en relaciones fuertes, ello debido a dos factores, por un lado el paso del tiempo, y por otro el grado de significatividad que alcanzaron en el momento mismo del conocimiento mutuo. Me explico, una joven estudiante del pasado, me parecerá siempre grata, no porque esté o no esté a mi lado, o porque sea o no su profesor en el presente, sino por el hecho de haberle enseñado, por tanto esa relación humana del pasado entre profesor- alumna constituirá una experiencia gratificante que el tiempo se encargará de enriquecer. Por tanto, infiero a partir de ello, que si esto es así, que si una relación humana trasciende al momento para prolongarse en el tiempo al margen de la edad, el espacio físico, o cualquier otro estado entonces habremos dado un paso a constituir eso, que se llama consolidación de la amistad verdadera porque entonces las categorías convencionales, que encierran nuestras relaciones humanas diarias de profesor- alumno, jefe-subordinado, analista-paciente con el tiempo quedarán proyectadas a una sola categoría, la de sencillamente amigos, en fin. 

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

martes, 10 de junio de 2014

Capítulo XVII de La Degradación Humana.

Yo creo que algo nos separa, tú sabes que te quiero, que siempre te he querido con ese cariño de estimación desde hace mucho tiempo atrás, desde esa misma mañana en que nos vimos allá en la universidad. Yo era más joven, éramos jóvenes, todos éramos jóvenes. Recuerdo a mi generación, y tú, tú Andrea eras parte de ella, se suponía que debías ser diferente, que debíamos ser todos diferentes a los otros, diferentes a esos viejos del sistema que habían perdido las esperanzas, que trataban de hacernos figuras raras de calco y copia, seguidores, conformistas y consumidores. Esta corriente pragmática recién comenzaba, esta ironía procaz apenas daba sus primeros zarpazos. Hicimos mucho desorden lo reconozco, hicimos mucho caos, debo admitirlo, propugnamos anarquismos histriónicos, debo reconocerlo, pero era sano, era una rebelión sana la que tratábamos de encauzar. Movimos muchos estudiantes esos años. Muchos firmaron nuestro trabajo. Fuimos combatientes de un tiempo extraordinario, y en ese tiempo tú, sí, sí, tú fuiste mi descubridora, tú fuiste quien me ataste a la escritura. Tú, el "gringo", Kenny, el "flaco" Roberto, y hasta la "Pocha" (que nos costó convencerla, pero la animamos al final). Todos fuimos personajes de un tiempo, de ese tiempo que ahora extraño, no porque me haya quedado solo reducido a mi propia histeria, sino porque te perdí a ti. Diantre. ¿Sabes?, me equivoqué, siempre pensé que pertenecía a la generación de ustedes, me sentía cómodo en ustedes, sí, sí, ya sé lo que me vas a decir: que fui yo la parte más caótica de ustedes, pero también debes reconocer que muchos adoraban ese caos que propugnaba, y esa rebeldía sana que nos mantenía vivos, porque sencillamente referían que así expresivos se sentían más libres, esa fue nuestra generación romántica que idealizó todo, pero que también avizoró este trastorno social y enfermizo que viente años después, hoy nos envuelve, en fin. Al diantre esto ahora, ya estamos acá.

Por esas épocas, mis padres estaban orgullosos de ello. Había realizado las aspiraciones de mi madre, y satisfacía hasta cierto punto la esperanza futura de mi padre por verme realizado social y culturalmente. Nunca entendí esto, sobre todo porque él, mi padre, no quería que yo siga este oficio, le asustaba que yo terminara metido en esto. Una vez me dijo, que un escritor siempre era un comprometido con sus propias observaciones y conjeturas, con sus ideales, pero que sin embargo, si ese compromiso no se traducía en favor del bien común, de nada servía. "El servicio es importante", solía decir. "El escritor", dijo una vez, "debe ser un símbolo de compromiso coherente afín a su propia formación intelectual y  moral", luego añadió, "si no filosofas ni cuestionas el proceder de los individuos, no serás un escritor auténtico, tan igual que si no sirves, ni te esfuerzas en pensar en los demás". "Es duro, no es fácil, no se trata sólo de escribir un libro, y ya, hay más, te aseguro que hay más", añadió, "por eso, por eso, yo no quiero que te dediques a ello, no sigas eso, mejor sigue tu camino de la enseñanza, total desde allí también puedes ayudar".  Ahora que ya han pasado los años y estoy viejo, pienso, que si mi padre supiera de mi existencia comprometida hoy, le causaría una congoja terrible, una desazón inesperada. Tal vez, orgulloso por dentro, pero quebrado por fuera, en fin. Sólo el individuo responsable de sus propios actos y elecciones puede llevar una responsabilidad tan grande como ésta de la mejor manera posible, en fin.

Cómo te decía, ese algo que me separa de ti, que me separa de ustedes es muy grande, ese algo es inmenso Andrea, y no, no son sus absurdos miedo al mañana, ni sus triviales sensaciones de desconfianza que hoy han edificado para encubrir sus propias consciencias- ¿o tal vez inconsciencias?, no lo sé-. No, no es nada de eso. Es otra cosa que tiene que ver más bien con esa absurda necesidad desquiciante de valorar a la gente por lo que tienen, y sobrevalorarlas a partir de cuánto pueden hacer en favor de ustedes. (Sólo el hecho de ver esta posibilidad de usar a cómo de lugar a la gente me produce un pánico terrible, un asco infernal) ¿Te has dado cuenta Andrea, que Esa carrera del Derecho, te ha desvirtuado?, antes, cuando eres maestra, por lo menos eras más creíble, sabes que detesto a los abogados, no por lo que son, sino por lo que dejan de ser. Sucede que ellos mienten mienten mucho a la población, hacen escarnio del caído, y pululan sobre clientes que pueden satisfacerles sus mórbidos e instintivos deseos. Mira al "flaco"Roberto, hoy socio tuyo, esta mañana salió con su enorme y escuálida cara en la página central de "El emprendedor", dicen que ha asumido el directorio de la reciente compañía de seguros Il Fabré. ¿Está bonito el terno, no?, pero dudo de que haya algo debajo de este encantador traje, al menos si quisiéramos encontrar una pizca de decencia, estoy seguro de que no lo hallaríamos. Fue él quién te metió en esto ¿verdad?, en fin, te entiendo, total, así funciona el sistema. ¿Sabes?, la última vez que nos vimos me dijiste que serías siempre así, que nunca cambiarías (ya sé que las personas cambian, no soy un ingenuo). ¿Sabes?, ¿por qué al menos no cambiaste para bien? ¿Qué pasó con tus ideales, qué nos sucedió, en qué falló nuestra generación, por qué la Pocha, también se volvió una más de esas viejas secretarias universitarias complacientes de sus amos que sólo la mantienen porque "aún está en vigencia" ? Diantre.

Sí, sí, ya lo sé, fallamos Andrea, nos fallamos todos, fallé yo, porque demoré en profundizar en mis teorías de tiempo y espacio, de individuo social, de bondad regenerativa, de proyecto país, de consciencia e inconsciencia, y tantos otros que no dudo hubieran servido en su momento, es que no están terminadas, hoy aún no veo muy cuajadas esas teorías, sin embargo las mantengo todos lo días en pie, firmes y vivas. Y es que es así Andrea, discúlpame, soy Jeremías, soy así, escogí esto, escogí ser un pulsómetro de consciencias, y tal vez muchos de nuestra generación ya tengan resultados hoy, no cuestiono sus métodos, pero en mi caso, todo es diferente, es un proceso lento, después de todo, tal vez por ahora mi esperanza esté en las palabras del norteamericano Irving Wallace al afirmar, en su personaje de Andrew Craig, que los escritores maduran más lentamente que los científicos. Un científico puede, inclusive, trabajar en función de perspicacias e inspiraciones, pero para un escritor las palabras no bastan: hay que extraer los materiales de la propia vida, y por lo general ningún escritor vale tanto, sino ha vivido mucho, en fin.

***

(En: Capítulo XVII de "Degradación humana", Lima, Perú. 2014, de Víctor Abraham)

sábado, 3 de mayo de 2014

Filosofía de vida


Pienso que mi mayor defecto social siempre ha sido, al menos por lo que he podido percibir por mí mismo, el de ser un instigador permanente, un individuo contrario a los convencionalismos, para cuyos defensores: mis actitudes siempre han resultado incoherentes, sarcásticas, y no gratas. Tal vez ello explique el porqué de mis declinaciones laborales constantes y mis sobresaltos abruptos emotivos y temperamentales. Tal vez ello explique mis silencios temporales, mi necesidad imperiosa de escribir todo y de describirlo todo, de decirlo todo de una sola vez, en fin. Creo que vivir mis primeros años en Buenos Aires – y no me refiero a la capital argentina, sino al pequeño espacio físico que contuvo y albergó mi niñez, y que está ubicado en una provincia norte del Perú- ha ayudado mucho en mi formación personal dándome en parte esa configuración mía que hasta hoy me delinea.

Sin duda, creo que mi madre ha sido la gestora de toda esta extraña configuración personal mía libertaria, creo que la hermosa gente que me rodeó esos primeros años allá me dieron ese matiz de cuestionador puro a partir de sentirme con ellos mismos de pronto necesitados. Digo exactamente lo que pienso y a partir de allí escribo, cuestiono, cuestiono mucho lo que debe o no establecerse como convencionalidad a partir de la coherencia que pueda observar. Ese moralismo exacerbado que me percibe creo que es una herencia que recibí de mi padre, recuerdo mucho una frase que una vez me dijo hasta hoy retumba como címbalo, “hacer lo correcto”. La otra noche le dije a Magaly Victoria, ¿has visto?, ¿viste que todo lo que he aprendido de escritura se lo debo a esos viejos maestros entregados a hojas empolvadas y amarillas? ¿Sabes que le debo todo a estos creadores y a sus ejemplos firmes y claros?

Yo respeto mucho los binomios destino- tiempo, y tiempo- espacio, porque creo que a partir de allí el individuo es capaz de posicionar su existencia sobre algo concreto, y a partir de allí materializarlo. Total, la libertad consiste en eso, en ser materializada a partir de los actos, y de cómo estos nos hacen sujetos de desarrollo. Yo creo en la libertad, la defiendo, pero también soy consciente de las consecuencias que ello acarrea cuando no se está moral ni intelectualmente preparado para recibirla como experiencia del pensamiento y del acto. En fin, todo esto que escribo ahora no es sino, es un puñado de conjeturas propias, de inferencias propias a partir de un acucioso sentido común de interpretar la vida.

Por otro lado, trato en lo posible, de no mentir, ya que si incurro en ello, luego me siento acusado ferozmente por mi propia consciencia. Recuerdo entonces, a Saramago que dice en uno de sus diarios personales, y publicado(*) luego, “la gente tiene necesidad de que le hablen con verdad”. ¿Académico?, una vez alguien me preguntó esto, no lo acepté, sin embargo no puedo negar que me gusta mucha la teoría, y más si se trata de filosofía, o de psicoanálsis, y claro, debe ser también porque soy profesor, y mi ámbito de trabajo siempre requiere de libros. Aunque – valga la sinceridad de afirmar- cuando me enfrento a esa propia manera mía de entender el mundo a partir de toda lógica existencialista, no puedo ser ajeno a que se me enturbie de pronto la esperanza- que supongo aún se mantiene viva gracias a esa suerte de formación espiritual que desde niño me ha perseguido-, en fin.

Soy Víctor Abraham, el mismo, el creador e instigador, el que está escribiendo esta nota, ese aquel que gusta de caminar por las noches hasta entrada a veces la madrugada, el que se vuelca con cariño y terca obstinación hacia papeles de distintas formas, tamaños y colores con el fin de imprimir en ellos ese mundo recóndito que proyecta. Un sujeto romántico y libertario, pero que también comparte su dualidad existencial con el metódico profesor Mario Aguilar Rodríguez, cuando ve cada mañana este nombre en todas las hojas iniciales de los cuadernos de sus estudiantes. Él, el profesor, es el soporte teórico del otro, del experimentador, que muy bien sabe complementar a éste (profesor) aportándole mucha, mucha cuota de rebeldía sana.

***

(*) "José Saramago en sus palabras". Edición y selección de Fernando Gómez Aguilera. España, 2010.

De: Anotaciones para un diario personal. Lima, 2014, Víctor Abraham.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. 


lunes, 28 de abril de 2014

Enseñar y escribir, razones fundamentales

Hoy por la tarde subimos la escarpada de una montaña, bueno no exactamente era un monte grande, pero yo así la llamo, la montaña. Estuvimos bastante tiempo mirando hacia abajo las hierbas y pastos secos, una que otra pareja pasó por detrás nuestro, pude percibirlas; estábamos sentados, ella y yo, sobre un tronco seco pensando, escuchando algo de música, y de pronto Magaly Victoria, me dijo, y has pensado qué vas a hacer cuando termines los estudios de la universidad? (Silencio...). Francamente no supe qué responderle, ya que habían tantas cosas sobre mi cabeza, y no precisamente desde ese instantáneo momento, si no desde hace mucho. Lo pensé, pensé en silencio, entonces guardé para mí mismo un suspiro breve, la tomé de la mano, y me sentí satisfecho de ser profesor (pensé por instante en la satisfacción que también debió haber sentido el profesor Stratman(*) esa tarde al contemplar a su enfermera personal cuando de sus labios dijo, "profesor Stratman...", sí, esa tarde supuse que también él debió haberse sentido orgulloso de que hubiese sido llamado precisamente "Profesor" al anticuado estilo europeo, y no "Doctor", a la manera norteamericana, más vulgar). Le dije a ella entonces, "no lo sé, supongo que seguiré ejerciendo mis labores de profesor, escribiendo y publicando mis libros; tal vez viajemos, cuando termines tu carrera. Y porque no, casarme contigo". En realidad, yo creo que ella me conoce muy bien, creo que sabe de mí mucho más cosas, de las que yo sé de ella. Y es que a veces las parejas somos así, así de inexplicables. Le di un beso, uno de esos que uno da cuando está enamorado. Me dio un abrazo, sentí su abrazo. Nos pusimos de pie y nos marchamos riendo. Una canción de Roberto Carlos creo que terminó sellando la tarde. Y es que en verdad, no concibo dos cosas más para mí, que no sean el escribir y el enseñar, y qué mejor si quien me esto pregunta es ella, la mujer que mejor me conoce y entiende estas dos aristas que contienen la mirada angular de mi vida, en fin.

(De: Anotaciones para un diario personal. Víctor Abraham)

(*) Max Stratman es el personaje ficcionario que recibiera el Premio Nobel de Física, en la obra: "El Pemio Nobel", 1961, del escritor norteamericano Irving Wallace.
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Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 26 de abril de 2014

Sujetos de derechos y usos

El problema no está en que si el género de la persona es neutro, o es masculino o es femenino, y si a partir de esto se le acepta o no, no, el problema no pasa por allí, el problema viene por otro lado, pasa por el hecho de que nuestra sociedad no está preparada- nos guste o no admitirlo- para el ejercicio de una ley de Unión Civil. 

Cuando hablo de esto no me escudo en religiones, ni credos absurdos, ni en amiguismos, ni grupos de camaradería, menos en moralismos exageradoso lo que llamo, doble moral, porque pienso que el Ser Humano no los necesita, no necesita de un convencionalismo social para creer o no en Dios, o para defender o no posiciones personales respecto a lo que su vida le plantee como defender o sostener tal o cual posición ideológica; no, no es así, el individuo debe aprender por sí mismo, y por sus actos repetitivos en experiencias fallidas a  conducirse dentro de un orden social según su libre determinación de hacer lo correcto, lo correcto entendido como el bien hacia el prójimo. Digo esto, a propósito de la ley de Unión Civil que se está proponiendo por estos días, y que pienso que nadie que no sea racional condenaría. Un grupo de estudiantes el otro día me preguntó qué opinaba sobre ello, sobre dicho proyecto, si estaba a favor de ello, dije, "como persona que soy, mi respuesta es no, aunque les parezca extraña, aunque por otro lado, si pensara en ustedes, y en los demás que me conocen, y viendo esta corriente que dice si a toda esta onda de democratización e igualdad de derechos, y que me obligan implícitamente a aceptar y a quedar bien para salvaguardar mi aceptación frente a ustedes y los demás, aún así, mi respuesta seguiría siendo la misma". El problema de esto  es que aquí hay un trasfondo mayor.

El Sr. Bruce, congresista de la República, defiende esta ley, y es lógico que la defienda porque él es su mayor impulsador desde el Congreso de la República, y porque me imagino que debe tener intereses propios como tanto otros gays de clase. Sin embargo ello no me preocupa, están en su derecho de defender sus intereses, es más me parece muy respetable y loable que a partir de ello esto tenga otro matiz, un matiz más jurídico y legal. Me parece interesante y justo que por ejemplo que un Ser Humano al margen de su género por fin pueda entrar por lo legal a esta sociedad peruana con todas las de la ley ( una sociedad peruana que a veces pienso que es muy perversa en sus juicios y razonamientos). Pienso que nadie por más jalado de pelos que esté estaría en contra de ello. Es normal y justo reconocer derechos de las personas al margen de la elección sexual que profesen. 



El problema no está en el gay ni en el Sr Bruce, no, no está allí, el problema está en lo mediático, en lo inescrupuloso, en el sensacionalismo - y ello daña mucho, porque sencillamente atrás de lo mediático siempre hay procacidad y mediocridad- que ello genera y trae como cola, leí la vez pasada una encuesta del diario El Comercio hecha a buen sector de Lima, tras cifras y  datos interesantes en resumidas cuentas pude inferir que la gente no está en contra de no reconocer los derechos de este tercer género, sino me parece que existe un temor generalizado al escándalo que ello acarree como consecuencia. Y con esto no me refiero, al que dirán sino al que vendrá luego, diría yo. Porque si hay algo de cierto, y que a mí también me preocupa, es el hecho de que una sociedad peruana como la nuestra con todas sus taras de raciocinio caiga- y en los menos preparados intelectual y moralmente- en una suerte de abuso de derecho cayendo en el mal uso de la libertad o lo que siempre refiero como libertinaje. 

Deudas pendientes

Si se habla de aceptación y respeto de género aún hay una deuda pendiente con la mujer, que debería la sociedad peruana saldar primero -y que comprendo se ha avanzado en parte-, antes de proponer otras leyes. Hay indicios de mayor progreso en algunos sectores sociales- generalmente dónde la mujer es instruida profesionalmente o protegida familiar y económicamente, sin embargo en el común denominador, en los amplios sectores poblacionales carentes de estos beneficios, ya mencionados, no hay una valía palpable, no, no la hay. Sólo para mostrar dos pequeños ejemplos claros, por un lado -salvo excepciones en mujeres como ya dije, instruídas- conozco y sé de muchas mujeres que aún siguen ganando -y en la mayoría de los casos- por debajo del sueldo de un hombre, sin contar claro con aquéllas víctimas de acosos laborales, o con mayores responsabilidades tanto laborales como domésticas respecto al ejercicio individual masculino. Por otro lado, mujeres desatendidas en sus reparaciones civiles o en sus trámites judiciales de cualquier índole. Conozco un abogado en provincia que me ha hablado de innumerables expedientes de adultas mayores mujeres que aún no reciben una pensión de jubilación, o bien por otro lado, que no han sido atendidas sus demandas personales respecto a violaciones y agresiones de derecho, simplemente porque a los señores miembros del Poder Judicial, o en el primer caso de la Oficina de Normalización Previsional (ONP) no les da la gana. Luego, me resulta paradójico todo ello a la hora de contemplar nuevas leyes. 

Preocupaciones mayores

Una sociedad - en su gran mayoría- como la peruana en donde los niveles de razonamiento crítico y de análisis es pobre, y los niveles de consciencia moral -aún arraigados fuertemente en dobles morales cristianas que se excusan en Dios para cometer sus actos más cínicos- es más fuerte, hace que este panorama futuro de ejercicio de Unión Civil sea muy sombrío, es más se torne desde ya sombrío. Luego, como ciudadano no puedo trasgredir el orden social ni crucificar las pulsiones de los otros, pero tampoco puedo dejar a libre albedrío que la sociedad se desplome legalmente en favor de una democracia que en el Perú no funciona, ya que las leyes peruanas siempre están prodigándose entre quienes puedan comprarlas.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

miércoles, 23 de abril de 2014

Sujetos de lo cínico

Sucede que hay un problema grande en el Perú, y este tiene que ver con la desnaturalización del pensamiento que no es de forma, sino de fondo, empero ¿cómo podemos entender esto?, las muestras subyacen latentes a esta premisa inicial que planteo: por un lado se está matando el espíritu crítico con programas televisivos estúpidos donde la risa ya no tiene un sentido subversivo para rebelarnos contra el que nos daña e intenta silenciar, sino mas bien vira hoy hacia un sentido más burdo de complacencia asolapa en favor de quienes nos dañan, nos reímos de la incoherencia, la irracionalidad, y el sin sentido donde el lenguaje procaz reina de alguna u otra manera.

Le pedimos a nuestros hijos y estudiantes que no hablan lisuras ni estupideces, repetimos "no seas cínico", y "no copies malas costumbres" (sólo recordar esto, me hace pensar que parecemos discos rayados), y sin embargo esto está a la orden del día al prender un televisor o al ojear el interior de un diario popular- mención aparte, nada rescatable, si se trata de un supuesto diario serio, donde la libertad de prensa distorciona la verdad e induce al conformismo social, muestra clara de ello los manoseos de titulares que cada día no persiguen más que sensacionalismos, y en otros casos los refritos para cuyo fin no es más que meros entretenimiento desviando la información real. (Escribo, esto y pienso en dos cosas: por un lado, la sádica y mórbida necesidad de exponer todas las noches violencias: ocho de cada diez, caen en esta categoría, y lo sobrante, farándula paupérrima de significado. Por otro lado, seudoperiodistas pragmáticos que con tal de no ver afectada su economía, rebajan la profesión de la información que tanto defendía Pulitzer, y que hoy con razón critica el presidente ecuatoriano Rafael Correa).

Me imagino, si comparo diarios como el Trome con su siamés El Comercio - sólo por citar como muestra referencial- que son el anverso y reverso de una misma tara que en nada asumen una labor de conscientización, salvo notas excepcionales de algunos críticos, columnistas o analistas bien trabajadas léxicamente, pero que quedan allí nada más, en el snob, y que no son sino parte de este inmenso deseo por disfrazar eso que se conoce como cultura: es absurdo intentar arropar algo carente de esencia con una suerte de moda snobista llena de cultismos y modismos en donde se piensa que el saber y la creatividad sólo puede ser generado por snobs patéticos cuando la realidad es otra, cuando el vacío es inminente e innegable, esto - pienso- hace mucho daño al país entero porque lo divide y lo sesga indefectiblemente sumiéndonos en una especie de falsa consciencia ilustrada.

El problema mayor

Pero, el problema no queda allí, sino que esto queda diseminado en fideistas y seguidores que intentan hacer lo mismo, crear sus propios núcleos cerrados cayendo en el rechazo al otro, o bien asumiendo con un ironismo ilustrado estas falsas verdades, claro, alguien diría, "pero yo sólo veo por diversión, o porque me causa de pronto cierta gracia", sin embargo, intrínsecamente termina lactando de ese propio cinismo. Ejemplo de ello, los modelos alienantes, y angustias por no vivir como viven los "ídolos". Y sin embargo de algo estoy seguro, muy seguro y concuerdo con usted Sr. Brivio, conductor de uno de estos programas, oh, sí, concuerdo mucho con usted, en que la gente que más critica es la que más mira, y que tal vez esto, sea - merced de los muchos televidentes peruanos- una suerte de programa familiar (no dudo - y no me llama la atención que viviendo en esta época relativista y pragmática,  algo no familiar sea tomado por ello). Tal vez, Sr. Brivio, tengan razón sus palabras, total, el sistema le faculta licencia para decir esto, empero si en algo  debo discordar con usted, es que la población entiende, no es estúpida, sin embargo - y vuelvo al inicio de esta nota- el problema radica, no en usted, ni en sus muchachos, ni en el Sr. Benavides, sino en como se está estructurando el país - y quiénes lo están haciendo- para los próximos treinta años tal vez. No me imagino hoy, una sociedad carente totalmente de espíritu crítico, trato de ser optimista. Pero, esto ya no le compete sólo a un hombre, o tal vez a dos, o a tres, sino a una masa dispuesta a decir, basta ya.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

domingo, 13 de abril de 2014

Capítulo 13 de "La Degradación humana". Lima. 2014

Jeremías subió lentamente las escaleras del oscuro edificio. Las paredes eran verdes y estaban sucias y chorreadas, inclusive por las mañanas se podía notar claramente las inscripciones de corazones que solían hacer los enamorados ya entrada la medianoche, y las barandas, qué decir de esas barandas que siempre estaban pegajosas. Era un asco, pero ni modo era el lugar donde había arrendado la única pieza que estaba libre. Eran las dos de la mañana. Ya en el piso tres, miró una vez más el extraño pasadizo que lo conducía directamente a su habitación, prendió la luz del corredor y sacó de su bolsillo derecho la llave, deshechó giratoriamente el candado de la puerta de fierro, no sin antes percatarse de una nueva mancha roja en la pared del vecino de enfrente, ¿habría discutido otra vez con su mujer?, y es que sucede que cuándo discutían, lo hacían sanguinariamente, luego, el hombre salía y pasaba con su dedo la sangre que según él había podido sacarle a su mujer con el fin de evidenciar en los otros inquilinos su fuerza descomunal. “Aquí mandan los hombres”, solía afirmar bulliciosamente a carcajadas. Luego entraba, cerraba su puerta, y hacía el amor con su mujer de la manera tan escandalosa que sus gemidos eran bastante notorios. Y esto tal vez se debía a las paredes delgadas que en nada detenían los ecos de la pasión tormentosa. “Últimamente ya no hacen las paredes tan consistentes como antes”, se dijo Jeremías. Luego añadió con indiferente tono, “Este es el negocio de las constructoras hoy en día”. Eso era cosa de todos los días. Cuando era la mujer, quien ganaba el enfrentamiento pasaba su dedo envuelto en líquido púrpura en la puerta. Así evidenciaba ella, su espíritu de no dejarse avasallar. Cuando esto sucedía, el cuarto quedaba en paz, tranquilo, y se podía descansar apaciblemente, al menos no había ruido de por medio. Pero él, Jeremías muy poco dormía. Sus crisis de insomnio se habían agudizado.

Ya en el interior, caminó lentamente bordeando por espacio de breves minutos -en forma de O- la mesa de trabajo, sí, la única mesa que había heredado de su última estancia; enseguida miró la cama en cuyo filo izquierdo pegado a la pared, yacía una ruma de hojas, cuadernos, libros, periódicos, que por muchos años atesoraba con sensible dulzura. Miró las cuatro paredes de su cuarto. Lorca lo miraba apasiblemente. Admiraba a Lorca. Jeremías quiso ser siempre un poeta, pero no lo había logrado. No tenía el lenguaje de los poetas.

(...)

Jeremías era un moralista, característica algo extraña en un hombre de su sociedad y de su edad. Tenía treinta y tres años. Vivía una vida miserable, sin embargo no sentía el mínimo remordimiento por ello, por ese estilo de vida que llevaba desde hace muchos años atrás. ¿Tal vez ocho o nueve?, ya no lo recordaba. Su padre había muerto más o menos por esas épocas, era poeta, al menos recordar esto último siempre le reconfortaba. Y es que sucede que de su padre había heredado todo esto que se llama, amor por los libros. Años que se habían disuelto con el devenir del tiempo, porque es así, el tiempo determina todo, y da lo que debe dar a los individuos en un relativo futuro. Por eso, pensó de pronto en silencio que probablemente esta vida incierta le había pasado una suerte de factura a la resquebrajada relación con su todavía esposa, Sara, Sara Jerusalén.

Jeremías era alto, delgado y de tez cobriza. Su fascinación por la vida solitaria, y los paseos nocturnos de medianoche, ya empezaban a notarse a modo de estragos. Cierta noche se percató al mirarse el rostro, que en éste se habían formado sin que él se diera cuenta de ello azuladas bolsas debajo de sus amarillos ojos palúdicos. Le pareció muy usual esto, no podía quejarse, él mismo se lo había buscado. Por otro lado, unas extrañas manchas blanquecinas le habían empezado a salir debajo del mentón, y detrás de la oreja izquierda. Y aunque esto de vez en cuando le preocupaba, terminó por aceptarlo. “Uno no es eterno ni va a ser eterno”, se decía para darse ánimos.

(...) 

Y de pronto allí estaba Jeremías parado en medio de su propia consciencia con dos obstáculos muy grandes de vencer, y anteponerlos a su propio miedo y a su rabia, por un lado la seducción desbordante y destructora arropada en la piel y sencillez de una mujer que no ofrecía más que un escape al vacío consumista irremediable, y por otro lado, un arrollador y desquiciado espíritu devastador y hasta psicópata enfundado en la desolación de un hombre. Era ineludible que esta ciudad junto con sus consciencias que la habitaban no ayudarían en nada esta vez al hombre, eso lo sabía él, sabía incluso que no podría contar ahora con Sara, sí, sí, ahora cuando más la necesitaba, ella, ella también parecía haberse degradado en sí misma, pero él, Jeremías, la amaba.

"Cómo era posible que ella también había podido ser capaz de sucumbir a su propia degradación", pensó para sí mismo. Caminó lentamente, caminó despacio, avanzó pero esta vez en retroceso. Un gato oscuro le detuvo un momento, le pareció que lloraba, las muecas raras de su rostro decían que lloraba, su dolor era reflejable, absolutamente quebrantable. Él no comprendía nada. "Es raro", se dijo entonces,"que muchas veces se nos haya enseñado más a ver en un irracional, un ser desprovisto de emociones que jamás llora o que jamás ríe- al menos explicitamente- en vez de verlo como un sujeto ajeno a nuestras percepciones humanas para cuyo juicio sólo pertenecen a una escala inferior que mueven el rabo o restriegan sus lomos a las piernas de sus amos, no, que va, que va, estos animales sólo actúan por instinto". Jeremías comprendió entonces eso que Freud, y Lacán llaman pulsiones, "una pulsión podría enredarse con el instinto mismo, pero jamás podría ser un instinto, ya que aquí - en el instinto- no hay ni habrá deseo, mientras que una pulsión el deseo siempre será inherente a ella. "El gato", concluyó, "no deseaba llorar, como tampoco un perro desearía reír, ellos, ellos obran sencillamente en función de estímulos- respuestas (Recordó a Pavlov y su experimento con el perro que saliva). No vemos a un mono golpeando con un látigo a su hembra para tener sexo, pero sí sabemos de la existencia de fetiches en los seres humanos cuando tienen sexo". Abrió su cuaderno de apuntes, y anotó estas observaciones. "Esto es obra de las pulsiones humanas", se dijo para sí.

(...)

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú.
Víctor Abraham les saluda.

sábado, 5 de abril de 2014

Sobre la perfección, la obra moral, la vida y el tiempo

Estuve revisando hace poco mis apuntes, y encontré descrita en ellas, en sus registros fechados, una anécdota muy curiosa que hoy he querido compartir con ustedes, se trata de una práctica docente, y de lo que se pudo obtener de ella.

Sucede que una vez introduje esta frase en una de mis conversaciones habituales con mis estudiantes de Literatura, sí, sí, en ese tipo de conversaciones en las que uno puede tomarse una licencia breve, luego de concluido el saber teórico con el fin de profundizar en eso que yo llamo, la esencia del Ser o del individuo, dije entonces- y la escribí en la pizarra ahora que recuerdo-: "Mientras estemos vivos no estaremos acabados en la perfección, es el tiempo  el que determina la consecución de una obra moral".

A algunos les agradó la frase, a otros que la leyeron repetidas veces, les pareció algo "filósofa" (así, con esta palabra me la describieron). Algunos ceños se fruncieron, y otros la copiaron en sus cuadernos. De pronto, uno de ellos me dijo, "Profesor, a qué se refiere con ...acabados en la perfección... y ... la consecución de una obra moral". Añadió luego, "¿Cree usted entonces que la vida obstaculiza la perfección, y que el tiempo es determinante? ¿Qué es el tiempo entonces? ¿Cómo determina el tiempo el proceder de las personas?".

La verdad, es que este cuestionamiento llamó mucho mi atención, pues francamente no esperaba este tipo de preguntas. Entendí, entendí una cosa, y esa era que debía dar una respuesta meditada y sincera, porque siempre he pensado que cuando se nos pone delante un estudiante capaz de elaborar interrogantes o premisas acuciosas, éstas deben ser resultas con la mayor admiración posible. Total, qué sería de los profesores, sino tuvieran del lado opuesto estudiantes que reten sus posiciones y teorías respecto a tal o cual tema, ya sea de índole académico o puramente trivial, y se me ocurre pensar aún más en que si estos jóvenes se les añade la categoría de inconformes acostumbrados a cuestionar duramente - y a diario- las leyes que rigen su propio orden buscando desafiarlas a partir de sus propias observaciones, ya referimos otra cosa: necesidad de saber real, o tal vez eso que muchos colegas míos llaman, aprendizajes para la vida, en fin.

Miré claramente a la clase, y vi al estudiante inquisidor allí, allí metido entre todos y en medio de todos. Vi entonces a través de sus ojos pardos esa necesidad casi "filósofa" de encontrar respuestas a sus inquietudes. Los demás jóvenes hicieron unos cuantos murmullos breves, y luego callaron.

"Indudablemente", dije, "indudablemente que cuando las palabras llegan a calar en las consciencias individuales de los otros hasta el punto de ser tomadas por éstos como propias recién cumplen su función real, ya que la palabra sólo tiene un único objetivo, hacer posible un cuestionamiento de la conducta, remecerla, y promover a partir de ella nuevas actitudes reflexivas y sistemáticas que lleven al individuo a sentirse - y a obrar- mejor".

Acabados en la perfección...

"...Acabados en la perfección", implica, dije, "reconocer las  propias limitaciones del individuo, y entenderlo a partir de allí como un ser sujeto de imperfecciones, pero también siendo conscientes de que éste no puede estar escudándose en esas fallas y errores ocasionales para desistir de su propósito de enmienda, y más aún entregar esta disposición a un círculo vicioso que se sostiene bajo el popular adagio, "nadie es perfecto, por eso yo hice esto o aquéllo", ...¡no!", expresé luego, "así no funcionan las cosas".

"Sucede", añadí, "que la gente actúa como lo hacen los niños, hay que ayudarlos, cuidarlos, protegerlos, pero sobre todo enseñarles, no sé si nuestro trabajo sea ser de soporte permanente o de bastón, pero de lo que si estoy convencido es que aún no ha llegado el momento que puedan hacer uso de su libertad plena, lo otro, lo que se vive sólo es libertinaje que daña al  mismo individuo por eso es menester del hombre cultivar su espíritu a límites insospechados. Luego, la clave está en enseñarles a pensar, en hablarles claro y con la verdad, pero sobre todo internalizar en su mente, en la mente de las personas, que nosotros los mayores -y no me refiero a la edad, sino a la madurez del espíritu que sólo se alcanza a través de la profundización del pensamiento-, siempre estaremos actuando como ese padre que nos muestra el evangelista San Lucas a través de la parábola del Hijo Pródigo, sí, sí, ese padre que siempre estará con los brazos abiertos para contener la desesperación, angustia y dolor de ese menor hijo, de quien sólo sabe que en su búsqueda de libertad, se equivocó, y sin embargo supo que sería perdonado. En suma, la gente necesita ser perdonada, entendida y ayudada, pero esa ayuda ya debe ir al plano de la reflexión y de la confianza en que podrá mejorar. Debemos de creer que la gente como esos niños que dicen voy a cambiar, y que demoran en evidenciarlo porque es un proceso, necesitan acompañamiento, respeto, cariño y acompañamiento. Que el mayor enseñe al menor entonces, y que el firme invite al débil también a la construcción de su propia fortaleza, pero cuál es ese primer paso, sino que el perdón".

...la consecución de una obra moral en el tiempo

"Por otro lado", dije, ".. la consecución de una obra moral", implica ser conscientes de que el Ser humano tiene algo, una responsabilidad, que se convierte de pronto en un imperativo difícil de esquivar, y ése, ése es el de dejar - según Vallejo en sus apuntes de: "El arte y la revolución", un arte socialista que implica según sus palabras-", leí entonces, "una obra que responda al concepto universal de masa y a sentimientos, ideas e intereses comunes a todos los hombres sin excepción(...) una obra... que responda, sirva y coopere a esta unidad humana por debajo de la diversidad de tipos históricos y geográficos en que esta se ensaya y realiza". Cerré el libro, "Eso, eso jóvenes es lo que se llama obra humana, que asociada a la búsqueda de la nobleza se constituye como moral, por lo que nosotros no somos sino instrumentos de esa gran obra".

"Cuando nos preguntamos", dije,  "acerca de si la vida obstaculiza o no la perfección, deberíamos preguntarnos, ¿qué hacemos nosotros durante nuestro lapso de vida en pos de alcanzar esa perfección, y de qué manera nuestros propios juicios y esquemas mentales obran sobre nuestros actos de aceptación o no aceptación obstaculizando ese propósito sano del corazón que enaltece nuestra existencia?"

"Hoy en día", dije, "las personas necesitan sentirse en sí mismas sujetos de credibilidad, y esto implica decir - y pensar- que aún se puede creer en ellas mismas, pero dependerá mucho de los actos concretos que ellas mismas puedan evidenciar en su práctica diaria, ya que las palabras sencillamente no sirven de mucho, sino van acompañadas de estos actos, si no hay coherencia: las palabras sólo se convierten en motivadoras que sólo sirven para contentar, o para alegrar, pero no para dar fortaleza ni base ni ningún sentimiento valorativo, lo otro, lo otro - y me refiero a la fortaleza-, lo enriquece las muestras sencillas y concretas del día a día. Total, sigo pensando que ese querer con el corazón y dejarse querer también con el corazón -siempre que se pueda-, debe de ir tomando forma diariamente bajo ese único sello que se llama, voluntad para hacer lo correcto".

"Jóvenes, últimamente, merced de esta sociedad de consumo que prolifera por todos los estamentos sociales, la gente desconfía, desconfía mucho del otro, y esto es harto entendible -y hasta comprensible- debido a lo que se percibe todos los días en las televisoras y prensas locales: la inseguridad en las calles, y al interior de las propias casas. Siento que la gente anda a la defensiva, con temor, con dudas respecto del otro, esperando de pronto un traspiés ajeno para asestar el duro golpe o "Knock-out" a la consciencia del otro, ya dije, esto es razonable, sin embargo, también pienso que puede llegar a ser patógeno. No me cabe ahora en mi cabeza la idea de pensar en que la gente contrae matrimonio pensando en que se va a separar en algún momento, y lo que podría salvarlo en el futuro es esa expresión casamiento por bienes separados (pensamiento algo absurdo y hasta estúpido pensando en que el futuro nos es incierto siempre, ya que uno mismo determina su futuro con sus acciones, en fin)".

"Por otro lado jóvenes, el tiempo, sí, sí, el tiempo es determinante en el proceder humano. Se me ocurre ahora un vídeo que vi hace poco sobre la presentación del libro, "El viaje del elefante", en el que José Saramago, su autor portugués, dice recordando una pregunta que le hiciera un entrevistador en Lisboa, "Usted, ahora que está en todo, premio nobel, gloria, fama,... qué más quieres buscar", a lo que el escritor agrega,  "tiempo...vida...tiempo y vida para continuar con mi trabajo, con mi mujer y para vivir con toda mi vida de ahora y sus partes, para vivir como vive un viejo, y para continuar  alimentándose, para vivir y para fructificar la felicidad que hay en mí, y la felicidad que hay en otros".

Jóvenes, el tiempo determina el proceder del individuo, determina su originalidad o su no originalidad, calibra la madurez de sus palabras, y confiere rigidez y templanza a sus actos y respuestas manifiestas de éstos. El tiempo es relativo y valioso, es como una saeta que una vez soltada no regresa más, se me ocurre pensar -y parafrasear- ahora una cita de Ernesto Sábato, el autor de "El túnel" - y que el diario "El Comercio" presentara en un artículo corto-, que dice, "cuando uno realmente empieza a entender y comprender la vida hay que morirse". Esta expresión, jóvenes, lleva mucha verdad, el tiempo opera de tal manera que nos cambia y nos hace entender las cosas de una manera más clara y abierta. ¡Luego de ello...!, ¿hay que morirse, no?, en fin.

Tocó el timbre, la clase había terminado.

Desde Lima, Ciudad Capital del Perú. Víctor Abraham les saluda.

Una movilización sin sustento: el objetivo, aglutinar a la manada; la gran mentira, la democracia

La consciencia de un valor cualquiera sea este da la libertad al individuo, le confiere responsabilidad, acción y fe en el futuro. Los hij...